28 de noviembre 2016 - 00:29

Recalculando: Trump le baja el copete a plan de infraestructura

• MARCHA ATRÁS NOTABLE Y OPORTUNA
“No es parte del corazón de la agenda económica”, dijo, dejando en claro una vez más que una cosa es lo que se dice en campaña y otra la realidad. Distinto sería si Wall St. no siguiera rompiendo récords.

Enigma. Eso es Donald Trump presidente.
Enigma. Eso es Donald Trump presidente.
El expreso Trump no se detiene. Se abre paso con sus emblemas -bancos, compañías de transporte y pequeñas empresas- como punta de lanza. La marea crece. Su espuma baña todos los frentes. El S&P 500, el Dow Jones Industrial, el NASDAQ y el Russell 2000, los cuatro índices principales de Wall Street, los cuatro el viernes coronaron máximos absolutos. Desde diciembre de 1999 que no se observaba tamaña coincidencia. Eso sí, aquella vez, el S&P perdía el 7% un mes más tarde (y un año después, el 9%). El Efecto Y2K -el riesgo de sistemas que suponía cruzar el milenio- empujó la proeza, gracias a masivas inyecciones precautorias de liquidez y una carambola no buscada, su filtración hacia los mercados de activos de riesgo y el impacto alcista sobre las cotizaciones. Y fue el retiro rápido de los excedentes líquidos -porque, a la postre, no hubo disrupción técnica- lo que precipitó el posterior tropiezo. A su manera, Trump presidente es otro enigma a develar, que amenaza a otros sistemas, el político y el económico, y que presagiaba la necesidad de cautela pero se tradujo en bonanza bursátil rápida y formidable. Así, pronto lidiará con una Reserva Federal dispuesta a retomar el izamiento de sus tasas de interés. Ya la suba de las tasas largas y del dólar enerva las condiciones financieras aunque el rally no se dé por enterado.

¿No es una exageración, acaso? Los precios de los papeles bancarios, en tres semanas, se elevaron el 20%. Volvieron a los niveles de diciembre de 2007, los que regían antes de Lehman Brothers y Bear Stearns (su execonomista jefe, David Malpass, es un miembro encumbrado del equipo de campaña de Trump). Las compañías de transporte cotizan en los máximos de los dos últimos años. Las acciones de la Construcción subieron el 17%. El índice estrella -el Russell 2000- trepó el 16,5% tras quince ruedas consecutivas en ascenso. Las acciones de empresas pequeñas brillan porque, a diferencia de los "blue chips", fatigan el mercado de entrecasa sin gran exposición internacional. Están a resguardo de la apreciación del dólar y se favorecerían del proteccionismo que Trump predicó en sus discursos. Muchas firmas pequeñas operan en el sector financiero y de energía, y serán estimuladas por la desregulación. Además, las compañías chicas no suelen generar ganancias significativas que puedan retener en el exterior, lo que las lleva a pagar alícuotas impositivas efectivas muy altas: serán las que más se beneficien con los planes de rebajas de impuestos de Trump. Todo luce alentador, pero ¿no estará más que justificado en los flamantes récords? Y no todo, a decir verdad, es promisorio. Las tasas largas suben, y la que fija la Fed lo hará en un par de semanas. La tasa de diez años, de julio al presente, escaló del 1,32% a un máximo reciente de 2,41%. ¿Cuánto tiempo podrá ignorarse? El endeudamiento se duplicó desde 2007, y aunque las empresas pagan por el servicio de sus pasivos una factura menor que entonces (un milagro de las tasas cero), si las tipos de interés se yerguen de prisa, comenzarán los dolores de cabeza.

En este terreno crítico talló Trump, el viernes, en su declaración más hábil. "El plan de infraestructura no es parte del corazón de la agenda económica", dijo. Es una marcha atrás notable y oportuna. "Haremos muchas cosas, el plan de infraestructura es una parte, pero no diría que es el núcleo de la agenda". Otra cosa decía en campaña. Y otra cosa diría si la curva de rendimientos fuese plana, y las tasas de interés no mostraran sensibilidad. ¿Qué sentido puede tener empujar a fondo un plan de infraestructura si dispara las tasas mucho más que los despachos de cemento? El plan ya consiguió lo que quería. Ayudó a ganar la elección, sacudió la modorra, le infundió vigor a las expectativas de crecimiento e inflación. La exageración del mensaje fue útil, pero ahora perjudica. A Trump le irá mejor con menos pompa y obra pública, pero evitando ponerse la trilogía fatídica - tasas, dólar y Fed- de punta. Que le pregunte a Bill Clinton, que también traía un plan de infraestructura y lo enterró sin miramientos. Y jamás tuvo razones para arrepentirse. Son buenas noticias -las mejores posibles- para las economías emergentes.

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