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Todavía a tientas, el capitalismo pugna por reinventarse una vez más
De la Gran Depresión terminó por emerger un mundo de crecimiento socialmente más armónico. Pero ese giro conllevó una fuerte reducción de la percepción de riesgo, lo que privó al capitalismo de su principal motor.
Todavía no cesó la conmoción y ya comenzó la reacción contra el capitalismo que gestó la crisis. La ley del péndulo es apartarse de un extremo y desplazarse al opuesto. Sólo que aquí no hay otro extremo. El recorrido se trunca a mitad de camino. Cuando la Gran Depresión, la Revolución de Octubre podía prometer un paraíso. Sólo décadas después la esperanza caducó en estado de falencia. El comunismo hoy gobierna una China que lleva treinta y tres años de pujanza sin interrupción. China es ya la segunda economía del globo y podría convertirse en la primera. Pero he aquí que fue la apertura hacia el capitalismo -si bien con activa participación estatal y un férreo control político- y no la planificación centralizada lo que hizo posible el milagro.
¿Cambios?
Si el capitalismo es el único sustantivo, y de momento lo es, lo que abunda, lo que está disponible, son los adjetivos diversos. ¿Qué nos espera entonces? Ínfulas de lado, el futuro no promete un giro copernicano, sino un avispero de matices. Se condenará la avaricia y la miopía de un capitalismo y se promocionará otro, de mejor cara, remozado y sin culpas, que pueda venderse a las masas. La Gran Depresión, por caso, alumbró el Estado de Bienestar que llegó hasta nuestros días (pese a la exitosa contrarreforma de Ronald Reagan y Margaret Tatcher). El mercado no se suprimió pero debió aceptar la convivencia. Se buscó así deliberadamente, y se consiguió, suavizar los barquinazos del ciclo de los negocios. La estabilidad recuperó la fe y la prosperidad. Más cuando se doblegó el mal de los nuevos tiempos, la inflación, y se retrajeron inhibiciones regulatorias. Es una paradoja que de esa bonanza vigorosa y extendida -la llamada Gran Moderación entre 1982 y 2007- naciera la crisis. No obstante, así fue como los fabulosos años 20 gestaron la Depresión, o como el ascenso espectacular del Japón de los 70 y 80 incubó los excesos que luego lo atraparían en el estancamiento crónico. Que nadie se extrañe. La ventura y la estabilidad macroeconómicas sostenidas no sólo reducen el riesgo presente sino la percepción de riesgo futuro y la compensación que se exige para afrontarlo. No hay, no puede haber estímulo para la audacia. Y el capitalismo es toma de riesgos. Ya lo intuían los antiguos griegos: la proeza de Ícaro termina en desastre cuando se confía de sus alas y pretende alcanzar el Sol. ¿Demasiada ambición? Sí. Pero también un simple error de cálculo (revisable sin invalidar lo que importa, la posibilidad de volar). Dédalo sobrevivió para demostrarlo.
La frustración es mayúscula. Para millones de personas en las economías desarrolladas el futuro se escabulló delante de sus narices. Una nueva arquitectura es inexorable. Será el descontento de la sociedad y de los mercados laborales el que lo imponga. De seguro, la fachada, lo adjetivo, cambiará. Todo lo demás es hipotético. Y aunque no se lo quiera reconocer resultará profundamente influido por el avatar de las circunstancias. No es una utopía concebida de antemano la que guía las ansias de cambio, es un fracaso que -aunque figurase en el discurso marginal- no estaba en los planes. No hay, por ende, una Tierra Prometida a la que emigrar ni una bahía amable donde quedarse, el pasado seguro ya no existe. La desorientación es un dato sólido. Cuando estalló la crisis en el corazón de las finanzas, Europa pensó que era su hora, que el capitalismo anglosajón de Wall Street y Londres -con su desdén profundo por la regulación- se había escorado malamente y le otorgaba las llaves del liderazgo a su mejor diseño institucional. La expectativa duró un santiamén. Europa también había cargado sus alforjas con las hipotecas de baja calidad hechas en Iowa o Arizona (y sus derivados) y no estaba al margen del infortunio. Llovido sobre mojado, su diseño institucional no era tan bueno: es la unión monetaria la que ahora se retuerce. La idea de que el euro será para siempre cotiza en un pie de igualdad con el temor de que no atravesará indemne 2012. ¿Qué es lo que cruje en Europa? ¿Es el capitalismo acaso? ¿O es un mal arreglo -que ya estaba en el plano original- entre la economía y la política? Y, desde luego, la pésima estrategia de ensayar el ajuste deflacionario. Con todo Europa tiene más recursos a su alcance para afrontar el temporal que los que se permite utilizar. Si sobrevive corregirá esencialmente ese aspecto. Y si elige suicidarse la crisis será tremenda, acentuando los rasgos de esa soberana incompetencia, sin que haya necesidad de recargar las tintas de una explicación sobre la perversión del sistema económico en sí.
