25 de julio 2023 - 00:00

Schvartz: indagar en el mundo de la inmigración

Diálogo con la narradora argentina que acaba de publicar “Jurame que nunca”.

Graciela Schvartz. “Es a través del lenguaje que la historia vive”.

Graciela Schvartz. “Es a través del lenguaje que la historia vive”.

Una saga de inmigrantes que se radican y establecen lazos con ocultamientos y culpas que se trasmiten generacionalmente en “Jurame que nunca” (Emecé), intrigante y dramática novela que Graciela Schvartz elaboró a lo largo de 25 años. La autora ha publicado, entre otras obras, las novelas “Señales de vida”, “Alma inquieta” y “Amor a tantas cosas”.

Dialogamos con ella.

Periodista: Muchas escritoras argentinas de novelas de fondo histórico eligen figuras patrióticas o miembros del patriciado, ¿por qué eligió el universo de la inmigración?

Graciela Schvartz: Hay en esa elección marcas personales, provengo de una familia de inmigrantes, abuelos italianos y abuelos judíos lituanos. El mundo de “Jurame que nunca” es una versión personal de todo ese variado mundo que recibí por datos, fragmentos, cuentos, comentarios, chismes, susurros, invenciones, porque mi memoria inventa tanto como la memoria de los protagonistas. No me dedico a figuras históricas, de eso se ocupó mi madre (la historiadora Hebe Clementi).

P.: La inmigración ha sido central en la transformación de nuestro país. ¿Por qué su saga familiar se inicia en tiempos de Hipólito Yrigoyen y llega a la actualidad?

G.S.: “Jurame que nunca” arranca en una época en que la Argentina ya había recibido varias oleadas inmigratorias. La Argentina pujante había alcanzado en el mundo la potencia de una ilusión. Los abuelos, Vicente y Pascua, decidieron salir de un destino que los tenía pegados al sembrar y regar, la hoz y la guadaña, a estar atados a esa tierra sin horizontes posibles; y los otros abuelos escapaban de pogromos, persecuciones y hambrunas. Venían a un lugar de promesas que se concretaban. Venían adonde era posible construir un futuro. Mis abuelos italianos construyeron su casa con las libretas de ahorro de sus hijas. Acá todo tenía un sentido. Esas historias fueron pregnantes en mi vida.

P.: La novela muestra dos formas de arraigarse en el país. Vicente busca la integración y lo consigue haciendo propio el idioma, volviéndose argentino desde la lengua. Pascua, en tanto, pareciera hacer un pliegue entre su lugar de origen, el lugar de donde viene y este dónde ahora está.

G.S.: Son dos respuestas ante lo que era su nuevo país. Parten de una ilusión compartida, que finalmente se va al bombo, pero no adelantemos la historia. Lo cierto es que mi abuelo quería formar parte a toda costa. Estudió, trabajó, laburó en su casa, y sostenía otra. Mi abuela no era analfabeta pero bordeaba eso. Pascua, la campesina, es un personaje potente, entrañable, una presencia más o menos oculta que aparece todo el tiempo en mis libros, en mi escritura.

P.: Es justamente la escritura algo fundamental en “Jurame que nunca” tanto al hacer conocer a los protagonistas como al ir instalando la intriga por lo silenciado, por los secretos guardados.

G.S.: La escritura fue configurando los personajes. Más allá de las historias personales, de los recuerdos, es a través del lenguaje que la fuerza de la historia se hace presente. Los secretos instalan el drama. Lo no dicho es una amenaza que siempre está latiendo. Son cosas que convendría ventilar, poner en circulación, elaborar. Es una fuente de desdichas. Yo quise ir de las experiencias personales a la experiencia general. Los ocultamientos impregnan, son una porquería que marca a los protagonistas y a su descendencia.

P.: ¿Trabajó mucho en esta novela?

G.S.: Unos veinticinco años. Empecé por el monólogo final. Hice una primera versión. La guardé. La revise. La presenté. Hubo rechazos. La retomé. Creció en historias, pero la central, la actual estaba siempre. Sacaba, quitaba, ponía. Así todo el tiempo. La abandoné muchas veces, mientras escribía otras cosas, por ejemplo “Señales de vida”, pero esta seguía estando subterráneamente. Hace dos años me puse a escribirla de nuevo. Siento que me vinieron bien las críticas y rechazos porque le dieron densidad a la escritura, y finalmente cuando tuve el libro en mis manos me di cuenta que es lo que siempre quería escribir.

P.: ¿Hay en su novela algo de ese ajuste de cuentas con el padre tema que ha aparecido en obras recientes de otras novelistas?

G.S.: Hay algo aplanante en cierto feminismo, figuras que aparecen como arquetipos consolidados, como maquetas, y eso quita profundidad a historias que están cargadas de significados. Hay una manera panfletaria y una manera literaria de acercarse a lo femenino. Yo no quería hacer una reivindicación de lo femenino, es algo que no me interesa, quería dar cuenta de peleas, de silencios, de lo pendiente, de los júrame que nunca, del menoscabo de lo femenino, del sometimiento, en algún caso, y también de la fortaleza de lo femenino, porque las figuras femeninas lo tienen. La abuela es de una potencia notable, va más allá de cualquier definición, está vinculada con la vida, con el amor, el amor a los hijos, a las comidas, a las plantas. A la vez, en la novela la madre es una persona bastante complicada a la que se le hace difícil la transmisión del afecto. Lo emocional es central en “Jurame que nunca”, a los personajes se los conoce por su nombre, no por su apellido, ese nombre los une a otros nombres, y se resignifica por los datos que los corporizan y los hace cobrar su propia vida. Por ejemplo, Bernardo, el marido de Iris, una de las hijas de Pascua y Vicente, es porteño, judío, comerciante y comunista. Una de las claves de esta nueva tierra es la mezcla.

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