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Sindicatos automotores ejercen fuerte presión
Según expertos, las dudas sobre si será posible curar rápidamente a los maltrechos gigantes industriales en plena crisis económica mundial siguen siendo muy grandes. En lugar de las campanas de Navidad, el vicepresidente electo, Joe Biden, prefirió hacer sonar las alarmas poco después, y advirtió el fin de semana sobre el peligro de un colapso total de la economía estadounidense, que se encuentra mucho peor que lo esperado (ver nota aparte).
Como «un primer paso» calificaron los medios norteamericanos en su moderado veredicto general el rescate de último minuto por parte de Bush el pasado viernes. Y también se mostraron de acuerdo en que con la medicina para tres meses el presidente saliente le ha colgado el sambenito a su sucesor en el cargo, Barack Obama.
La medida tomada por Bush tiene dos consecuencias, citaba el diario The Washington Post a una fuente anónima, bien enterada de las negociaciones entre la Casa Blanca y las automotrices. «En primer lugar, les da suficiente liquidez para evitar la bancarrota. Y lo segundo es que pasa la pelota al campo de Obama».
También Los Angeles Times piensa que el presidente electo hereda las decisiones difíciles de verdad, e hizo referencia a algunos puntos difusos en el acuerdo para los créditos. No está claro, por ejemplo, cuáles son los criterios para calcular, tras el plazo de los tres meses, si las compañías han podido asegurar su supervivencia económica o si deben devolver el monto de los créditos inmediatamente.
Pero ése es sólo uno de los muchos desafíos con los que se verá confrontado Obama, al que no le quedará mucho tiempo después de que asuma el mando para determinar el rumbo que seguirán los esfuerzos para salvar a la industria automotriz.
Para empezar, el Congreso tiene que dar el visto bueno al segundo desembolso del paquete de rescate de 700.000 millones de dólares (503.000 millones de euros) destinado al sector financiero. De ese fondo de unos 350.000 millones de dólares deberá salir una parte para el rescate de las automotrices, que, por otro lado, una gran mayoría de los republicanos ven ya como moribundas.
Y por otro lado están los sindicalistas, que fueron uno de los grandes respaldos de Obama durante las elecciones y que están ahora encima de él con sus exigencias. Esperan, en concreto, que el nuevo presidente les devuelva el favor al reducir por lo menos los recortes en sueldos y prestaciones sociales acordados por Bush en sus negociaciones con General Motors y Chrysler.
El jefe de los sindicatos automotores, Ron Getellfinger, apuntó que saludaba las medidas tomadas por Bush, pero agregó que están «decepcionados con las condiciones injustas a costa de los trabajadores», a las que las mismas están sujetas. Y pidió al nuevo Gobierno que elimine esas condiciones.
Esa perspectiva la comparten también algunos demócratas liberales, que ya apabullan también a Obama con sus exigencias; así como los ambientalistas, que esperan que el próximo presidente dé al sector automotor directrices concretas para la construcción de vehículos ecológicos. Por otro lado, la presión sobre Obama es inmensa para que no empuje a las automotrices por el despeñadero si emplea demasiado la mano dura, sobre todo en vista de la creciente miseria económica.
Obama se ha mostrado satisfecho por el rescate, pero hasta ahora no ha develado cómo piensa conservar el equilibrio frente a las distintas expectativas. Algunos expertos señalan que el acuerdo de Bush con las automotrices le deja suficiente margen de maniobra, sobre todo por la formulación vaga y difusa de los objetivos.
Agencia DPA


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