13 de noviembre 2009 - 00:00

Río de Janeiro, ciudad del eterno festejo

Río de Janeiro, ciudad del eterno festejo
Río de Janeiro - Aquí hay una fiesta. No importa la hora o el lugar, ni siquiera es necesario estar en una celebración puntual; esa energía -la de un eterno clima de festejo- es la que transmite Río de Janeiro en todo momento. Está en el aire, en los sonidos, en los colores. Y tal vez los cariocas deliren de euforia hoy más que nunca, convencidos de ser los habitantes de la ciudad del momento, la que se arroga el haber traído algo de dignidad a la sufrida Sudamérica logrando una doble e inédita consagración como sede del Mundial de Fútbol de 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016.

Claro que la alegría de Río no depende, ni lo hará, de la FIFA y el Comité Olímpico. Por sí misma la ciudad emite un impulso, desde la belleza de sus playas con miles de historias y sus morros tapizados de selva, pero también -y quizás principalmente- desde sus fuertes contradicciones, las de un núcleo que crece y brilla rodeado de favelas que la circundan como una gigantesca caparazón, y que son parte de la ciudad.

Esto último se vincula con una extraña impresión que deja la llegada a Río para alguien que ha visto y oído mucho de ella, pero nunca antes la visitó: la ciudad turística, ésa con sus playas y lugares repletos de fama, es mucho más pequeña de lo imaginado. Una mañana sobra para caminar por la arena de Copacabana, Ipanema y Leblón. Una tarde-noche para pasear por los barrios del mismo nombre, incluso extendiéndose hasta la laguna Rodrigo de Freitas (cuyo perímetro asfaltado es una de las «pistas» privilegiadas por la pasión de los cariocas: el running) en un circuito que lleva por las cuadras de mayor lujo, principalmente en la zona de Leblón. Toda el área mencionada ocupa un estrecho arco de unas 50 cuadras de largo por cinco de ancho. A su alrededor, florecen las precarias construcciones color ladrillo que dominan los morros.

Pero no hay que olvidar que se trata de una urbe con más de 6 millones de habitantes y hay que asumir que se ubica en Sudamérica, tierra de desigualdades. Tampoco parece una actitud racional exagerar el temor a la violencia o los robos callejeros. Vivir en Buenos Aires o en cualquier ciudad de esta parte del mundo ya da las herramientas necesarias (estar atentos y no ostentar objetos valiosos) para desenvolverse sin problemas e integrarse al ritmo carioca. Esta actitud es la clave para iniciar un verdadera visita a Río, que incluya largas caminatas y el uso del transporte público.

La inicial sensación de pequeñez no dura mucho si se decide tomar en serio a esta ciudad y recorrerla como se haría con sitios como París, Roma o Madrid. La tarea exige despegar del ocio playero y puede comenzar con típicos paseos hacia dos de los puntos panorámicos de mayor fama mundial: el monumento del Cristo Redentor, en el Corcovado, y el Pan de Azúcar. Luego -también en las alturas- está el antiguo barrio de Santa Teresa, al que se accede en un imposible y desvencijado tranvía, que conecta con el microcentro carioca y la zona de Lapa, conocida por sus antiguos arcos.

El ascenso al Cristo Redentor es una visita casi obligada en Río. Hay que hacerla aunque sea una vez en la vida. Desde Copacabana o Ipanema se accede fácilmente ya sea en taxi u ómnibus y se recomienda tomar el tren desde la base hasta la cima, que atraviesa una zona de densa vegetación. Una vez arriba, tras transitar por los negocios de venta de recuerdos y hasta por escaleras mecánicas, se accede al monumento, que suele estar atestado de turistas. Con un poco de paciencia se obtienen hermosas fotos del Cristo y una panorámica de la ciudad, incluido el estadio Maracaná.

Al igual que en el caso del Cristo, el Pan de Azúcar también ofrece hermosas vistas de Río y se recomienda ascender en días despejados. En este caso es una buena idea esperar el atardecer para tomar el teleférico. Aguardar la caída del sol y luego disfrutar el silencio y el inicio de la noche en el morro de Urca es una romántica y acertada posibilidad.

Santa Teresa es otra forma de conocer las alturas de Río. Es el barrio antiguo de la ciudad y cada vez está más de moda, al punto que muchos turistas eligen hospedarse ahí, pese a estar a una buena distancia del mar. Es lo más parecido al porteño San Telmo, pero en la cima de un morro. Se accede en el pintoresco bondinho, un tranvía eléctrico de fines del siglo XIX que se toma cerca de la moderna Catedral Metropolitana. Sus vagones son de madera, no posee puertas, la gente viaja colgada y a cada metro parece que está punto de romperse. Aun así es una experiencia muy recomendable, por sólo 0,60 real. Pasa por encima de los Arcos de Lapa y conduce al centro de Santa Teresa, barrio bohemio ideal para perderse entre sus bares y zigzagueantes calles angostas. Ritmos de samba a cargo de músicos callejeros dan forma a un clima de alegre melancolía que los turistas suelen acompañar con cervezas frías y platos donde nunca falta el arroz.

Al pie de Santa Teresa, en la zona de la terminal del bondinho, se encuentra el barrio de Lapa. Durante la última década se fue transformando en una meca de la noche carioca, es una zona de construcciones centenarias que resurgió de la mano de pubs que ofrecen música en vivo con artistas de alta calidad. El área hoy es tal vez excesivamente masiva durante los fines de semana, pero con la información adecuada se puede encontrar el sitio correcto -desde pequeños bares hasta el Circo Voador, el espacio de mayor escala- y conectar con el virtuosismo de jóvenes músicos empeñados en mantener vivo el espíritu de compositores de la talla de Cartola.

* Enviado Especial

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