23 de mayo 2011 - 00:00

Se cumplió ley: vender en mayo (pero por ahora)

Dice el refrán que hay que vender en mayo y tomar distancia de la Bolsa. Quien lo siguió al pie de la letra no tiene de qué lamentarse. Pero el refrán no ganó su predicamento por el suave declive de las acciones hasta el presente. Bien se afirma que la letra entra con sangre: es el presagio de un derrape profundo -ratificado una y otra vez en el tiempo- lo que sostiene su vigencia. En los hechos, en lo que va del mes, la sentencia tiene su cumplimiento pendiente. Wall Street se bambolea y, por momentos, asoma a un barranco, pero todavía se ataja y recompone y no cesa de dar pelea.

La impresión que gana terreno -alimentada por el repliegue precipitado del euro y de los commodities- es que todo se derrumba. La realidad es otra. Lo que se hunde deprisa es el optimismo. Las cotizaciones de Wall Street no dan el brazo a torcer. Y mientras conservaron la estacionalidad de su lado (sí, las brujas no existen, pero que las hay, las hay) se empeñaron en contrariar a los escépticos conquistando, palmo a palmo, nuevas alturas. Mayo es una pulseada que se pierde, pero aun así la merma es contenida y no se deja arrastrar por la caída a pique del sentimiento «bullish» (alcista). Que crezcan las dudas nunca es bueno. No obstante, el revolcón de las materias primas recuerda que es preferible tener por delante un muro de preocupaciones a escalar y no la rampa del optimismo desbordante, que siempre oculta un acantilado abrupto. Que la plata lo desmienta si no es así.

Si se examinan las mediciones del estado de ánimo del inversor individual de los EE.UU. surge que su percepción más favorable sobre el futuro de la Bolsa data de la semana que concluyó el 23 de diciembre pasado. En la antesala de la Navidad, el 63,3% de los inversores se manifestaba «bullish» a seis meses vista y sólo el 16,4% se reconocía «bearish» (bajista). Había que retroceder hasta mediados de abril de 2004 para encontrar un diferencial bull/bear tan alto como ese 46,9%. Nobleza obliga: a falta de sólo una semana para completar el semestre, el olfato de los inversores se probó tremendamente acertado.

Caminos bifurcados

Cuando se recorre 2011 los caminos se bifurcan desde un principio. La confianza del hombre de Bolsa se encoge sistemáticamente; la Bolsa, no. Todo lo contrario. La canasta del S&P 500 escaló el 7% mientras la población de optimistas se redujo en el 57%. Los «bajistas» son hoy mayoría: el 41,3% versus el 26,7%. Siempre hay pesimistas, pero la media no supera el 30%. El spread (diferencial) entre «bulls» y «bears» cambió de signo en mayo (un tributo a la vigencia del refrán bursátil) y denota una fuerte brecha negativa del 14,6%. Se diría que si algo sostiene al rally de las acciones -a la pierna alcista que comenzó en septiembre- es este mullido colchón de escepticismo. La última vez que el diferencial bull /bear fue negativo resultó tan fugaz como propicio. A mediados de marzo, cuando Fukushima encendió las alarmas, el susto extremo ofició de potente resorte. El año pasado, precisamente cuando arrancó el rally, el spread también era negativo y no hubo ningún talonazo más eficaz que el giro brusco del sentimiento para darle rápido impulso. Más interesante aún: hay que remontarse a esa fecha para encontrar un elenco de optimistas tan desflecado como el actual. Es la norma, muy pocos lo vieron venir.

¿Cuánta fe podrá depositarse en una oscura estadística de confianza del inversor minorista? ¿No pesa mucho más, acaso, el dinero institucional? El pesimismo es lo que cuenta. Sobre todo, los cambios que induce en el posicionamiento y que podrían desmontarse si irrumpe un movimiento a contrapierna. La evidencia, en ese sentido, es más que profusa. Tómense como referencia alternativa los ratios de puts y calls. O sea, los volúmenes transados de opciones de venta (que permiten cubrir una posición larga de acciones o, simplemente, lucrar si la Bolsa baja) y de opciones de compra. La lectura es similar a la del sentimiento inversor: de hecho, cuanto mayor la desconfianza, más alta la proporción de puts. Y así se observa. La relación de puts a calls en acciones individuales escaló a 162/100. Cuando traspasa el umbral de 125/100 se lo juzga ya como una ocasión favorable. Si se escruta el ratio que involucra transacciones de índices de acciones (un reino dominado por los profesionales), la señal se repite: allí la frontera neutral es 60/100 y los registros actuales trepan a 71/100. Como se aprecia, el mensaje es el mismo. E idéntica la conclusión tentativa: este último ratio marcó un tope de 70/100 un par de semanas antes que el rally levantara vuelo en 2010.

¿Darán, pues, los mercados otro golpe imprevisto de timón? ¿Cambiarán el rumbo de colisión como quien extrae, a último minuto, un conejo de la galera? No habrá esta vez colaboración por parte de la Fed. El repliegue del QE2, el truco monetario que salvó la ropa el año pasado, acentuará la estacionalidad desfavorable. Para peor, Europa ensaya con Grecia un conato de cirugía de su deuda con torpes cuchillos de cocina. Y el año pasado, cuando el afán era proceder a su rescate, Europa construyó un mayo fatídico. Conviene tenerlo presente: no basta con que descuelle el pesimismo, para probarlo equivocado se necesita una coartada, una mínima excusa. Que el rally de las acciones dé un último zarpazo antes de bajar el telón es todavía posible. Sólo falta hallar el cuis circunstancial que haga las veces de conejo.

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