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“Se ha dicho de mí que tengo más éxito que Vargas Llosa”
Sergio Bambarén. «Cuando leí ‘Juan Salvador Gaviota’ no podía creer las semejanzas con ‘El delfín’. A través de mi amigo Paulo Coelho le envié mi libro a Richard Bach con una nota. No quería que pensara que era una copia del suyo».
Periodista: Hace 13 años comenzó su carrera con «El delfín» libro que lo hizo internacionalmente conocido.
Sergio Bambarén: Ese libro, que comencé editándolo yo, ha vuelto a aparecer en diversas ediciones, en diversas editoriales, en diversas lenguas, en diversas versiones, como libro para adultos, como libro para niños y como película de animación, con la que nos ha ido muy bien, y que tiene como su tema musical una canción de Diego Torres. Desde la aparición de «El delfín» en 1996, he escrito otros 12 libros que ahora, por un nuevo contrato editorial, irán llegando a la Argentina y a toda Hispanoamérica a razón de dos títulos por año. Los próximos en salir son «Vela blanca» y «La música del silencio».
P.: ¿Cuántos millones de ejemplares vendió «El delfín» en el mundo, cinco, diez, quince, veinte?
S.B.: Más que esos números me importa el de los 39 idiomas y dialectos en que está, y que han hecho que mi libro se lea por todas partes del mundo.
P.: A partir de «El delfín», ¿qué camino siguió su obra?
S.B.: Siempre he sido muy viajero, acaso por haber nacido en una ciudad que está frente al mar. Al comienzo viajé por estudios, me gradué de ingeniero químico en la Universidad de Texas. El surf, mi gran pasión, me hizo buscar olas por México, el Caribe, California, Chile y mi Perú. Luego «El delfín» me llevó a andar por el mundo a conocer gente maravillosa. La vida me hizo escritor y, de alguna manera, lo que transmito a través de mis libros son las experiencias de personas extraordinarias que he conocido, y la inspiración que siento que me da el mar y que surge como una voz interior que me hace entender el estar en el mundo. Un amigo mío sostiene que la inspiración se parece a la melancolía porque aparece de sopetón y no se sabe cuándo nos viene, cuándo nos invade de una sensibilidad inesperada.
P.: «El delfín» es una fábula que se puede relacionar con un best seller anterior, «Juan Salvador Gaviota,» ¿lo ve así?
S.B.: Podría pensar que fue una coincidencia, pero fue más que eso. Escribí «El delfín» como una catarsis. Estaba en Portugal, en playa de Guincho haciendo surf. Había dejado un trabajo que me hacía sentir que sin querer me había encerrado en una jaula de oro de la cual no sabía cómo salir. La forma que encontré de poder salir fue volver a mis raíces, recordar los sueños de aquel niño que fui que amaba las cosas simples y sencillas de la vida, y el mar fue siempre parte de ello. Lo escribí en tres semanas, trabajando todas las noches, y jamás debió ser publicado porque era un mensaje para mí mismo. Unos amigos australianos que lo leyeron, hicieron copias que mandaron a editoriales. Hubo una propuesta de Random House, pero me pedían cambios y no quise hacerlos. Preferí editarlo yo con ayuda de mis amigos australianos, y en un año se vendieron más de cien mil ejemplares. Después me llovieron ofertas editoriales, y ahí empezó mi vida como escritor. En una entrevista me preguntaron sobre «Juan Salvador Gaviota», libro con el que me relacionaron en varias reseñas y que yo no conocía. Cuando lo leí, no lo podía creer. Yo había tomado un animal para hacer casi mi autobiografía. No podía creer las semejanzas. A través de mi amigo Paulo Coelho logré contactar a Richard Bach, y le envié mi libro con una nota, porque no quería que pensara que era una copia del suyo. Luego tuvimos una charla muy cordial, me contó muchas cosas que no tengo autorización de comentar.
