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Quimeras anti-K frente al estigma de salir segundo

Los segundos de las siete presidenciales desde el retorno de la democracia se diluyeron luego de coronarse como escoltas. Menos Duhalde, que dos años después de perder por 10 puntos ante Fernando de la Rúa en el 99 se convirtió, entre tiros y conspiraciones, en presidente para terminar el mandato de quien lo había vencido.
Entre un episodio y otro, el bonaerense anunció su retiro de la política, se refugió en un buffet de abogados y regresó para ser candidato a senador por Buenos Aires, elección en la que venció a Raúl Alfonsín, pero fue su peor score histórico antes del 14 de agosto.
Hay una segunda excepción, pero responde a otro contexto: Néstor Kirchner quedó dos puntos abajo de Carlos Menem en 2003, pero ante la renuncia del riojano a participar de un balotaje que se proyectaba ampliamente adverso, el santacruceño se convirtió en presidente.
El destino de los segundos en las presidenciales se revisita en estas horas, en medio de las interpretaciones y proyecciones sobre la importancia de quedar, el domingo próximo, detrás de Cristina de Kirchner, aunque la sigan, desde atrás, a más de 35 puntos.
Hermes Binner, el mejor ubicado para ese sitio, y sobre todo su espacio, el FAP, le otorgó a esa posibilidad -muy cierta- un rango quizá excesivo al menos si se compila el historial político de los dirigentes que fueron, en el pasado reciente, segundos.
Es más: si se replican los resultados del 14 de agosto, la diferencia entre el primero y el segundo será la más abultada registrada desde el 83 en adelante. Por otro lado, según los sondeos, no parece probable que el escolta se despegue claramente de los demás.
Es decir: el domingo podría aportar otro nombre para engrosar la estadística del estigma de salir segundo.
Destinos
Días atrás, el postulante del Frente Popular desmereció el segundo lugar y citó, con criterio oportuno, el caso de Elisa Carrió: la jefa del ARI sumó 23 puntos en 2007, a 22 de Cristina de Kirchner. En agosto pasado quedó sexta. El domingo puede irle peor.
Otro ejemplo es José Octavio Bordón. Junto a Carlos Chacho Alvarez enfrentó en 1995 la reelección menemista y, aunque cosechó 5 millones de votos, quedó 20 puntos abajo de Menem, en el primer ensayo de balotaje a la argentina, que pergeñó el pacto de Olivos.
A los meses, Bordón rompió con Álvarez -que llegó a vicepresidente- y con el tiempo se desdibujó: fue ministro de Educación bonaerense de Carlos Ruckauf y más tarde embajador en Washington durante el primer Gobierno Kirchner.
Distinto les fue a otros. El primero de la saga, Ítalo Luder, serpenteó durante la renovación peronista posderrota con Alfonsín en 1983, encabezó la lista de diputados nacionales del PJ bonaerense en el 87 y terminó, con el tiempo, tras un fugaz paso por el gabinete de Carlos Menem, en embajador.
Otro segundo fue Eduardo Angeloz, quizá el más exitoso en la etapa inmediatamente posterior a la derrota: luego de perder con Menem en el 89, retomó su cargo de gobernador de Córdoba y hasta consiguió, en medio de una discusión sobre la interpretación constitucional, un tercer mandato que tuvo que abandonar, anticipadamente, en manos de otro radical: Ramón Mestre.
Pablo Ibáñez

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