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“Un bailarín es más dócil para dirigir”
Alejandro Cervera: un año a agenda completa. También fue convocado por el Colón para dirigir «Juana de Arco en la hoguera» en el Coliseo.
Cervera fue también convocado por el Teatro Colón para montar a fines de mayo, en el Teatro Coliseo, el oratorio dramático «Juana de Arco en la hoguera», de Arthur Honegger, y tiene previsto reponer la ópera «Turandot» de Giacomo Puccini en el Teatro Libertador San Martín de Córdoba. Dialogamos con él:
Periodista.: ¿Qué temas aborda «Justo en el vacío?
Alejandro Cervera: Se ocupa de una mujer y su hijo que están por hacer un viaje al exterior para cumplir con una ceremonia que ella necesita hacer; tiene que saldar una antigua y trágica historia familiar relacionada con su hermano muerto. Mientras esperan en el aeropuerto, la mujer le llena la cabeza al hijo con anécdotas del tío, el padre, la abuela... que a él le resultan en cierto modo ajenas. La madre, en medio de su dolor, ¡le dice tantas pavadas! Es que la muerte siempre está mezclada con el humor y con las cosas más superfluas de la vida. A mí lo que más me interesó fue este tema de las ceremonias relacionadas con la muerte, que a veces bordean el ridículo y el sin sentido.
P.: ¿A qué se refiere?
A.C.: A que la muerte genera situaciones tragicómicas. El tema de las cenizas, por ejemplo. Esa locura de tener las cenizas de alguien que amaste en la repisa de la biblioteca, y después andar con miedo de que la empleada de la limpieza las tire sin querer, y uno que no se anima a decirle nada por miedo a que se impresione... En fin, yo pasé por todo eso y al final me di cuenta de que no tenía sentido.
P.: ¿Es la muerte la que provoca estos enredos o el tener que cumplir con rituales en los que ya no creemos?
A.C.: No lo sé... La muerte ya nos enreda bastante de por sí. Hablamos de la eternidad, pero ¿qué es la eternidad? ¿alguien que apaga la luz para siempre y no nos deja ver más nada? ¿Es estar cerca de Dios? El tema de los muertos es muy complicado. No sabemos qué hacer con ellos, ni cómo acomodarlos en nuestras vidas. De eso creo que trata la obra.
P.: También tendemos a idealizar a la gente que muere.
A.C.: No siempre. Mi mamá enviudó muy joven, cuando yo tenía dos años y medio, y recuerdo que siempre me decía: «Cuando volví de enterrar a tu padre, lo que sentí fue mucha hambre. Y me tomé un café con leche». Ella, pobre, me lo decía con cierta culpa. Porque se supone que cuando uno entierra a la persona que amó, corresponde una escena melodramática, al estilo: «¡Dejame! no quiero comer, no quiero hacer nada. Sólo quiero llorar». Pero mi madre reaccionó de otra manera.
P.: ¿Dirigir actores es más complicado que dirigir bailarines?
A.C.: Son dos perfiles muy diferentes. El bailarín aprende técnicas que le son mostradas por otra persona y que él debe repetir disciplinadamente. Salvo que sea solista, tiende a deshumanizarse un poco dentro del cuerpo de baile, sobre todo en la danza clásica; ya que parte de la magia que captura al público es ver un cuerpo multiplicado en veinticuatro bailarinas, veinticuatro cisnes o lo que sea. En cambio, el actor hace un camino inverso, aprende técnicas para llegar a un mayor conocimiento de sí mismo. Es decir, busca humanizarse cada vez más y eso lo vuelve más cuestionador. No conozco tanto a los actores, pero creo que los bailarines son más organizados, más puntuales y más respetuosos de las jerarquías, que en la danza son muy importantes. Un bailarín es más dócil no sólo con el coreógrafo sino también con sus maestros, como sucede con los pianistas.
P.: Y los cantantes líricos ¿se dejan dirigir?
A.C.: Hay cantantes que tiene más predisposición que otros o, sencillamente, más posibilidades físicas. Cuando hice «Tosca» el anteaño pasado me llevé una gran sorpresa con la soprano Patricia González. Como todo el mundo sabe, Tosca se tiene que tirar del Castel Sant'Angelo. Le dije a la cantante: «Mirá, te pusimos los colchones...», pero me contestó: «No te preocupes, yo ya estoy acostumbrada a saltar, hago equitación y soy nadadora». Y realmente, no le tenía miedo a nada.
P.: Las sopranos tienen fama de intratables...
A.C.: Ya no es así, los cantantes líricos han cambiado mucho y también la ópera ha cambiado, se ha vuelto un género más dinámico y más interesante teatralmente. No sólo por la actitud de los cantantes, sino porque hay una relectura profunda del repertorio tradicional. Y como la ópera es un juego de convenciones, donde hay que aceptar que los personajes cantan en lugar de hablar, esto hace que resista muy bien otros criterios dramáticos más renovadores e, incluso, la incorporación de elementos tecnológicos. Creo que, poco a poco y muy humildemente, los registas argentinos buscamos avanzar en esta línea, a pesar de los pocos espacios que hay. No para estar a la moda, sino porque no podemos permanecer indiferentes a un cierto espíritu de los tiempos que nos impulsa a buscar nuevos conceptos.
Entrevista de Patricia Espinosa

