El ganador del Premio Faena a las Artes presenta “Tropos”, una inmensa instalación en la sala Molinos, de Puerto Madero. Sus ornamentos arquitectónicos, por fuerza del material gelatinoso que emplea, pierden deliberadamente la condición de eternos.
Perecedero. El artista muestra, mediante lámparas que aceleran la disolución, lo efímero de las huellas del hombre.
Cayetano Ferrer (1981), ganador del Premio Faena a las Artes, es el autor de "Tropos", una inmensa instalación con características de "site specific" que se exhibe en la sala Molinos, de Puerto Madero. Nacido en Hawai e hijo de argentinos, Ferrer reside en Los Angeles y realizó su obra con los 75.000 dólares del Premio (25.000 para el artista y 50.000 dólares para la producción).
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Ferrer se sirve del pasado del arte y la arquitectura, disciplinas que se cruzan desde los tiempos de Pericles. Al ingresar a la muestra se divisan, dispersos por la sala, sus altorrelieves, sus calcos de rosetones, volutas, frondas y otros motivos decorativos, muchos provenientes del pasado. No obstante, el artista arrastra hasta nuestra contemporaneidad las formas ornamentales de los más diversos estilos. El material empleado para calcar los ornatos, la gelatina, es el vehículo para viajar en el tiempo de especial singularidad. Este producto orgánico obtenido de los huesos de animales, le otorga un nuevo sentido al diseño decorativo.
El paisaje de la sala provoca extrañamiento: se percibe como un espejismo. "¿Ignoráis por qué razón las ruinas nos agradan tanto?", se interrogaba Diderot. "Yo os lo diré; todo se disuelve, todo perece, todo pasa, sólo el tiempo sigue adelante. El mundo es viejo y yo me paseo entre dos eternidades. ¿Qué es mi existencia en comparación con estas piedras desmoronadas?", concluye el maestro de la Ilustración, autor de "L'Encyclopédie".
Los ornamentos arquitectónicos de Ferrer han perdido la condición "eterna" que señala Diderot. El artista acierta cuando muestra el procedimiento de su trabajo, el modo de acelerar con lámparas el proceso de disolución de un material perecedero. La gelatina se derrite bajo unas lámparas como un extraño material reciclable. Traslúcida y brillante como un caramelo, con una resistencia al tacto que se asemeja a la de la carne humana, la gelatina, usada por esta condición para pruebas balísticas y a la vez en gastronomía, determina el concepto finalmente inasible de la obra. Los calcos traen una marea de resonancias históricas y estéticas, los significados se superponen y constituyen el cuerpo de la obra y también su fin.
Además de una serie de obras rígidas y con factura ingenieril, hay sobre las paredes 27 moldes realizados a partir de unas formas escenográficas que Ferrer encontró en un estudio de Los Angeles, piezas de diversas épocas y estilos utilizadas en los sets de filmación. "Cinema Architecture" se llama la serie oscura. La sala Molinos, con su iluminación puntual, recrea las condiciones de una sala cinematográfica, ampara las pulsiones que subyacen en la contemplación del cine. La historia del artista, sus deseos, están cobijados en un espacio propicio para el voyeurismo, la búsqueda de placer y sus atrevidos pensamientos.
El jurado del Premio coordinado por la directora del Faena, Ximena Caminos, fue elegido por unanimidad por las curadoras de la Fundación François Pinault, Caroline Bourgeois, de Los Angeles County Museum of Art, Rita González, de la Escuela Skowhegan de Pintura y Escultura de Nueva York, Katie Sonneborn, y por la argentina Sonia Becce.
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