12 de junio 2013 - 00:00

Se acaba leyenda de economía vibrante

Justo ahora que los mercados tienen la palabra, y nadie les disputa los micrófonos, se los escucha tartamudear. ¿Qué quedó del rally arrollador de Wall Street que desoyó el consejo de vender en mayo, y anotó desafiante sus récords pocos días después de que Ben Bernanke deslizara sus primeras objeciones al QE3? El atisbo de una renovada embestida, tras el bálsamo de un informe de empleo que pareció dictado a pedido, debió cancelarse deprisa. El conato de contraataque se afirmó sobre la media de las últimas cincuenta ruedas y, por cuarta vez en lo que va del año, clavó allí sus espuelas. En enero, la maniobra le reportó al S&P 500 un avance del 9%. En febrero fue del 7%. Y en abril así se ganó el 8%. Esta vez, la intentona no fraguó. En apariencia, las acciones no se atreven a galopar si las tasas largas corren a la par. Y fue azuzar sus cotizaciones, y que la tasa de diez años se encabritara por encima del umbral del 2,25%. El corcovo, que se multiplicó a la manera de un juego de espejos en otros plazos y otras plazas, como las que negocian los bonos de los Tesoros de Europa, frustró toda posibilidad de ascenso. El rally de Wall Street no está doblegado todavía (ha sabido nutrirse del pesimismo), pero si se mira a su alrededor es casi lo único que sigue en pie desde Bernanke y los idus de mayo.

Excusas hay muchas. Que el Banco de Japón debió decir "algo" tras su reunión para mitigar la volatilidad de bonos y acciones. La única verdad, que es la realidad, dijo lo suyo el lunes: el crecimiento japonés -el primer trimestre- no fue del 3,5% como se estimó en un principio sino del 4,1%. Eso es elocuencia, pero, apuntan los críticos del momento, no basta. El bono japonés que, cuando rozó el 1%, encendió la mecha de la corrección del Nikkei, hace tres semanas que no molesta. ¿Qué pueden declarar en Tokio, Furoda, o Taro Aso, o Shinzo Abe, para aliviar la indigestión global si el ardor acontece por la Fed en Washington? Si lo que se atragantó es el QE3. Tampoco reconforta ver que la disputa entre el Bundesbank y el BCE los lleve a dirimir la legalidad de la política que contuvo la crisis europea (las operaciones OMT que nunca se ejecutaron) ante el Tribunal Constitucional alemán. Es poco grato, y es revelador de los serios problemas de diseño de la integración, pero no es la causa de la zozobra actual (no se espera tampoco que el fallo se conozca antes de las elecciones alemanas del 22 de septiembre).

Excusas hay muchas pero la idea fija es una sola. El (comienzo del) fin del QE3. Tan fija es la idea que no alcanza con que un funcionario de la Fed la relativice -o, más aún, que le dé cabida a la noción contraria- para quitarla de escena y aminorar el desasosiego. James Bullard, presidente de la Fed de St. Louis, señaló el lunes con toda claridad que las decisiones del banco central se tomarán con los datos de la economía en la mano (y con total independencia del calendario). Bullard, que este año forma parte del elenco de los 12 votantes admitió los progresos en el frente laboral pero se ocupó de resaltar que "los excesos financieros son limitados" (éste fue el argumento esbozado por Bernanke para eventualmente tener que moderar el QE3), y volvió a enfatizar su preocupación por las lecturas "sorprendentemente bajas" de la inflación. Y remató su exposición subrayando que estos magros registros le pueden permitir a la Fed continuar con su agresivo programa de compra de bonos. Dos meses atrás, Bullard planteó inclusive la posibilidad de ampliar el QE3. Nada dijo esta vez. Pero está claro que su voto en junio será por la estabilidad.

La Bolsa podría subir si las tasas largas escalaran y la economía acompañase. Pero no es el caso. Ya se dijo en su momento que el rally de las acciones tenía incorporada, en sus precios, la promesa de una economía vibrante que, en rigor de verdad, nunca se concretó. Y el ascenso de las tasas largas encierra una doble realidad antagónica: una merma de las expectativas de inflación y una suba más que proporcional de la tasa de interés real. En esta pulseada, la Bolsa se lleva la peor parte. Será cada vez más difícil -con mercados que se agrietan peligrosamente- vender la idea de una economía robusta en camino. Pero será relativamente sencillo -por la misma razón- que la tasa se espante. No hace falta una economía firme para empinar las tasas, alcanza y sobra con que se gatille un cambio de portafolios que procure reducir su duración. Lo difícil, sí, será sostener las tasas en niveles altos sin una economía que lo justifique porque, al decir del propio Bullard, tampoco la Fed ejecutará su amenaza de rebajar el QE3. En este mar de dudas, una cosa es cierta: no habrá efervescencia que resista tanta salinidad.

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