Temor a derrota ofrece un Kirchner versión herbívora

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El Néstor Kirchner impiadoso, intratable, que a nadie oía ni consultaba, que reclamaba verticalismo extremo so pena de declaración sumaria y unilateral de traición parece, por momentos, un registro del pasado. Otro Kirchner, manso, anda por ahí: un pingüino herbívoro.

Puede ser un espejismo, pero el Kirchner, que estuvo anteanoche en La Plata en una charla de tres horas con cincuenta dirigentes, se esforzó más por conquistar que por rigorear. Asumió, quizá, que ese método, al que apostó el 28-J, dejó de ser eficaz.

Cuenta Norberto Galasso que Juan Perón, antes de morir, le pidió a Isabel que consulte cada medida con Ricardo Balbín. José Pablo Feinmann dice que esa versión es un intento por embellecer al último Perón que antes había amparado a José López Rega y su Triple A.

Con el patagónico puede trazarse una analogía: el riesgo de una derrota electoral -antesala de una «muerte» política- lo empuja a abandonar -o prometer hacerlo- el método del látigo para recurrir al de la seducción. La proximidad del fin, opera mágicamente.

Kirchner instaló el relato de un biotipo político caracterizado por la confrontación permanente que necesita del conflicto para funcionar.

Jekyll

Anteanoche, su versión mansa, el Kirchner doctor Jekyll -contraria al Kirchner mister Hyde- explicó que aquello respondía a la necesidad de recuperar la autoridad presidencial, luego de De la Rúa y los cinco mandatarios en diez días.

Dio otras razones. Al prometer -como relató ayer este diario- que terminaba la época de las listas hechas a dedo desde Olivos, argumentó que el momento político lo requería pero que, «ahora tiene que haber debate» y las candidaturas tienen que surgir de internas.

Por eso, ante los diputados, autorizó a que los que quieran postularse lo hagan «pero sin abandonar el peronismo» porque, precisó, el PJ tiene atada su suerte «al proyecto», en mención autorreferencial al que inició en 2003 y ahora continúa su esposa.

El operativo «todos adentro» que planteó ante los legisladores bonaerenses -y repetirá en unos días ante los nacionales- lo había expuesto antes en un almuerzo con Sergio Massa y otros intendentes críticos, y previamente en una charla con Emilio Monzó.

Con ese argumento dijo que el Gobierno de Daniel Scioli debe abrirse y dejar participar a los distintos sectores del PJ, y el peronismo debe ratificar su tendencia frentista. «Que Cobos haya defeccionado no quiere decir que nos debamos resignar a ser amplios», afirmó.

Naturalezas

El romanticismo del patagónico sobre el debate interno y el aperturismo tiene una razón puntual: la fantasía de un nuevo mandato K en 2011 requiere, para ser posible, que en la provincia el dispositivo oficial obtenga, como mínimo, el 45% de los votos.

Ese porcentaje es, según los cálculos K, es imprescindible para concretar el plan un 40% más un voto que le permitiría al kirchnerismo sortear la segunda vuelta. Para alcanzar ese caudal de votos, Kirchner necesita amontonar al grueso del peronismo.

Para hacer más confiable su cambio de actitud, Kirchner se explayó en una autocrítica que, en paralelo, sirve para justificar sus acciones. «Me equivoqué cuando acepté el juego de Clarín. Por suerte, Cristina hizo otra cosa», puntualizó sobre su pelea con el holding Noble-Magnetto.

Asumió, además, como un error la 125 que lo enfrentó con el campo aunque le atribuyó responsabilidad a Martín

Lousteau
, cuya designación endilgó a Alberto Fernández. «Ustedes saben que yo no tuve nada que ver. Era un inexperto», se desmarcó aunque asumió que no midió el alcance del conflicto. Luego de exponer y escuchar, casi sobre el final de la velada, Kirchner abandonó la pose conciliadora. El caso Bruera le hizo mostrar su naturaleza subyacente. 

- Agradezco esta charla. Nosotros armamos, con humildad, un espacio provincial y nos interesa hablar y poder debatir con usted -dijo Gabriel Bruera, diputado y hermano de Pablo, el intendente de La Plata que figura entre los odiados K.

- Mirá: hablemos sin mentirnos. Yo sé que ustedes ponían mesas y decían que no estaban con Cristina -le respondió Kirchner. 

- No, está mal informado

-se defendió Bruera.

- No. Yo estoy muy bien informado. ¿O no, «Chango»?

-cerró Kirchner interrogando a Héctor Icazuriaga, el jefe de la SIDE. El herbívoro mostró los colmillos.

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