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"Quiero dejar algo útil para la sociedad"

La escena describe la personalidad de este emprendedor que fue recientemente premiado como uno de los 10 Jóvenes Sobresalientes del Mundo por haber inventado un refugio habitacional de emergencia para el auxilio en catástrofes naturales; además, es consultor de la ONU, de distintos gobiernos del mundo, y conforma grupos de investigación con el Conicet en la Argentina, Masdar Institute en Abu Dabi y NiFEG (Nigeria Future Energy Group), entre otros.
Lejanos parecen aquellos tiempos de estudio en la ciudad de La Plata, donde Nicolás tuvo que alojarse durante dos años en un hospital abandonado. "Trataba de vivir del diseño mientras estudiaba, pero el dinero me alcanzaba rascando para poder comer. En la Argentina no se valora el diseño. Pensar que en ese lapso armé el primer móvil de criminalística de la provincia de Buenos Aires, diseñé la sala de la Dirección de Antecedentes Penales y trabajé en otros proyectos importantes; aun así, apenas me alcanzaba para pagar un alquiler compartido.
En 2001, la crisis económica nos pegó fuerte. Y como no podía costearme un alquiler, le propuse al dueño de una clínica abandonada si no me canjeaba un techo por trabajo. Aceptó y me mudé al segundo piso, a la sala de radiología. Me llevé un colchón, un CPU, un jean y lo básico para empezar. Viví dos años sin siquiera tener heladera", recuerda con nostalgia, y afirma: "Si en ese momento tenía que vivir en la calle, en una plaza o arriba de un árbol, lo hacía".
Esa experiencia le cambió la vida. "Mientras estuve ahí armé un comedor comunitario. Eso me hizo latir el corazón de otra manera y me di cuenta de que con capacidad de diálogo se pueden conseguir cosas importantes. Hasta la hinchada de River nos donó un camión lleno de útiles escolares", cuenta. Fue entre esas cuatro paredes sin revoque y jornadas heladas de dos crudos inviernos donde nació su trabajo final de tesis: un sistema de refugios habitacionales para auxilio en catástrofes naturales que bautizó CMax System.
Periodista.: ¿Por qué un sistema de refugio de emergencia?
Nicolás García Mayor: En la tesis pensé: quiero dejar algo útil para la sociedad. Y ayudar a la gente que no quiere abandonar su casa en un caso de catástrofe me entusiasmó. En una inundación, por ejemplo, está comprobado que por más que empiece a subir el agua, muchos prefieren quedarse arriba del techo antes que abandonar su propiedad, porque lucharon toda su vida para conseguir lo poco que tienen y quieren preservarlo hasta las últimas consecuencias. Con este habitáculo, los damnificados tienen la posibilidad de instalarse dentro de la zona de catástrofe, muy cerca de sus cosas.
P.: Imagino que cuando pensó la tesis comentó su idea. ¿Cuál fue la repercusión?
N.G.M.: Mala. Me decían que estaba loco, que no era sencillo. Que debería aprender de arquitectura, asistencia en catástrofes, humanidades, psicología, sociología. Fue entonces cuando decidí ir a distintas universidades para conversar con los jefes de cátedra de esas materias. También recurrí a Defensa Civil, que fue la que más me apoyó en este camino. Analizamos casos específicos, hasta que surgió la idea de inventar un producto que sea de fácil traslado, liviano y sencillo de ensamblar. Además, tenía que tener todo lo necesario para poder vivir (ver Ficha Técnica).
P.: Pasaron más de diez años para volver a reflotar el proyecto. En el medio, un viaje a Europa, el regreso a Bahía Blanca. ¿Cómo fue ese período de transición?
N.G.M.: Decidí irme a Europa a probar suerte un año. Allá me sentí reconocido, humana y profesionalmente, cosa que acá no me pasaba. Estuve trabajando en distintos lugares hasta que decidí fundar junto con mi hermano mayor la empresa CatArge (Cataluña-Argentina), haciendo diseño e instalación en obra. En ese momento, Europa gozaba de su máximo esplendor. Con sólo presentar la idea del proyecto, conseguimos el financiamiento que nos permitió armar un equipo de trabajo. Pero mi cabeza estaba en mi país y en mi ciudad. Extrañaba mi familia, la Plaza Villa Mitre, el comedor comunitario. Estando allá nunca dejé de hablar con los chicos del comedor.
P.: Un regreso duro, imagino.
