4 de mayo 2012 - 00:00

Un oficio rentable

Viajes a Japón para ver el Mundial de Clubes, a Sudáfrica para la Copa del Mundo (aunque no lo dejaron entrar), a todos lados donde juegue Independiente, en hoteles de cuatro estrellas como mínimo. La vida de «Bebote» Álvarez parece la de un empresario con mucho poder económico y no la de una persona de clase media baja, que si hace uno solo de esos viajes hipoteca su futuro por años para pagar las cuotas.

Esos negocios, como el manejo de los estacionamientos en las calles cercanas a los estadios y otros no tan claros son los que hacen de la condición de «barra brava» un oficio rentable.

En el juicio por la muerte de dos hinchas de River, al «Abuelo» y a su gente se los condenó por «asociación ilícita», una figura que si bien tiene que ver con la dictadura militar y con lo ideológico, es la que mejor le viene a la mayoría o todas las barras bravas. En el juicio por la muerte de Acro, el barra de River, todo lo que discutían los dos sectores de la barra no tenía que ver con la forma de alentar, sino con los negocios paralelos que la función trae; por eso es muy difícil y a la vez fácil terminar con este flagelo.

La sociedad está cansada de tener que huir de las cercanías de un estadio antes de que salga «el malón» y arrase con lo que tenga a su alcance. En Santa Fe las empresas de colectivos no quieren prestar servicio a las horas que salen los hinchas porque en su viaje de vuelta roban y rompen.

La seguridad deportiva encontró el negocio de poner miles de policías (y cobrarlos como adicionales) en los partidos, pero nunca hay más de una decena de detenidos, que al otro día están en la calle.

Las barras bravas terminarán cuando termine el negocio (que también incluye gritar en los actos políticos y presionar a dirigentes, técnicos y jugadores que se nieguen a ceder algunos de sus derechos). Si hay voluntad política es fácil finalizar con el flagelo, porque los barras no se esconden, van al frente a cara descubierta y reclaman por sus privilegios. No hacen falta ni molinetes (que alguien los descompone cuando tienen que entrar), ni entrada digital. Lo que hace falta es voluntad política y destapar muchas ollas.

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