Sanz volvió a cautivar a “sus chicas” en Geba

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Alejandro Sanz. Con M. Ciro (dir. mus., guitarra), A. Pérez (piano, guitarra, coros), C. Hierro (teclados, coros), N. Townsley (batería), C. Martín (percusión, vientos, teclados), B. Sosa (bajo, coros), B. Denaro (guitarra), J. Mendez (vientos, coros, percusión), S. Devine, K. Díaz y J. Mendez (coros). (Club Geba; 7, 9 y 10 de marzo). 

Es sabido que hay cantantes, sobre todo los que apuntan al público femenino a través de repertorios eminentemente románticos, cuya principal virtud es ser ellos mismos. Importa, por cierto, lo que dicen las canciones, el tipo de melodía que usan, la parafernalia instrumental y tecnológica de la que se rodean, el profesionalismo con el que se mueven antes, durante y después de cada show. Mientras están vigentes, lo que más importa es la relación entre estos artistas y «sus chicas» (Sandro, un precursor, había entendido mejor que nadie esa relación y hasta hizo la caracterización de su público principal). Y así es que todo el resto, aunque importante, pasa a un lejano segundo plano.

El español Alejandro Sanz es, justamente, uno de esos artistas que se defienden solos y a los que les bastaría con su voz, su guitarra y, muy especialmente, su presencia, para conquistar sin necesidad de mucho más. De modo que la alegría, el fanatismo, la devoción y el erotismo que expresó la multitud que convocó para el fin de semana porteño -como sucedió también en Córdoba, Rosario y Mendoza- estuvieron de su lado desde un largo rato antes de comenzar cada espectáculo.

Esta vez, el motivo de la gira era presentar su nuevo disco, «La música no se toca», y de allí seleccionó unas cuantas de las canciones, con un arranque que incluyó «Llamando a la mujer acción», «Cómo decir sin andar diciendo» y «Se vende», y varias otras más de ese disco a lo largo de las dos horas de show. De todos modos, como era previsible, el mayor entusiasmo se produjo cada vez que aparecieron los hits, organizados como temas independientes o metidos en un par de popurrís; así, se escucharon, entre otros, «Quisiera ser», «Cuando nadie me ve», «Mi soledad y yo», «Corazón partío» y «Amiga mía».

Lo respaldó una banda numerosa y bien aceitada con una significativa presencia femenina. Una puesta sencilla permitió tener al cantante como principal referencia. Hubo frases de ocasión como «tengo porteño el corazón», y demagógica bandera argentina. Desde hace mucho tiempo, ya nada queda de aquel Sanz que cantaba y tocaba flamenco y que entusiasmaba, claro, más a los críticos que a «sus nenas».

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