3 de noviembre 2008 - 00:00

¿Qué hay de positivo en el legado de Bush?

Nueva York (enviado especial) - ¿Cuál es el saldo más destacable que dejan los ocho años del gobierno de George W. Bush? Los críticos del mandatario republicano abundan, sea en el exterior o, especialmente en los últimos tres años, dentro de las fronteras de Estados Unidos. Los cuestionamientos incluso trascienden las fronteras ideológicas, al punto de que el candidato oficialista, John McCain, buscó intermitentemente despegarse de la gestión que está por concluir.

«Je, je», se escucha del otro lado de la línea no bien se formula la pregunta. Quien se solaza maximizando el acento de su región y prolongando las «e» de su risa es Jerel Rosati, docente de Estudios Internacionales y Ciencias Políticas de la Universidad de Carolina del Sur. Este profesor responde que «es difícil rescatar un aspecto positivo de quien ha sido el peor presidente de Estados Unidos si consideramos todo el siglo XX -y repite «todo el siglo XX»-, entre otras cosas por la innecesaria guerra en Irak, aunque hay que ver claramente cuánto incidió en la catástrofe económica actual».

Dicho esto, Rosati concede: «Si tuviera que decir un aspecto positivo, sería el mejoramiento de las relaciones con India, y no es un tema del que se habla mucho. Después de Medio Oriente, ésa es la región más inestable del mundo. Estados Unidos ha sido un aliado fuerte de Pakistán, y una mejor relación con India es clave por su peso poblacional, económico y su poder nuclear».

Aquí, en Nueva York, en pleno distrito financiero, responde un analista de uno de los bancos de inversión más afectados por la crisis, en el último día laborable del peor mes para Wall Street en veinte años. Este argentino, que vivió aquí todo el mandato de Bush, mira con bastante prevención una futura presidencia demócrata y evalúa que «lo mejor en estos años fue que no haya habido atentados. Se podrán cuestionar cosas de la política exterior, pero lo cierto es que la acción del gobierno debilitó a los grupos terroristas».

Y luego agrega: «Más allá del tema fiscal y financiero, aspectos en los que termina muy debilitado, la administración Bush fue 'pro mercado', buscó expandir el comercio, y eso es bueno».

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    Varias decenas de pisos más abajo, Mohammed Saleem, un keniano nacionalizado estadounidense que trabaja como analista financiero, busca comprar un distintivo de Barack Obama en un puesto de venta callejero. «Lo mejor que hizo Bush es que durante bastante tiempo fue capaz de hacer que mucha gente acceda a su vivienda propia». «¿Pero la crisis no se llevó por delante ese logro?». «Sí, pero gente que nunca habría comprado una casa lo pudo hacer, y otros ganaron mucha plata con ello.»

    Encontrar un votante republicano en una compulsa callejera requiere consultar a no menos de 10 personas hasta dar con el ciudadano indicado. Por Wall Street, rumbo al subte, camina un empleado bancario de nombre James. Por ser hombre, blanco y adulto reúne las condiciones para ubicarse en el segmento que las encuestas marcan como más favorable para McCain. Sin embargo, formulada la pregunta de rigor, repite: «¿Que yo apruebe?», abriendo los ojos como si se llevara la sorpresa de su vida. Se resiste, pero termina por afirmar: «El secretario del Tesoro, Henry Paulson, finalmente, ante la crisis económica, ha hecho un buen trabajo».

    Al calor de la campaña, la mayoría de los consultados se resistió a aceptar el desafío de admitir un aspecto positivo, aun desde una mirada crítica. Los afroestadounidenses, al unísono, se esforzaron por aclarar que el voto por el senador por Illinois no obedece al color de la piel sino a que «necesitamos un cambio». En Upper West Side y Upper East Side, los elegantes barrios a ambos lados del Central Park, las chances de encontrar voto republicano aumentan levemente. Apacible y distinguida, Kitty, que supera los 50, camina por Broadway en el Upper West y dice primero que es «apolítica», pero luego admite que su « corazón está del lado republicano». Piensa un minuto hasta que encuentra la respuesta. «Aun cuando las guerras son impopulares, es bueno que sigamos pensando y cuidando a personas que viven en otros países y sacrificándonos por ellos». Su voto vale doble, porque lo ejercerá en su distrito, Pennsylvania, uno de los estados clave.

    En un domingo soleado y de visita en Manhattan para ver a sus hijos, Katy Boop pasea a un perrito. «¿A quién creés que voy a votar?», indaga al cronista. «A Obama». «Nunca, jamás, no soy comunista. Obama es comunista, marxista y socialista, es peligroso para el país. Sé que soy una minoría en el mundo», tras lo cual comienza a ensayar palabras en español y recuerda: «Estuve en la Argentina y di una vuelta de una semana por el país con 10 dólares». Otros tiempos.

    Quien nunca estuvo en la Argentina, pero tiene historias para contar, es Víctor, «El tigre», según aclara. Está por cerrar el bar en el que trabaja, sobre la Quinta Avenida, y la música duranguense aturde mientras otros mexicanos comienzan a limpiar las mesas. Un ritmo festivo para una letra amarga. «El tigre» dice que cruzó tres veces la frontera, caminando por el desierto, nadando, «de todas formas». Nunca fue descubierto por policía. Es del estado de México y vive en Queens, a quince minutos de tren desde Manhattan. No vota, pero si pudiera, lo haría por Obama. Es uno de los destemplados con el republicano, como todos los mexicanos consultados.
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