6 de julio 2010 - 00:00

“Rigoletto”: el feliz recurso de no innovar

A Leandro Guinis le tocó la difícil tarea de componer un Rigoletto de caracterización compleja y lleno de «tics» que el barítono actuó con entrega.
A Leandro Guinis le tocó la difícil tarea de componer un Rigoletto de caracterización compleja y lleno de «tics» que el barítono actuó con entrega.
Tras un excelente comienzo con «Lady Macbeth de Mtsensk», un cuestionado «Don Giovanni» y la fuerte apuesta de «Ainadamar», el Teatro Argentino de La Plata prosigue su temporada brindando hasta el sábado próximo «Rigoletto», título convocante como pocos. La célebre ópera de Giuseppe Verdi se basa en «Le roi samuse» («El rey se divierte») de Victor Hugo, que a su vez se inspira en personas reales de la Francia renacentista: el bufón Triboulet y el rey Francisco I°. Cuando la ópera se dio en París, Hugo fue a verla y admiró cómo en el cuarteto los personajes podían hablar al mismo tiempo y ser comprendidos por todos, algo fuera del su alcance en el teatro hablado.

El régisseur Pablo Maritano, que en la «Traviata» de 2009 para Buenos Aires Lírica había optado por una estética «aggiornada» que alejaba del verdadero drama, tomó aquí un camino tradicional al que logró darle toques personales; salvo escenas de una explicitud innecesaria, no hay en este «Rigoletto» nada superfluo ni que contradiga el espíritu de la obra, y se advierte una marcación actoral clara en todos los personajes.

El marco visual que le otorgan el vestuario de Sofía Di Nunzio, la escenografía de Daniel Feijóo y la iluminación de Gabriel Lorenti realzan las virtudes de esta versión. Se puede señalar sí que el dispositivo escenográfico elegido para el palacio no tiene los resultados más felices, ya que al aumentar la distancia entre el foso y los cantantes y «encajonar» el sonido propicia el desbalance sonoro y los desajustes rítmicos en el comienzo de la función; prueba de esto es que todo mejora en el segundo cuadro, con los solistas más cerca del proscenio.

A Leandro Guinis le tocó la difícil tarea de componer un Rigoletto de caracterización compleja y lleno de «tics» que el barítono actuó con verdadera entrega, por más que su canto se oyó apagado, especialmente en los graves.

Las condiciones de la española Sabina Puértolas (voz hermosa y bien timbrada, físico pequeño, talento de actriz y enorme musicalidad) pudieron haber hecho de ella la Gilda ideal, pero un insistente «portato», cierta estridencia de sus agudos y sonidos que tras el ataque inicial inevitablemente cambiaban de colocación hicieron fatigosa la audición de su canto. Darío Schmunck (tenor argentino de gran carrera internacional que comenzó en las filas del coro de este Teatro) fue un Duque de Mantua de inmejorable presencia escénica y cantado con refinamiento.

Sobresalió el bajo Christian Peregrino con todo lo que un Sparafucile debe tener, y en el resto del elenco el barítono Emiliano Bulacios se reveló como un valor vocal para considerar. Guillermo Brizzio concertó correctamente al frente de una orquesta de buena labor (destacable el cello de Claudio Poli en «Cortigiani, vil razza dannata!») y a un coro masculino preparado por Miguel Martínez ejemplar en todas sus intervenciones.

«Rigoletto», drama en tres actos de G. Verdi. Libreto: F. M. Piave. Orquesta y Coro del Teatro Argentino. Puesta en escena: Pablo Maritano. Dirección musical: Guillermo Brizzio (Teatro Argentino de La Plata, 4 de julio).

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