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¿Qué hay de positivo en el legado de Bush?
Varias decenas de pisos más abajo, Mohammed Saleem, un keniano nacionalizado estadounidense que trabaja como analista financiero, busca comprar un distintivo de Barack Obama en un puesto de venta callejero. «Lo mejor que hizo Bush es que durante bastante tiempo fue capaz de hacer que mucha gente acceda a su vivienda propia». «¿Pero la crisis no se llevó por delante ese logro?». «Sí, pero gente que nunca habría comprado una casa lo pudo hacer, y otros ganaron mucha plata con ello.»
Encontrar un votante republicano en una compulsa callejera requiere consultar a no menos de 10 personas hasta dar con el ciudadano indicado. Por Wall Street, rumbo al subte, camina un empleado bancario de nombre James. Por ser hombre, blanco y adulto reúne las condiciones para ubicarse en el segmento que las encuestas marcan como más favorable para McCain. Sin embargo, formulada la pregunta de rigor, repite: «¿Que yo apruebe?», abriendo los ojos como si se llevara la sorpresa de su vida. Se resiste, pero termina por afirmar: «El secretario del Tesoro, Henry Paulson, finalmente, ante la crisis económica, ha hecho un buen trabajo».
Al calor de la campaña, la mayoría de los consultados se resistió a aceptar el desafío de admitir un aspecto positivo, aun desde una mirada crítica. Los afroestadounidenses, al unísono, se esforzaron por aclarar que el voto por el senador por Illinois no obedece al color de la piel sino a que «necesitamos un cambio». En Upper West Side y Upper East Side, los elegantes barrios a ambos lados del Central Park, las chances de encontrar voto republicano aumentan levemente. Apacible y distinguida, Kitty, que supera los 50, camina por Broadway en el Upper West y dice primero que es «apolítica», pero luego admite que su « corazón está del lado republicano». Piensa un minuto hasta que encuentra la respuesta. «Aun cuando las guerras son impopulares, es bueno que sigamos pensando y cuidando a personas que viven en otros países y sacrificándonos por ellos». Su voto vale doble, porque lo ejercerá en su distrito, Pennsylvania, uno de los estados clave.
En un domingo soleado y de visita en Manhattan para ver a sus hijos, Katy Boop pasea a un perrito. «¿A quién creés que voy a votar?», indaga al cronista. «A Obama». «Nunca, jamás, no soy comunista. Obama es comunista, marxista y socialista, es peligroso para el país. Sé que soy una minoría en el mundo», tras lo cual comienza a ensayar palabras en español y recuerda: «Estuve en la Argentina y di una vuelta de una semana por el país con 10 dólares». Otros tiempos.
Quien nunca estuvo en la Argentina, pero tiene historias para contar, es Víctor, «El tigre», según aclara. Está por cerrar el bar en el que trabaja, sobre la Quinta Avenida, y la música duranguense aturde mientras otros mexicanos comienzan a limpiar las mesas. Un ritmo festivo para una letra amarga. «El tigre» dice que cruzó tres veces la frontera, caminando por el desierto, nadando, «de todas formas». Nunca fue descubierto por policía. Es del estado de México y vive en Queens, a quince minutos de tren desde Manhattan. No vota, pero si pudiera, lo haría por Obama. Es uno de los destemplados con el republicano, como todos los mexicanos consultados.


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