15 de julio 2010 - 00:00

Rajoy, por ahora, no puede forzar elección anticipada

«Si quiere elecciones anticipadas, tiene en la moción de censura un instrumento que le permitiría ser coherente». Pero para ello «hay que tener un programa y venir aquí a defenderlo».

Con estas palabras, José Luis Rodríguez Zapatero respondió al conservador Mariano Rajoy cuando éste lo empujó ayer a disolver las cámaras y llamar a elecciones dos años antes del fin del mandato. El jefe de Gobierno lo hizo con la seguridad de que, pese a no contar con mayoría absoluta en el Congreso, la oposición difícilmente se una para aprobar una moción de censura en su contra. Es decir, sin presumir de una fortaleza de la que carece, Zapatero se apoyó en la debilidad de quien clamaba desde el estrado por su dimisión.

En caso de forzar un adelantamiento electoral, la oposición, incluidos los conservadores, se verían en la difícil tarea de explicar que provocan la caída de un Gobierno en plena crisis, cuando, en definitiva, Zapatero tomó este año medidas de ajuste fiscal en sintonía con lo que reclamaban los propios economistas del Partido Popular, así como los cuerpos colegiados de la Unión Europea y el FMI.

Inconveniente

Rajoy cuenta, además, con un inconveniente. Aunque las encuestas de intención de voto lo dan claramente por delante del actual jefe de Gobierno, él en sí mismo no es un líder indiscutido, ni en su propio partido, en el que es acechado por sectores más derechistas, ni representa una opción para las otras fuerzas de oposición.

El Partido Popular (PP) necesitaría aliados, y tal como están las cosas, no los tiene. Por un lado, los nacionalistas catalanes de Convergéncia i Unió (centroderecha) no quieren mover el avispero al menos hasta las elecciones autonómicas en Cataluña, previstas para octubre y en las que podrían retornar al poder en la única (e importantísima) región en la que cuentan.

En tanto, Izquierda Unida y otras formaciones del sector saben que si son convocados comicios, el PP lleva todas las de ganar, y nada garantiza hoy que los pescadores comunistas y anticapitalistas ganen en el río revuelto del voto bronca.

Así está Zapatero. Irse en su piso de popularidad, como un político en fuga en medio de la crisis, habiendo pagado el costo del ajuste, sería la peor de las opciones para él. Pero nada garantiza que, en el mediano plazo, los escenarios vasco y catalán permanezcan igual, y que pase a ser negocio para los nacionalistas un cambio de mando en Madrid. O (¿quién se anima a descartarlo?), que la economía desbarranque del todo y la molestia en contra de Zapatero se transforme en exasperación. Por ahora, España tiene un colchón social y una cultura política como para no aventurar una huida en helicóptero.

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