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Robert Sturua reescribe y critica a Eugene O’Neill
Leonor Manso y Paola Krum lideran el excelente elenco de “El luto le sienta a Electra”, según una puesta de Robert Sturua totalmente alejada al universo de O’Neill, pero imaginativa y atrapante por su dinamismo y espíritu lúdico.
Humor, sarcasmo, farsa política y una visión tragicómica de la humanidad se conjugan en esta nueva puesta de Robert Sturua. Es lo habitual en este director georgiano (Tbilisi, 1923) que suele reescribir las obras que lleva a escena con una imaginación prodigiosa y sin respetar demasiado los contenidos, ni la estructura dramática del texto original.
En "El luto le sienta a Electra", su tercer trabajo de dirección para el Teatro San Martín, luego de "Shylock" (adaptación de "El mercader de Venecia") y "La resistible ascensión de Arturo Ui", Sturua parece cuestionar más que nunca al autor elegido. Ya desde la primera escena en la que Seth (el jardinero y empleado para todo servicio) arranca algunas páginas del libro de Eugene O'Neill, se advierte que el director va a anteponer su opinión crítica -y sus ideas de puesta- a la obra misma.
Con picardía brechtiana, pone en evidencia los rasgos de culebrón de este drama inspirado en la "Orestíada" de Esquilo (el padre vuelve de la guerra, es envenenado por su esposa infiel y los dos hijos toman venganza por distintas razones) y sugiere que no se tome muy en serio los excesos de esta poderosa y endogámica familia, ni las pretensiones justicieras de la protagonista (enigmática e imprevisible como Hamlet y con gestos de fiera salvaje en la apasionada actuación de Paola Krum).
Las tendencias incestuosas de los Mannon ahora preocupan menos que su pasado turbio (como decía Balzac: "Detrás de toda gran fortuna hay un crimen"). Casi resultan pequeños dramas burgueses frente al horror y la devastación de la guerra, encarnada principalmente por Orin (Diego Velázquez), el hermano de Electra. Su aparición es demasiado fugaz en la presente versión; pero ofrece, en compensación, el alegato más conmovedor de la puesta.
Leonor Manso (la esposa infiel) se desliza entre el humor y la tragedia con gran ductilidad, componiendo a una malvada alegre y sensual a la que resulta muy difícil no querer. Las escenas que comparte con Héctor Bidonde (el marido que vuelve del frente) o con Nacho Gadano (el amante) son imperdibles. Por su parte, Pablo Brichta arranca carcajadas en el rol de Seth, ahora convertido en un maestro de ceremonias de gestos payasescos y en portavoz del director.
De las tres piezas que integran "El luto..." ("Regreso al hogar", "Los acosados" y "Los poseídos"), se privilegió la primera. Las dos siguientes quedaron muy desmembradas. Dicha enmienda obedece a la extensión de esta trilogía y a la abundancia de subtramas que recargan innecesariamente su núcleo argumental. Pero esto generó algunos efectos colaterales: la pieza perdió densidad, crescendo dramático y cierta legibilidad (no se termina de comprender las motivaciones de algunos personajes ni su circuito vital). Por momentos, es un O'Neill tan ajeno al universo del autor como lo sería una playa de California para el conde Drácula. Y, sin embargo, la puesta de Sturua resulta encantadora por su dinamismo y espíritu lúdico (pero debería llevar otro título). La banda musical suma apuntes burlones y hay escenas inolvidables (como la de Electra y Orin manipulando el cadáver del padre).
Al dolor, la culpa y el odio del texto original, Sturua le contrapone esa alegría revulsiva tan propia de la cultura eslava.


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