3 de febrero 2014 - 00:00

Todo lo que hace falta saber de emergentes (y el espanto global)

José Siaba Serrate, economista.
José Siaba Serrate, economista.
¿Es la crisis de los emergentes una crisis de verdad? ¿O es como la "guerra de monedas" apenas una balacera ocasional? ¿Qué capacidad de daño posee? ¿El mundo se les cayó encima a las economías emergentes? ¿Habrá efecto búmeran? La crisis, ¿podrá descarrilar al mercado alcista de las Bolsas internacionales? ¿Y a la ansiada recuperación mundial?

Hasta el momento, la crisis de los emergentes es una escaramuza. Un calco de la que ocurrió después que Ben Bernanke, en mayo último, avisó su intención de comenzar a retirar el QE3. Un entrevero que nadie recuerda ni se bautizó como "crisis". Dos tiroteos no hacen una guerra, pero, si el día de mañana el conflicto se profundiza, la historia dirá que allí empezó todo.

El mal trance puede resumirse con sencillez. Opera una idea fuerza: el mundo se recupera, las tasas de interés internacionales suben, y, vía "crowding out", los mercados emergentes tienen que caer. La realidad es que las tasas de interés no suben y los emergentes igual se desbarrancan. Es más, las tasas de interés no van a subir. No las cortas y, en estas condiciones, tampoco las largas. El "tapering" de la Fed continuará, pero precisamente porque no constituye una restricción, sino un aumento (menguante) de la oferta de base monetaria.

La novedad es que los riesgos de deflación -o más precisamente, de "desinflación"- se acrecientan. Los principales bancos centrales del G-7 -la Fed, el BCE y el Banco de Japón- ya están en flagrante posición fuera de juego. Por defecto ninguno cumple sus metas de inflación (e Inglaterra se sumará pronto). Las economías emergentes se desaceleraron, pero todavía son las locomotoras del crecimiento global. Y la inestabilidad financiera las obliga a pisar el gasto. Las tasas de interés reales en EE.UU. treparon el año pasado, pero hoy se derriten. Los vientos del rebalanceo de la economía mundial soplan a favor de inflar de nuevo los desbalances.

Se puede discutir si los mercados emergentes, a los precios actuales, tienen fundamentos atractivos o no. La crisis manda cuando los precios se hunden más rápido que lo que pueden deteriorarse los cimientos, y esa discusión no importa para nada. Se sabe que no hay dos emergentes iguales, pero, en tiempos virulentos, tampoco cuenta. Se le dispara al bulto; la selectividad es un lujo que no paga, y si los problemas se agravan, puede costar carísimo.

Una epidemia no se esparce por las diferencias que existen entre los infectados. La difunden los puntos de contacto. Basta con que los inversores decidan retirarse de todo lo que huela a emergente para unir la suerte de los que, por su naturaleza, pueden ser muy distintos. Yo soy yo y mi circunstancia, decía Ortega y Gasset. En una vorágine, no pesa quién es quién, sino lo drástico de las circunstancias.

Un rasgo de los emergentes: la volatilidad. La emboscada de mayo-junio les provocó a las acciones del fondo dedicado EEM un derrumbe del 17%. Anticipar que no habría intervención de la Fed en septiembre, en cambio, alentó una recuperación entre agosto y octubre que resultó casi completa. El "techo" de mayo había sido de 44,23 dólares y el contraataque culminó en 43,66 (tomado cotizaciones de cierre). Eran los mismos papeles, sólo variaron las circunstancias. El piso de junio fue de 36,65 dólares y, pese a los bombos y platillos, todavía la crisis no lo perforó.

¿Podrá descarrilar el bull market? Se dijo la semana pasada: la crisis es la excusa perfecta para una corrección. Ir más allá será difícil si no se daña la marcha de la economía mundial. El riesgo que existe es la "desinflación". Y por eso el viernes ya no se les debía echar la culpa principal a los emergentes (aunque se repita por inercia). Una inflación del 0,7% en la eurozona (con el desempleo en el 12%) puso el tema en el tapete. Así como se demostró que no hubo inflación cuando los precios del oro, las materias primas y los emergentes flameaban en ascenso, los bancos centrales del G-7 tendrán que cerciorarse de que tampoco habrá deflación a la hora del reflujo. Y deberán consignarlo por la vía del "forward guidance", su herramienta de comunicación. Si los emergentes conservan el temple -como el año pasado- allí podrán buscar la revancha.

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