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“Treptikon”: el hipnotismo con un buen toque de humor
En “Treptikon”, lo más asombroso es la destreza acrobática por sobre los trucos fluorescentes propios de l “circo negro”.
El nuevo espectáculo de Mariana Sánchez mantiene lo hiptnótico que ya aparecía en su mejor obra, "Mamushka", y que mantuvo en las dos siguientes, "Mandalah" y Brumadhia", pero en esta "Treptikon" añade humor en relación a sus propuestas anteriores e imagina un viaje hacia algún planeta donde lo instintivo y lo visceral se vuelven preponderantes. Acierta además al combinar la música étnica, habitual en la compañía, con los clásicos más populares de Satie, Tchaikovsky, Mozart, Brahms o Paganini.
El show, al que asisten familias enteras y donde los chicos pueden ubicarse en las primeras filas, sobre almohadones, atrae con números vinculados a la acrobacia, la danza aérea y además tiene el mérito de la síntesis: dura menos de una hora.
Todo comienza con una pantalla gigante que anuncia el despegue hacia ese extraño mundo con imánenes de un cohete, acaso lo más flojo por lo poco metafórico. De allí en más se encadenan los números para lucimientos individuales, como la apertura a cargo de Agostina Degasperi, quien ofrece toda clase de trucos sobre un aro, cargados de su simpatía y delicadeza. Los juegos de luces aportan a las bellas imágenes, con vuelos a través de telas, aros, arneses y corografías grupales que aprovechan más el espacio áereo que el suelo.
Si bien el grupo se llama "Compañía de circo negro", este género está presente, desde luego, pero lo que más asombra es la destreza acrobática por sobre los trucos fluorecsentes propios de ese género. De todos modos se aprovecha la luz negra al máximo, con un comienzo de fondo negro y figuras fluo que más tarde se transformará en fondo blanco.
No se busca una historia, dado que se trata de un viaje a través de los sentidos, con privilegia la belleza y la armonía por sobre cualquier otro valor. Aquí domina la energía femenina de su elenco, que además de las acróbatas circenses se completa con la soprano Maria Teresa Ciarla, quien ofrece los momentos musicales más vívidos.
En relación a lo humorístico, son varias las secuencias en las que las bailarinas, además buenas actrices e histriónicas, se convierten en animales y juegan con el instinto de lo primitivo. Esos cuadros, en los que emulan gallinas o monos, son los más celebrados por los chicos. También juegan con bolos de malabarista, en el momento más colorido del espectáculo, pero no ofrecen pruebas ni trucos sino una riña en la que se pelean por esos objetos.
El elenco recibe al público y lo despide, algo que celebran los más chicos, obnubilados por poder tocar a aquellas "hadas" que vieron "volando" en el escenario. El intercambio con las bailarinas resulta enriquecedor, cálido y un lindo modo de desacralizar al artista. De paso, muchos consultan por los cursos de circo y acrobacia que allí se dictan durante la semana, lo que convierte al lugar en una gran familia de artistas y maestros.


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