Manuel Callau y Virginia Lago protagonizan «Por el placer de volver a verla», del canadiense Michel Tremblay.
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«Por el placer de volver a verla» de M.Tremblay. Adap. y Dir.: M. González Gil. Int.: V.Lago y M.Callau. Vest.: P. Uría. Esc.: C.Di Pasquo. Ilum.: F. Di Yorio. Mús. Orig.: M.Bianchedi. (Multiteatro)
El teatro argentino no ha sido muy piadoso con la figura materna, ni ha celebrado particularmente la relación entre padres e hijos. Casi podría asegurarse que en nuestra dramaturgia, desde sus inicios hasta nuestros días, sólo han prosperado las familias amenazadas por la bancarrota económica, los conflictos intergeneracionales, el derrumbe de la ley, la codicia, el estado de enajenación y otros excesos.
La sola idea de que alguien explique en escena cuánto ama a su madre despierta no pocas suspicacias. Lo primero que uno imagina es una especie de delirio edípico en formato de tarjeta postal y con exceso de purpurina. Pero, créase o no, «Por el placer de volver a verla» (1998), del escritor canadiense Michel Tremblay (quizás la figura más prestigiosa e influyente del teatro «quebecois»), elude todo apunte sensiblero. Aun tratándose de un abierto homenaje a su madre (una mujer que con su fantasía y amor a la letra marcó el destino literario de su hijo), el personaje que domina la obra resulta tan pintoresco como universal.
Naná es una señora de barrio, algo mitómana y de reacciones muy pasionales y melodramáticas; amante de las novelitas de aventuras y con una lengua muy filosa (sobre todo cuando critica a su cuñada), pero a la vez dueña también de una gran sensibilidad y sentido del humor. El autor-narrador la presenta al público advirtiendo con ironía que la función de esa noche no va estar dedicada a ninguna obra de Shakespeare, ni de Chejov, ni de otro gran dramaturgo del canon occidental y durante el resto de la obra conversará -y peleará- con su madre en distintas etapas de su vida (a los 10, 13, 16, 18 y 20 años de edad).
Es la excusa perfecta para debatir sobre la actuación, la literatura, la amistad, el respeto a los padres y también sobre la necesidad de fantasear y exagerarlo todo para que la vida resulte más luminosa. Este exceso materno lleva al autor a destacar la positiva influencia del teatro y la literatura en la gente común que no frecuenta los círculos intelectuales. Ese el público al que suele dirigirse Tremblay.
Por eso es oportuno aclarar, que la pieza puede llegar a resultar algo obvia -en relación a sus contenidos- a quienes gusten de un teatro más experimental o alejado de lo anecdótico. Manuel Callau maneja con suma naturalidad las diferentes etapas de infancia y juventud, además de ser un sólido contrapunto para Naná, un personaje encantador en la interpretación de Virginia Lago. Quizás resulten algo exagerados sus gestos de clown y sus permanentes saltitos, pero a la vez tiene su gracia verla moverse de aquí para allá como un duende entrometido y parlanchín.
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