Buen salvaje
P.: ¿Sus otros libros tienen temática marina?
S.B.: No, no. «La música del silencio», que debe de estar por aparecer, trata de un salvaje que conocí. Imagínese que hace 150 años aquí, en Latinoamérica, un pescador de 55 años, divorciado dos veces, conoce a una muchacha de 19 años, de alta alcurnia, y ambos se enamoran. Eso hace 150 años estaba absolutamente vedado, no por la diferencia de edad, que hubo casos de sobra, sino por la diferencia de nivel social. El pescador estaba a cargo de cuidar las aves guaneras en la costa del Perú. Un día para vivir juntos huyeron. Las familias pensaron que habían escapado al extranjero. Y no, se fueron a vivir en la isla de Huañape con la única compañía de las aves que allí residían, de los lobos marinos, sabiendo del paso del tiempo por la migración de las gaviotas. Durante ese tiempo, en que él sólo partían a buscar víveres para poder sobrevivir en la isla, concibieron un hijo. Y ese niño, que ahora tiene 56 años, vivió hasta los siete años sin ningún otro contacto humano que no fuera el de sus padres, y a esa edad lo dejaron solo, en tierra firme, para que tuviera una educación. Tras siete años de infancia feliz, en contacto con la magia de la naturaleza de su isla del Pacífico meridional, llega el momento de encontrarse con la civilización. El cambio no será fácil: el nuevo ambiente es una «isla de cemento», y sus habitantes esclavos de convenciones y prejuicios. Desde el primer instante en la ciudad comienza la aventura de ese chico en busca de la felicidad. Escuchar a este hombre hoy, que aún sigue siendo un niño, saber de su visión del mundo, a partir de la isla y las aves, resulta algo extraordinario, está pleno de sabiduría.
P.: ¿Cómo encontró a esa persona?
S.B.: No creo en las coincidencias, creo en las «diosidencias», nada ocurre al azar sino por los designios del Ser Supremo. Lo que la gente llama coincidencias son pruebas que a uno se le ponen en el camino y que uno las toma o no las toma. Con ellas sabe si uno está siguiendo el camino que quiere seguir en su vida. En este caso, me estaba entrevistando un periodista joven y, cuando conoció mi historia, me dijo: creo que a usted le gustaría conocer a mi padre. Y fui pensando en encontrarme una hora con ese hombre, y resultó que era alguien para escuchar, escuchar y escuchar. Y lo que ese hombre me decía tenía que ver con búsquedas y reflexiones mías. Se habían dado coincidencias. Y esas coincidencias marcaban que estaba en el camino correcto. Entonces no eran meras coincidencias, sino algo distinto, que aparece ante nosotros y es eso que yo llamo «diosidencias».
P.: Su otro libro que aparece ahora, «Vela blanca», ¿de qué trata?
S.B.: Es la historia de un viaje, cuando viví en Australia. Fue un viaje de descubrimiento de mí mismo que hice en un velero, con una amiga. Viajamos seis meses por el Pacífico Sur. Pasamos por las islas paradisíacas que hay por allí y fui mezclando ficción con realidad. Antes de partir había estado en una librería cerca del puerto que dirigía uno de esos libreros que aman su trabajo, que pueden hablar de los libros que ofrecen porque los han leído. Nos hizo comentarios sobre el viaje que emprendíamos que iban a ser lecciones de vida. Antes de salir me llamó y me regaló un libro muy envuelto, con la promesa de que sólo lo abriría una vez que estuviera ya en mi viaje. Cuando lo abrí, estaba en blanco. A partir de allí, con la chica que me acompañaba, cada vez que teníamos una situación que nos hacía reflexionar acerca de algo, venía un viento y hacía correr las páginas de ese libro en blanco. Nos dimos cuenta que éramos nosotros quienes teníamos que llenar esas páginas. El regalo que nos había dado era escribir ese libro.
Entrevista de Máximo Soto


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