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UN EMBAJADOR PARA LONDRES (Y MÁS DE UNO PARA MALVINAS)
Cristina de Kirchner
No fue una improvisación porque la mandataria viene amasando esa idea desde hace varios meses, ha consultado a los cerebros del Gobierno y de la Cancillería para este complejo asunto, y en todos los diálogos que mantuvo con ellos se discutió la conveniencia o no de que el país siga con la embajada en Londres vacante. Ese puesto estuvo a cargo, desde 2003 y 2008, de un profesional, Federico Mirré y el momento más cerca que estuvo de ser reemplazado fue cuando se tramitó un acuerdo nunca aprobado para el exsecretario de Cultura José Nun. El exfuncionario llegó a vender su departamento de la calle Cerviño, en el barrio de Palermo, creyendo que se mudaría a Londres, pero le dijeron en su momento que Cristina de Kirchner prefería no tener un representante en esa plaza, hoy a cargo de un ministro. Gran Bretaña nunca replicó ese desaire y ha mantenido embajadores en Buenos Aires que, además, tienen un alto relieve social.
Que la Presidente haya blanqueado el asunto en las últimas horas es una señal de que la larga ronda de café, que ha durado meses para resolver la nueva etapa ha terminado. Habrá embajador en Londres; en esas consultas se ha diseñado una agenda y, claro, falta el nombre de quién ocupará en cargo. En el debate hay además una novedad cuya imposición estudia todavía el Gobierno, que es designar a uno o dos embajadores itinerantes que se dediquen a exponer los argumentos del reclamo por Malvinas en donde más puede dolerle a Gran Bretaña: Naciones Unidas y Bruselas.
El modelo del embajador viajero para un tema específico no es nuevo en la diplomacia internacional; lo designó por ejemplo Sudáfrica hace algunos años para atender en Nueva York asuntos relacionados con el Consejo de Seguridad, y su tarea era paralela a la que ejercía simultáneamente el representante de ese país ante la ONU.
El Gobierno hizo, a lo largo del año que termina, un ensayo informal de esa función con la tarea del saliente embajador ante la ONU, Jorge Argüello, quien viajó por todo el mundo exponiendo la posición argentina en congresos, foros y centros de estudios de todos los continentes. El Gobierno evalúa de manera positiva ese ensayo que termina ahora con el pase de Argüello a la embajada en Washington.
La idea de reponer el embajador en Londres es responder a la algarada que hará Gran Bretaña con motivo de los 30 años de la guerra, que incluye viajes de miembros de la casa real, visitas de funcionarios y otros fastos celebratorios. Dejar la plaza vacante es resignar una trinchera en un momento cuando el Gobierno argentino ha avanzado mucho en la suma de adhesiones de países y ligas de naciones como Unasur, Mercosur, Celac, OEA y mandatarios de muchos países. Desde hace años, la Argentina no promueve en Londres actividades de esclarecimiento, promoción o debate de sus posiciones, un error porque en ese país hay sectores y personalidades que ven con simpatía al país y, por lo menos, que se discuta la soberanía. Si la plaza la ocupa un embajador, y más si se trata de una personalidad con valencia propia, la Argentina puede tener una presencia en una Gran Bretaña en donde el Gobierno conservador de David Cameron tratará de sacar provecho para reforzar el nervio de una gestión acosada, como todas de las de Europa, por una crisis financiera que no muestra luz al final del túnel. No faltan quienes creen que esa crisis se parece, en sus efectos políticos, a la que padecía Margaret Thatcher, quien recuperó aire con la guerra de Malvinas.
La fuerza de este plan es que el país tiene una estrategia sobre Malvinas que está por encima de los gobiernos que pasan y de las diferencias políticas y que se ha mantenido durante décadas. Esa estrategia la alimentaron políticos radicales peronistas y conservadores y no se ha modificado, salvo en detalles de estilo, es decir en minucias sin importancia. Sobran ejemplos, como que la base jurídica de la posición argentina ha sido elaborada por diplomáticos radicales como Susana Ruiz Cerruti, que trabajó en la primera línea con todos los gobiernos de las últimas tres décadas, incluyendo al de Raúl Alfonsín (de quien fue su último ministro de Relaciones Exteriores) y al de Cristina de Kirchner (maneja la Dirección General de Consejería Legal, y es una de los tres funcionarios de la Cancillería con firma, además de Timerman y Eduardo Zuain, nuevo vicecanciller).
El otro ejemplo es Mario Cámpora, que ha sido uno de los cerebros en el tema Malvinas desde los años 80 y con quien supo asesorarse mucho Néstor Kirchner cuando era presidente. Fue el vicecanciller de Domingo Cavallo en 1989 que con Juan Archibaldo Lanús elaboraron el final del acuerdo de Madrid que había iniciado el Gobierno de Alfonsín. Uno de los mejores conocedores del tema, este mendocino sobrino del «Tío», fue el primer embajador en Londres en 1990 y ha asesorado -ya retirado- a todos los gobiernos desde entonces. Junto con Argüello es el peronista de más confianza que tiene Olivos para este nuevo frente de pelea.
El balance de la gestión del Gobierno sobre Malvinas le ha mostrado que en todas las oportunidades en que se ha tocado el tema en discursos presidenciales, del canciller o de otros funcionarios, nunca han tenido otra contradicción que el silencio. La crisis de la bipolaridad en el orden internacional le ha dado mucha fuerza a este reclamo que no tiene más oposición que los títulos históricos que esgrime Gran Bretaña, que son falsos, y por supuesto la ocupación de las islas por la fuerza.
La idea de poner embajadores especiales que se sumen a la tarea de la Cancillería y del futuro embajador en Londres persigue emprender el debate en escenarios claves, pero con poca visibilidad. Uno de ellos es Bruselas, en donde tiene sede el Gobierno de la Unión Europa, a quien la Argentina le reclamará se pronuncie en favor de un llamado a la negociación. España y Holanda son los principales países que compran licencias de pesca a la administración de Malvinas y la propia Unión Europea favorece con subsidios y favores arancelarios a las exportaciones de lana y carnes con destino a países de esa región. La Argentina tiene algo que decir allí. Lo mismo en la ONU, adonde tendrá mucho trabajo, más allá de lo que haga el representante formal que reemplazará a Argüello, para cerrar el arco de presiones sobre Gran Bretaña.
Que la agenda 2012 abre poniendo el asunto Malvinas lo prueba no sólo este prenuncio presidencial. Héctor Timerman hará en enero un viaje a seis países de América Central (Nicaragua y Guatemala, adonde asumen nuevos presidentes, y a Costa Rica, Panamá, El Salvador y Honduras) para hablar de temas políticos y no económicos. Es decir, para hablar de Malvinas. Ayer el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, hizo un alarde de ecumenismo político al sentar juntos a Ricardo Gil Lavedra (UCR), Federico Pinedo (PRO), Alfredo Atanasoff (Frente Peronista) y a Agustín Rossi (PJ) para que el checo presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Karol Buzek, escuchase el reclamo de todos los bloques para que ese organismo también reclame el inicio de las conversaciones de soberanía en Malvinas.


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