- ámbito
- Edición Impresa
Salidas papales: las sandalias del mateador
Jorge Bergoglio celebró ayer, por primera vez como papa, su cumpleaños número 77. En la foto, tres homeless que fueron invitados a desayunar con él en los comedores del Vaticano.
Nadie es el mismo siempre. Verdad de Perogrullo. Ni siquiera el Sumo Pontífice. De pura fuente cardenalicia, trascendió que el Papa, nuestro papa, se escabulle por las noches del Vaticano para ir a visitar a mendigos y otros desarrapados de Dios. No va de blanco, sino de negro, por tres razones.
La primera y más evidente es que con atuendo de jefe espiritual de la cristiandad sería reconocido y apabullado por una multitud de noctámbulos; lo segundo, que así de negro, Su Santidad vuelve a ser el oscuro y sencillo sacerdote que hay debajo de su altísima dignidad eclesial ("raspe un ruso y encontrará debajo un tártaro", decía Napoleón, y en nuestro caso: "Raspe un papa y encontrará debajo un sacerdote"); la tercera razón es que por la noche alguien que viste de negro es casi invisible, y esto es precisamente lo que Francisco pretende para realizar con eficacia su misión pastoral extramuros.
Este hecho, por curioso que parezca, tiene antecedentes, tanto en la realidad como en la ficción. Se dice que Juan XXIII solía escapar del Vaticano de incógnito para ir a pasearse libre por las nocturnas calles de Roma como un cristiano más. Más cercano a los motivos caritativos del papa Francisco, Pío XII se vestía de franciscano y abandonaba sus dominios para ir a ayudar a refugiarse a los judíos italianos durante la Segunda Guerra Mundial. A su vez, Juan Pablo II, durante sus veintisiete años de pontificado, salió del Vaticano 117 veces para irse a esquiar a las pistas de los Apeninos Centrales (con traje de esquí blanco, por supuesto, que es el modo de ser invisible en la nieve). Mientras en el film "Las sandalias del pescador" (inspirado en la célebre novela de Morris West del mismo nombre), el papa ucraniano Kiril Lakota, interpretado genialmente por Anthony Quinn, sale del Vaticano para tratar con la gente común y ayudar a quien le sea posible, para ya no ser alguien que, sublime e inaccesible, imparte bendiciones urbi et orbe desde la silla-trono de Pedro, el cual, a su vez, sin duda habrá encontrado ocasiones para volver a ser nuevamente el simple y bueno de Simón que había sido antes de convertirse, red en mano, en pescador de hombres.
De un modo semejante al príncipe Eduardo de Mark Twain, que abandonaba su palacio para ir a vivir la humilde vida de un mendigo en los suburbios de su ciudad, Francisco cambia de hábito para moverse de incógnito en la noche romana, al igual que otros nocherniegos que también cambian de hábitos y roles por los más diversos motivos, santos y non sanctos. La noche es una gran mascarada, promotora de fugas y metamorfosis.
La joven sobria y modesta que durante el día es la solícita empleada de una cafetería pasa junto a Francisco subida a sus tacos altos y más pintada y bamboleante que un mascarón de proa de tiempos de Pinzón; un juez pasado de copas sale de una taberna con las solapas de su abrigo en alto; un amante furtivo regresa a su casa a volver a vestir su hábito de esposo leal; un carabinieri con su uniforme azul ya abotonado inicia su ronda más erguido e "importante" que de civil... Y entre noctívagos y trasnochadores, va el Papa también, a la búsqueda de un pordiosero que asistir, o de un pecador que aligerar. Y en su peripecia pastoral nocturna, bien puede sucederle un día cruzarse con su álter ego en la ficción, Kiril Lakota, y tener este diálogo a la luz titilante de un farol, de luminiscencia irreal:
-Kiril, soy el papa Francisco, me fueron a buscar al fin del mundo para calzarme las sandalias del pescador.
-Sí, lo leí en los periódicos. Te lo advierto: querer ser el papa de los pobres es una ardua ambición.
-Sobre todo, estimado Kiril, entre tanto fasto y oropel en el que estoy forzado a vivir. ¿Acaso el Nazareno, que nació en un pesebre, puede ver con buenos ojos que el sucesor de Pedro viva en un palacio a cuerpo de rey?
-No. Y por eso, mi querido Francisco, hice lo que hice el día de mi coronación como Cirilo I, frente a la multitud que me aclamaba en la Plaza de San Pedro.
-Perdón, pero hace tanto tiempo que leí tu historia que no recuerdo lo que hiciste.
-Me quité la tiara y anuncié al mundo la enajenación de todos los bienes materiales de la Iglesia, para paliar la hambruna del pueblo chino. Hoy lo haría por África, o por cualquier otro continente o país al que me fuera posible socorrer.
-¡Ah!....


Dejá tu comentario