N.G.M.: Sin dudas, sobre todo porque me vuelvo a una ciudad prácticamente desconocida para mí. Me había ido de Bahía Blanca a los 17 años y no fue fácil la readaptación. Agaché la cabeza y empecé de cero, primero trabajé tres meses para una agencia de publicidad. Éramos varios apilados en una oficinita chica. Hasta que un día, en un evento de Petrobras, les muestro mi tesis a los directivos allí presentes y quedaron fascinados. Me propusieron trabajar para ellos, hasta que armé una base que me permitió salir a la cancha con mi propio estudio (AR Estudio). Transcurrió el tiempo, hasta que el año pasado un e-mail de la Cancillería argentina volvió a ponerme a prueba.
P.: ¿Qué decía el e-mail?
N.G.M.: Me alentaban a que me postulara para participar de la edición 2013 del Foro Internacional para el Desarrollo de la Ayuda Humanitaria en Washington, que reúne a gobiernos, agencias de la ONU, ONG y empresas. La verdad, lo envié por compromiso. A los pocos días recibo un llamado. Había quedado seleccionado y tenía que viajar a Estados Unidos a presentar un proyecto que yo pensaba que después de 12 años el mundo lo había solucionado varias veces, pero no era así. Una de las organizaciones con las que me entrevisté fue la ONU. Me dijeron: "Esto es lo que venimos buscando hace años, queremos 300 mil unidades y además lo tienen que saber todos los presidentes del mundo". Me invitaron a disertar en la apertura de las Asambleas Generales de la ONU. Todo eso pasó un 22 de mayo, exactamente 12 años después de haber presentado la tesis, el mismo día del cumpleaños de mi hermano menor Carlos Maximiliano, que es el que le da el nombre al CMax. Mientras estaba preparando el discurso para disertar en la ONU, recibo un llamado del Vaticano para ir a saludar al papa Francisco. Días más tarde, me invitan a Emiratos Árabes. Fui por tres días y me quedé mucho tiempo. Me ofrecieron desde financiamiento hasta radicarme allá y un cheque en blanco para que pusiera la cifra que quisiera. Pero fue más fuerte el amor por mi país y por mi familia.
P.: ¿Entonces, la producción de los módulos se hará en la Argentina?
N.G.M.: Es mi deseo. Por ahora tuve muchas promesas de ayuda, pero nada se concretó.
Muchos empresarios locales se aventuraron a ofrecerme los recursos y después no cumplieron. Todos los viajes los costeé yo, jamás recibí un subsidio o ayuda externa, ni de instituciones públicas ni de empresas privadas. Mi meta es fabricarlo en el país. No podría volver a irme al exterior sin antes haber probado por todos los medios aquí. Por suerte, estoy muy avanzado con el Ministerio de Defensa de la Nación para hacerlo a través de Fabricaciones Militares. Me estimula poder hacer algo con el Gobierno, más allá de que no tengo ninguna bandera política.
P.: ¿Por qué el Ministerio de Defensa?
N.G.M.: Porque son los que pondrán al servicio del país el habitáculo. Ellos responden en momentos de catástrofe, aquí y en el exterior, a través de los cascos blancos y azules.
P.: ¿Cuáles son los costos de fabricación?
N.G.M.: Sólo la matriz sale 10 millones de dólares. Es mucho dinero.
P.: ¿Cómo se amortiza semejante inversión?
N.G.M.: En la cantidad de piezas. Ese tipo de matrices sirve para hacer tres millones de unidades. La incidencia de la amortización de la matriz es de 9,8 dólares por unidad, con lo cual no es nada. Hay otros costos como ingeniería de detalles, test y ensayo de laboratorio de materiales. Además, como no hay una experiencia previa de desarrollo de un producto igual en el mundo, antes de armar una matriz tan costosa hay hacer muchas pruebas de campo.
P.: ¿Como emprendedor se sintió alguna vez fracasado?
N.G.M.: Nunca. El fracaso es no intentarlo, y no es mi caso. Hay dos modelos, el de ambición y el de aspiración. Con el primero querés tener y no querés perder, con el segundo querés ser. Cuando querés tener, al de al lado lo ves como un competidor; cuando querés ser, el de al lado es un compañero de camino. Muchas veces te toca perder, pero perdés para mejorar.
P.: ¿Los próximos pasos?
N.G.M.: Mi mamá me había convencido de irme a Emiratos Árabes. Nos abrazamos, lloramos, y al momento de viajar me arrepentí. Voy a probar un poco más en la Argentina, y no pienso morir en el intento.


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