Culpas
Existe un consenso y es que el villano a sujetar son las finanzas. Ése será el eje de los cambios en la economía. El capitalismo liderado por un sistema financiero de vértigo arruinó su reputación. El sistema financiero y los mercados de capitales pertrechados con bancos (y no bancos) afilados como bisturí es, con un increíble ovillo de ramificaciones que navega como un iceberg a oscuras, el objeto de la reforma. No importa que no se tenga muy en claro qué diseño definitivo se quiere en su lugar. No importa el atraso que lleve la tarea (ni los recursos de «lobby» del sector para evitar la guadaña de las nuevas reglas). Dice poco y nada que los bancos hayan recibido un generoso salvavidas público para zafar del naufragio. Se sabe muy bien qué es lo que no se puede tolerar: que, por su formidable influencia, un cortocircuito eventual en el sistema financiero pueda colocar a la economía mundial a la vera del abismo. Y si no hay un plan maestro con una visión abarcadora y exhaustiva, se avanzará igual, a golpes de cincel, a prueba y error, hasta dar con un perfil que asegure (o, más bien, que prometa) condiciones financieras estables. Con la crisis la amenaza de riesgo sistémico dejó de ser una abstracción. Y la suerte está echada: se le opondrá más regulación y más férrea supervisión. No es que no existieran antes (ni que no hayan fallado). Es que no hay otro remedio a mano. No son una panacea. Se sabe que la regulación no elimina la inestabilidad. Si los mercados no son infalibles, la regulación y la supervisión mucho menos. Pero la dinámica que se desató con el «Big Bang» de los años 80 los quitó del centro de la escena y cristalizó la supremacía de la innovación financiera. Esa revolución -que ponía el acento en maximizar la eficiencia operativa y en minimizar las reservas de capital y de liquidez, que entronizaba las virtudes de una complejidad creciente- descarriló. Probó ser letalmente inflamable ante situaciones extremas. A duras penas se esquivó otro «Big Bang» -causado por la explosión de Lehman Brothers en 2008-. Ahora, simplemente, la aguja del péndulo busca retornar a su punto de partida.
En ese volcánico 2008 el presidente francés Nicolas Sarkozy vaticinó una empresa mucho más ambiciosa: la guerra a los mercados y el regreso de la política. No había entonces, en una sociedad todavía aturdida, la ofuscación y los cuestionamientos que hoy revelan, como botón de muestra, el movimiento «Occupy» y los «indignados». Ni esa marejada profunda -e inesperada- que es la «primavera árabe». Sobre el filo de 2012 la insatisfacción ya no es más -como tres años atrás- el patrimonio exclusivo de la impotencia de los políticos. ¿Será que ese malestar que demanda atención urgente se apacigua con la épica minimalista condensada en el paso de Basilea II a Basilea III? Analizado desde la Argentina que emergió después de la catástrofe -una réplica actualizada, a tamaño nacional, de lo que fue la Gran Depresión- las palabras de Sarkozy, aunque él haya abandonado su persecución, parecerían -a simple vista- la profecía acertada. ¿Cómo calmar el enojo y la desesperación de millones de personas en el mundo que han perdido sus puestos de trabajo, o los ahorros que constituían su jubilación, que han debido arriar su nivel de vida sin preaviso y no avizoran un resarcimiento cercano? ¿No fueron los mercados, acaso, los que se los quitaron de prepo? En las economías desarrolladas, que es donde está enancada la crisis y sus penurias, el sistema económico era considerado justo. Después de esta abrupta reducción de ingresos ya no es más un presupuesto indiscutible. ¿No es la Argentina -que abrazó apasionada la regla estricta de la convertibilidad durante una década y que con igual fervor vota hoy la veleidad absoluta de las reglas- el precedente a considerar? Sin embargo, si lo que se vota es la capacidad de la economía para dar respuestas, lo que hay que entender es que la Argentina no le hizo la guerra a los mercados que le proveen sus principales ingresos. La bonanza que resucitó de prisa se produjo allí -sin más interferencias que algunas trabas puntuales- y no por obra de ninguna intervención o procedimiento administrativo (que se limitaron a redistribuir parcialmente los frutos). La política retornó, eso sí, y domó a las fieras; pero eligió con cuidado los molinos de viento que quiso atacar. De haber embestido contra la soja, en serio, anulando sus ingresos, otra hubiera sido la historia. Y ahora que también esa fuente se seca, la política local no desconoce las señales que emanan los mercados y trata de curarse en salud -vía el ajuste de la «sintonía fina»-, reconociendo sus límites. Para el mundo -que a diferencia de la Argentina no tiene a disposición rentas del exterior que succionar- el margen de acción es más limitado. Si para satisfacer a los ofuscados se hostiga a los mercados la situación objetiva empeorará. Si no se lo hace, y la indignación no cesa, el malestar podría desbordarse y exigirlo igual. Aquí ya no talla la economía sino la política. La tesis final es que los cambios más importantes serán políticos y no económicos. El código genético parece importar sobremanera. Así como la Argentina volvió a reciclar (amañados) los dogmas de los 70 para reflotar la gobernabilidad, en EE.UU. el Tea Party va más atrás aún con su fobia instintiva dirigida a los gobiernos y la suba de impuestos. Hay que cautivar a un votante golpeado. Ninguna tradición, empero, es más complicada que la europea (de ahí, lo crucial de mantener la unión). Basta repasar la danza de ismos agresivos que caracterizó la frustración del período entreguerras en el siglo pasado. Si la oferta de la economía está acotada al capitalismo (y todo desvío, a la postre, es perjudicial) deberá ser la política -en acto y en discurso- la que sea extremadamente plástica. Lo que nos deja, por cierto, bajo la amenaza de una terrible espada de Damocles.

