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Sobornos: palabra final y veredicto inminente
Alberto Flamarique
Un corte de luz sumió en las penumbras al edificio ubicado en la avenida Comodroro Py al punto de que la Corte Suprema debió declarar el día inhábil para los trámites convencionales ante la falta de computadoras. De hecho, las palabras finales del juicio fueron registradas con grabadores a pilas.
Era, en algún sentido, pintoresca la combinación de sombras - en un edifico en el cual los pasillos tienen pocas ventanas hacia el exterior- con el jolgorio que se desarrollaba en distintos juzgados por motivo de fin de año, lo cual implicaba la circulación de secretarios con botellas de champán por los pasillos.
Las palabras más esperadas fueron las de Flamarique, quien al comienzo del juicio había realizado un monólogo casi teatral para hablar sobre cómo el arrepentido Mario Pontaquarto le había "enseñado lo que es el odio".
Ayer el exministro de Trabajo se mostró más cerebral, sin lágrimas ni arrebatos, aunque no cambió el tema. "Sentía una necesidad de venganza, pero después de una introspección me di cuenta que no quiero parecerme a los canallas que me pusieron en este lugar", declaró en una alocución más propia del diván que de un juicio y en el cual volvió a demostrar el interés que tiene en las viscisitudes del alma humana.
Más deslucido fue el papel de De Santibañes, quien tomó la decisión de leer su discurso e insistir con aspectos procesales cuando el objetivo de esta instancia es el de exponer una reflexión final sobre el debate.
Por su parte Alasino no defraudó. Recordó con añoranza la política de los años 90 y la calidad intelectual de quienes eran senadores en esos años. Fustigó al Gobierno y, como en algún momento del juicio, señaló que la UCR le debe mucho al Pacto de Olivos que negoció Raúl Alfonsín, especialmente por la aparición de la figura del tercer senador por la minoría y la creación del Consejo de la Magistratura.
Ayer reapareció en el juicio Gerardo Larrámbebere, integrante del Tribunal y que se había alejado por motivos de salud. Ahora vuelve para el momento más determinante.
El próximo lunes por la tarde se conocerá el final de un juicio que en otras latitudes, sólo por la naturaleza de sus protaginistas, hubiera deparado una atención general de mayor jerárquía (ejemplos sobran).
La falta de esta intensidad se encuentra estrechamente vinculada a la falta de evidencias de las que ha padecido el proceso cuya instrucción se basó en un testimonio que terminó muy desacreditado.
Fuera de este aspecto, los intercambios en el estrado han sido fascinantes, no sólo por el nivel de los testigos (expresidentes, exministros, senadores y exsenadores, sindicalistas encumbrados, artistas famosos, espías silenciosos, editorialistas de renombre) sino también por la información que allí se ha escuchado: la transcripción de este proceso es el diario íntimo de un Gobierno (el de la Alianza) desde su llegada al poder hasta el inicio de su debacle que más tarde sería inevitable.
Abundan allí desde conversaciones imperdibles entre un presidente y su círculo más personal hasta datos jugosos sobre cómo es la vida en las alturas del poder en cuanto a rutinas, horarios y privilegios de quienes ostentan las principales posiciones.

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