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Un “Don Giovanni” que va a la esencia
Ambientado en el Buenos Aires actual, con epicentro en el cementerio de la Recoleta, Don Juan es aquí un hombre rico y joven dominado por sus excesos, sus adicciones y su voracidad.
La obra es tomada aquí desde su esencia, y muchos de los giros dan un sentido renovado a rasgos de la música o el libreto. Una de las cosas que más resaltan es el dinamismo y la continuidad que tanto Lombardero como Prudencio, el director musical, imprimen a la acción, apoyados muy a menudo en la gran pericia del continuista Nicolás Luis.
La acción transcurre en la Buenos Aires actual, con epicentro en el Cementerio de la Recoleta y sus inmediaciones, un barrio en el que Eros y Tánatos pasean cómodamente de la mano. Don Juan es aquí un hombre rico y joven dominado por sus excesos, sus adicciones y su voracidad vital, como tantos personajes que pueblan la farándula, e inmerso en un mundo dominado por la imagen. Son precisamente estos excesos (y los fantasmas que éstos generan) los que harán de él un "dissoluto punito".
Tanto Da Ponte como Mozart se encargaron muy bien de diferenciar los estratos sociales a los que pertenece cada uno de los personajes, y la puesta mantiene esta claridad en la traslación espacio-temporal que realiza (magníficamente llevada al vestuario por Luciana Gutman). Así, el refinamiento, la "clase" y la posición de Doña Ana y Don Octavio contrastan con el ambiente que envuelve a Masetto y Zerlina (muy bien delineada en su carácter y su atractivo sexual); por su parte Doña Elvira, personaje al que los autores dotaron de rasgos anacrónicos, los conserva a través de su gestualidad, su estética "retro" y su sentimentalismo. Podría continuarse con un largo catálogo de características y situaciones en muchos casos de una hilaridad sorprendente y en otros de un impacto extremo, pero todo puede resumirse en una gran vuelta de tuerca que hace que el mecanismo de la dupla más célebre de la historia de la ópera se ponga de nuevo en marcha con una fuerza arrolladora.
Nada de esto sería posible sin el sustento visual (gran trabajo de Diego Siliano bien complementado por la iluminación de Horacio Efron) pero especialmente sin un elenco de increíbles cantantes-actores. Hilando fino se podría señalar la inadecuación al papel de alguna voz o cierto signo de cansancio o esporádica escasez de presencia de otra, pero todo eso pasa a un segundo plano cuando se está frente a un reparto de un desempeño excepcional que responde con exactitud a la marcación actoral y musical. Nahuel Di Pierro (Don Giovanni), Oriana Favaro (Donna Anna), Santiago Bürgi (Don Ottavio), Victoria Gaeta (Donna Elvira), Iván García (Leporello), Cecilia Pastawski (Zerlina), Mariano Fernández Bustinza (Masetto) y Hernán Iturralde (Il Commendatore) llevan a cabo tareas sobresalientes. La dirección de Prudencio los ayuda con tempi ágiles y un cuidado trabajo de ornamentación; la Orquesta Buenos Aires Lírica suena bajo su batuta con una notable justeza y limpidez y el Coro Buenos Aires Lírica preparado por Juan Casasbellas completa con eficacia en sus breves intervenciones. La coreografía de Ignacio González Cano es perfectamente sobria y funcional.
"Don Giovanni", dramma giocoso en dos actos. Música: W. A. Mozart. Libreto: L. Da Ponte. Coro y Orquesta Buenos Aires Lírica. Puesta en escena: M. Lombardero. Dirección musical: P. P. Prudencio. (Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 22 de agosto).


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