2 de octubre 2012 - 00:00

Un fútbol esquizofrénico

Matías Lammens se reunió con Caruso Lombardi para darle su respaldo (al menos hasta el domingo), Matías Almeyda ahora sonríe, mientras Julio Falcioni se puso serio. Todo cambia domingo a domingo.
Matías Lammens se reunió con Caruso Lombardi para darle su respaldo (al menos hasta el domingo), Matías Almeyda ahora sonríe, mientras Julio Falcioni se puso serio. Todo cambia domingo a domingo.
Siempre se habla en el fútbol que para que un equipo sea exitoso tienen que funcionar bien las tres patas: jugadores, cuerpo técnico y dirigentes. Es para muchos una de las premisas del éxito en el fútbol, aunque la historia muestra casos de equipos campeones con jugadores peleados entre sí, técnicos que cometían errores infantiles y dirigentes que hacían cualquier cosa menos dirigir. Pero esa premisa parece una verdad revelada, y muchos dicen que el bajón futbolístico de Boca tiene que ver con que un grupo de jugadores quiere dejar sin trabajo a Julio Falcioni o con que en San Lorenzo los jugadores y dirigentes están confabulados para obligar a renunciar a Ricardo Caruso Lombardi, que se quiere ir, siempre y cuando le paguen todo su contrato de 7 millones de pesos.

Todo esto tiene que ver nada más que con los resultados deportivos (más que con el rendimiento) y para muestra basta la situación de Matías Almeyda, quien la semana pasada parecía estar en la cuerda floja y después del 4 a 0 a Arsenal, volvió a ser el ídolo que se la jugó para devolver al equipo a Primera y un líder que sabe manejar su grupo humano y que sus jugadores se jueguen por él. Es cierto que la pasión es un sentimiento muy difícil de explicar y la pasión futbolística todavía aún más, pero el humor de los espectadores y de una gran parte del periodismo deportivo da un giro de 90 grados domingo a domingo y resultado a resultado.

La eterna contradicción

En el fútbol argentino hay una contradicción enorme porque futbolistas y cuerpos técnicos profesionales son manejados por dirigentes amateurs, que administran el club por mandato de los socios, que tampoco tienen deseos de lucro, sino de éxito deportivo y por eso muchas veces se firman contratos que son impagables y después se rescinden con juicios que hacen que la mayoría de los clubes tenga sus cuentas en rojo. Entonces conviven profesionales que viven de su habilidad deportiva y que no tienen problemas en besar demagógicamente la camiseta que visten para que sus «empleadores» los quieran y después cuando pasan a otro club proceden también a besar la otra, aunque si le hacen un gol a su exequipo, no lo gritan «por respeto a la hinchada», con dirigentes que en su vida privada son grandes empresarios, pero puestos a conducir un club de fútbol la pasión los lleva a tomar decisiones que nunca tomarían con sus empresas.

En esa situación compleja las decisiones se van tomando semana a semana y no tienen que ver con ningún «proyecto a largo plazo», sino con que la pelota entre o no entre en el arco rival. A toda esta locura contribuyen los torneos cortos (que te dejan afuera a la tercera derrota consecutiva) y los promedios para el descenso, que crean una esquizofrenia que hace que se desconfíe de todo (arbitrajes, voluntad de los equipos rivales de los que están peleando con el de uno, amistades entre barras bravas y hasta la conveniencia del negocio del fútbol, formado por sponsors y televisión).

Así se vive en el fútbol argentino, y no hay soluciones mágicas. Pero los torneos largos y sin promedios ayudarían a tranquilizar un poco las aguas y que dirigentes capaces y cuerpos técnicos profesionales puedan armar un proyecto, aunque sea por un año. Algo que ahora es imposible.

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