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Un San Lorenzo que nunca fue de Almagro ni de Flores
«Soy de Boedo», un grito de pertenencia más que de aliento. Cómo era el club demolido por la dictadura
Una imagen del Gasómetro de avenida La Plata, aquel mítico estadio ubicado en el barrio de Boedo que fue demolido por la dictadura.
El chico tenía diez, once, doce años, y en Nicasio Oroño y avenida San Martín se tomaba el colectivo 690 que lo depositaba en la puerta de avenida La Plata 1701. Era la entrada del estadio y la sede del Club Atlético San Lorenzo de Almagro. El joven socio había nacido en Cochabamba y Maza, pero la vida y su familia lo habían llevado a vivir a La Paternal.
Pese a eso, todos los días de su infancia y su adolescencia los pasó en avenida La Plata 1701, jugando al ajedrez, al básquet, al fútbol, al bowling. Mirando cómo las glorias «cuervas» de básquet, natación y hockey sobre patines ganaban «todo».
Los días de semana ingresaba -como otros miles de porteños que usaban el club- a la sede-cancha; le daban la bienvenida los tablones montados sobre hierros (de chico le parecían gigantescos; de grande, maravillosos). Antes de ir a su lugar «natural», la sala de ajedrez construida debajo de la tribuna local (la que daba sobre avenida La Plata), recorría el pasillo que se extendía por debajo de las plateas, sobre el que se acodaban las mesas de billar; más adelante estaba la entrada a los vestuarios, ese santuario al que pocos accedían. A la izquierda, el salón San Martín, las canchas de bochas, la piscina y las canchas de tenis. A la derecha, la «placita», alrededor de la cual se acomodaban las primeras pistas de bowling (de madera, claro) construidas en el país por AMF, las canchas de pelota a paleta y el polígono de tiro. En un anexo, pero siempre sobre avenida La Plata, había una biblioteca en que el chico de La Paternal leyó los clásicos infantiles y después usó para estudiar. Y hasta una sala de cine, gratuita para los socios, donde vio clásicos como Ben Hur o El Cid.
Los domingos era otra historia... Aún no se usaba ir a la cancha ataviado con los colores del equipo favorito, pero su corazón estaba pintado de azul y grana. Entraba con su carné de socio por la misma puerta de toda la semana, y se acomodaba en «la techada», la tribuna a la derecha de la popular (también llamada «el codo») que en un pasado lejano tuviera un tinglado reparador. Curiosamente, allí nunca lo vio dar la vuelta olímpica: el campeón de 1968 se consagró en River; el del 72 (Metropolitano) ganó el torneo sin jugar y el del mismo año, invicto, venció en Vélez en la final del Nacional a River. Ese mismo estadio fue escenario del campeón 74. Fue el último campeonato del «San Lorenzo de Boedo», antes de que desmanejos de su dirigencia lo llevaran al exilio y al descenso.
Había mucho, mucho más que lo descripto en el club al momento en que la picota del brigadier Osvaldo Cacciatore, «manu militari» y so pretexto de abrir dos calles que nunca se abrieron, obligó al club a vender las instalaciones a precio vil, y mudarse «contra natura» al Bajo Flores.
El chico ya era un joven adulto, con pretensiones de periodista, cuando con sus amigos del club, con quienes seguían al Ciclón literalmente a todas partes, asistieron en «el codo» al último partido que se jugaría en avenida La Plata. La historia es conocida: Gatti le ataja un penal a Coscia, y el partido contra Boca Juniors termina cero a cero.
Lejos estuvo ese día de ser el final: para el joven ajedrecista-periodista, fue el inicio de la agonía. Dado que seguía frecuentando el club, fue testigo de cómo, de a poco, de un tablón o dos por vez, iba desmantelándose su primer amor. Un día llegó la orden (militar, claro) de que el club cerraba sus puertas para siempre y ya no fue más. El Bajo Flores no era para él, habiendo vivido lo que había vivido en Boedo.
La ordenanza de Cacciatore que mandaba abrir las calles Salcedo y Muñiz fue derogada, y el terreno -años más tarde- fue comprado por una cadena de supermercados a diez veces el valor que se le pagó a San Lorenzo, víctima de una expropiación a todas luces espuria.
«La cancha de cemento/ya la aprendí a querer/pero la de madera/ nunca la olvidaré/Aunque juegue en el Bajo/llevo en el corazón/el barrio de Boedo/donde nació el Ciclón». ¿Cómo intentar siquiera equiparar la pasión de cientos de miles de porteños por su barrio, su pertenencia, su primer y único amor invicto, con las necesidades de una cadena minorista que, por imperio de la legislación, no podrá reponer el supermercado de avenida La Plata por otro?
¿Hace falta explicar que hay cosas mucho más importantes en la historia de un pueblo que una góndola, un freezer, una línea de cajas? ¿Hace falta decir que el barrio volverá a florecer, tal como pasó con el Bajo Belgrano con la cancha de River? ¿Hace falta repetir que la buena fe con que se compra un bien no impide que su legítimo dueño o sus herederos lo reclamen? Parecería que sí... El pueblo sanlorencista -incluido ese pibe que se tomaba el 690 en avenida San Martín y Nicasio Oroño- se encargaron de volver a explicarlo, con claridad meridiana.


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