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Tayrona, oasis selváticom en el caribe colombiano
Arena blanca, mar turquesa y densa vegetación sobre la costa de cabo San Juan, la zona más concurrida del Tayrona.
Ubicado a unos 35 kilómetros de Santa Marta, bañado por las aguas del Caribe y rodeado por sierras, ofrece la oportunidad de realizar caminatas de baja y media dificultad, playas solitarias y paisajes soberbios dignos de una película de aventuras. Tayrona está limpio, además -así insisten sus autoridades- de los grupos paramilitares que solían controlar el territorio para el cultivo de marihuana y otras materias primas para la droga, y que a principios de este milenio se habían ensañado con los turistas.
Los iniciales cuatro kilómetros de trekking convergen en Arrecifes, la primera de un eslabón de zonas habilitadas para campamentos, hamacas y restoranes, pero la única con costas tan amplias como peligrosas: "Estas playas no son aptas para bañarse. Aquí se han ahogado más de 100 personas. No haga parte de las estadísticas", se advierte en un letrero de madera.
El agua sí es permisiva en la piscina, rodeada por manglares, o el cabo San Juan del Guía, a otros cuatro kilómetros más de distancia, donde finalmente desemboca el sendero y la mayoría determina pasar la noche. La caminata culmina luego de un enorme sacrificio bordeando piedras y árboles centenarios, en dos bahías cristalinas y arena blanca. Allí transcurre la "vida social" del Parque Tayrona, donde siempre hay lugar para un "picadito" y las charlas nocturnas, pero claro, sin sortear ninguno de los mandamientos que rigen desde el minuto uno que se ingresó a estas tierras. Así, aventurarse por los senderos de noche -so pena de cruzarse con algún animal salvaje de cacería-, hacer fogatas, tocar la guitarra o intentar practicar surf estarán prohibidos para los visitantes.
Es que tal como lo adelantan los instructores en la entrada, "el parque es mucho más que una postal". En particular, por su geografía caprichosa y asimétrica, que en apenas 214 kilómetros cuadrados comprende desde la costa Caribe hasta la Sierra Nevada de Santa Marta (5.700 m). Frío y calor separados por 54 kilómetros de distancia. Un ecosistema que da lugar a la convivencia de múltiples especies de monos y más de 400 de aves, lagartos y jaguares. Hasta hay un par de caimanes "adiestrados", sostienen los vigías.
Además de bosques, el parque guarda los vestigios arquitectónicos de los tayrona, una antigua comunidad de cientos de miles de integrantes que otrora corrió la misma suerte que la mayoría de las poblaciones precolombinas. Sus herederos, usualmente ataviados con sus túnicas blancas y bandoleras tejidas en colores, fáciles de identificar por sus melenas lacias y negras, escapan a los lentes de las cámaras, y sus apariciones suelen ser fugaces. Para llegar a la Ciudad Oculta, la vieja base de esta población que data del siglo XVI y una suerte de "Machu Picchu colombiano", es indispensable contratar una excursión que requiere cinco días consecutivos de caminata exigente.
Tal es la demanda para conocer el Tayrona que sólo se permite el ingreso de hasta 2.900 personas, y tan heterogéneos son los gustos de quienes arriban, que las opciones para el hospedaje varían desde cabañas de lujo con televisión satelital hasta hamacas paraguayas a la intemperie. Sin que ello, por ahora, altere su naturaleza exuberante.


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