4 de mayo 2009 - 00:00

Una ciudad insalubre busca los porqués

Una foto aérea muestra la inmensa ciudad de México. El «paroxismo inmobiliario» y un débil sistema cloacal y de recolección de residuos alimentan las teorías sobre por qué creció allí la epidemia.
Una foto aérea muestra la inmensa ciudad de México. El «paroxismo inmobiliario» y un débil sistema cloacal y de recolección de residuos alimentan las teorías sobre por qué creció allí la epidemia.
México DF - Desde el comienzo del fin de semana largo, México DF lucía más tranquilo que el resto del mundo. Obediente al pedido que hizo por cadena nacional Felipe Calderón el miércoles a la noche, la mayoría de la gente se quedó en su casa. Como en su discurso el presidente también instruyó a las empresas (menos bancos, instituciones de salud y algunos otros servicios públicos) para que den vacaciones a su personal hoy y el martes, un buen número de «defeños» o «chilangos» optó por salir de la ciudad. Así fue como ciertas playas (Acapulco, entre otras) se poblaron de barbijos y también de muestras de aprensión: hubo muchas denuncias de discriminación hacia ellos, al punto que los medios tuvieron que salir a pedir unidad. «Llegamos al absurdo de que entre mexicanos nos estemos disparando tiros en nuestros propios pies», lamentaba un comentarista de radio.

Además de estos «autodisparos», el mayor entretenimiento, no sólo en México, está siendo elaborar teorías sobre las «verdaderas causas» de la ahora llamada «gripe humana» (nueva definición que se apuró después de la ocurrencia del Gobierno egipcio de aniquilar cerdos «inocentes», ver aparte).

Las hay de todo tipo. Entre las más interesantes -y con sentido de realidad-, leímos una columna de la periodista del diario de centroderecha Milenio Irene Selser que vale la pena analizar, teniendo en cuenta que, al menos hasta el momento, nadie pudo explicar por qué la capital de México se ha convertido en el epicentro de una epidemia a punto de convertirse en pandemia.

Bajo el título «Daños colaterales. DF: El 'chiquero trasero' del virus», Selser se pregunta, por caso: «¿Es posible que el total de 159 muertos sólo siete, en efecto (o un poco más), hayan sido víctimas del virus porcino y el resto de un cóctel autóctono de todas las porquerías que inhalamos, comemos y exudamos los habitantes del DF, y que finalmente ha hecho crisis, ellas también, en nuestros organismos?». Luego recuerda una carta abierta en ese mismo espacio al jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, donde se le reprochaba el «paroxismo inmobiliario oficialmente permitido y alentado», que hace presa a los habitantes de «nuestro caótico y querido DF» del «ruido ensordecedor de las máquinas que taladran, perforan, succionan y escupen... y ha convertido calles amables en un infierno de vehículos, con basureros espontáneos por todas partes».

Lo que la columnista llama «paroxismo inmobiliario», dicen en México, comenzó a agravarse hace alrededor de seis meses (cuando, también se dice, aparecieron los primeros casos de influenza), desde que la Jefatura de Gobierno inició un proceso de reconstrucción y embellecimiento de la ciudad con vistas al Bicentenario de la Independencia mexicana, que se cumple el 16 de setiembre de 2010, celebración que se completa dos meses después con el centenario de la Revolución, el 20 de noviembre.

Según opositores y correligionarios de Ebrard, el jefe de Gobierno y miembro del Partido de la Revolución Democrática (PRD) tomó la decisión de arreglar las principales calles y avenidas del DF tras el fracaso de su ambicioso proyecto personal de construir una espectacular torre de oficinas que afectaría el Bosque de Chapultepec, nada menos que el pulmón principal de la enormemente contaminada México DF.

La idea de Ebrard era dejar como herencia a la ciudad que gobierna un edificio más alto aún que la ya criticada «Torre Mayor» de la Avenida Reforma, que tiene 52 pisos y es una de las más altas de Latinoamérica. Para ello había que talar una buena parte del bosque (grito en el cielo de ecologistas) y, de concretarse, hubiera echado leña al fuego del infierno de la «ciudad más grande del mundo». Al tratarse de oficinas, no era difícil imaginar un colapso cloacal (recuérdese, además, la escasez de agua en buena parte del DF), aparte del agravamiento de los problemas de tránsito, sobre todo en la zona donde iba a emplazarse: las colonias Polanco y Lomas de Chapultepec (donde se halla la embajada argentina).

Respecto de la reconstrucción de calles, que tuvo menos rechazo evidentemente, ya que está en pleno funcionamiento, dice Irene Selser: «Desgraciadamente no fuimos consultados nosotros, los ciudadanos, sobre qué era más conveniente, si generar empleos arreglando avenidas o mejorando, por ejemplo, el anacrónico sistema de recolección y reciclaje de basura en la ciudad más grande del mundo, con el mismo afán y el mismo énfasis con que ahora se nos llama, la voz entrecortada, a un 'esfuerzo conjunto de emergencia', disparada sin duda por lo insalubre de nuestro hábitat».

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