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Sucesión en marcha en la bizarra monarquía Kim
El cocinero nipón es uno de los pocos extranjeros que conocen personalmente a quien en su libro llama «El Príncipe», el favorito de la familia. «Tiene la mentalidad de la vieja guardia, el mismísimo rostro de su padre, las formas de su cuerpo y su personalidad», según Fujimoto, que tomó y sacó del país la única fotografía conocida de Kim Jong Un cuando era un niño de 11 años.
Para Occidente, donde el demostrado poderío nuclear de Corea del Norte provoca un justificado nerviosismo, un cambio en lo más alto del régimen norcoreano es siempre motivo de inquietud y esperanza. La muerte del fundador del país, Kim II Sung, en 1994, fue en un principio celebrada por muchos de sus enemigos, antes de que el comportamiento de su hijo y sucesor los llevara a echarlo de menos. Lo mínimo que podría decirse de Kim Jong II es que no se ha comportado como el modelo paterno ideal.
El Querido Líder dirigió desde la sombra los servicios secretos norcoreanos antes de llegar al poder, organizando atentados contra objetivos civiles y el secuestro de decenas de ciudadanos, sobre todo japoneses, para que formaran a sus espías. Después tomó el mando de un país ya en dificultades y lo arruinó, empleando casi todos los recursos nacionales en desarrollar armas nucleares y misiles mientras su población agonizaba sin nada de comer. Corea del Norte es, bajo su mando, una inmensa cárcel para sus 22 millones de habitantes, que son despertados con altavoces que recuerdan su deber de amar al líder, y la más mínima muestra de deslealtad -o de insuficiente idolatría- se paga con la vida o el gulag. ¿Será Kim III otro déspota como su padre o ese líder aperturista que Occidente lleva décadas esperando?
Japoneses y surcoreanos, los ciudadanos de los dos países hacia los que apuntan cientos de misiles norcoreanos, buscan estos días motivos de optimismo en las escasas informaciones que se van conociendo sobre la biografía de Kim Jong Un. Se sabe que el menor de los Kim fue fruto de la relación de Kim Jong II con su tercera esposa, Ko Young Hee, una ex bailarina que murió de cáncer de pecho en 2004. Es un joven obeso que mide 175 centímetros de altura y pesa 90 kilos, con diabetes y carácter cerrado. Quizá el dato que más esperanzas ha despertado es que, al parecer, estudió secundaria en el Colegio Internacional Berne de Suiza, ocultando su identidad con un nombre falso.
La confirmación de que Kim Jong Un se formó en el extranjero haría pensar en él como un hombre de mundo, alejado al menos por un tiempo de las influencias despóticas de su círculo norcoreano y con un buen dominio de los idiomas inglés y alemán. Todo demasiado perfecto para muchos analistas, que dudan que el régimen haya permitido tal «contaminación» en el heredero al trono.
El joven fue enrolado en la academia militar que lleva el nombre de su abuelo, entre 2002 y 2007, antes de recibir su primer puesto de gran responsabilidad en la Comisión de Defensa Nacional, donde comparte reuniones con generales que ganaron sus medallas en la Guerra de Corea (1950-1953) y forman parte de la exclusiva camarilla de asesores de Kim Jong II.
La promoción del hijo predilecto ha ido acompañada de la creación por parte de la propaganda comunista de canciones dedicadas a alabar al «Comandante Kim». Si finalmente alcanza el poder, recibirá una herencia que sería la envidia de cualquier dictador que se precie: un país herméticamente aislado y las armas nucleares para que nadie se meta con él.


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