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Una importante colección de Rodin sale al mundo
El Museo Soumaya-Fundación Carlos Slim de México (una de las colecciones más importantes de Auguste Rodin fuera de Francia), presta cincuenta y cuatro piezas para ser exhibidas en otros países.
La muestra incluye «Máscara del hombre de la nariz rota», obra de 1864, que rompió con el academicismo dominante en aquellos años. También, la primera maqueta de «Los burgueses de Calais» y bocetos para la realización de «Las puertas del infierno». De este último proyecto se destacan «El pensador» (1880-1881) y «El beso» (1886).
Entre los retratos, están la figura idealizada de «Suzón» (1873), obra de su juventud; «Lady Sackville» (1913), donde se manifiesta su madurez creativa; «Balzac» (1892), hito de la escultura moderna que Rodin consideró como la máxima expresión de su arte.
Características como la fragmentación y el movimiento son evidentes en «La catedral» (1908), «La gran mano crispada» (1884-1886) y el estudio para «Iris, mensajera de los dioses» (1890-1891), entre otras obras.
Auguste Rodin (1840-1917), marcó la introducción del modernismo, ya que este gran maestro francés llevó a cabo la ruptura con la estatuaria clásica y posibilitó la apertura desarrollada en la escultura del siglo XX.
Del amor culpable, manifiesto en los grupos de la serie de «La puerta del infierno», Rodin pasó a la representación visual del amor, en la que una fuerza interna une en enlaces singulares y abrazos, a seres que así manifiestan la expansión de su energía vital y su felicidad compartida. Esta desmitificación y la representación del amor como parte del comportamiento de todo ser humano provocó una fuerte reacción en sus contemporáneos que juzgaron como crudamente realista e impúdica a «El Beso», escena aceptada y gozada siempre que se diera en un contexto mítico o literario.
Entre 1864 y 1872, Rodin colaboró en tareas de ornamentación con Albert E. Carrier Belleuse, para quien viajó a Bélgica (1871) donde trabajó en la Bolsa de Bruselas.
Su renombre se afianzó a partir de 1877, cuando fue aceptado en el Salón, donde presentó «El vencedor» (luego «La edad de bronce»). En 1880, le encomendaron una puerta para el Museo de Artes Decorativas, en la que trabajó hasta su muerte: «La puerta del Infierno», de la que surgieron muchas de sus más célebres esculturas.
Cuatro años más tarde, cuando recibió el encargo para el monumento de los «Burgueses de Calais», una de sus obras paradigmáticas, ya era reconocido como un maestro.
Rodin se emancipó de la estatuaria clásica e inició, en la segunda mitad del siglo XIX, un formato diferente para las obras tridimensionales.
Las obras tridimensionales y figurativas en el arte tradicional, habitualmente dioses o héroes, en tamaños naturales o más grandes, se identificaban con la estatuaria y con una base que las destacaba del espacio que las rodeaba. Así lo había planteado L.B. Alberti, a comienzos del Renacimiento, y en el tratado «Sobre la Estatua», se refería a tres técnicas: de los talladores, de los que añadían y de los moldeadores.
Ese concepto de estatuaria clásica que se mantuvo por varios siglos, fue rechazado por el gran crítico y anticipador Charles Baudelaire, quien en el Salón de 1846, se preguntaba por qué la escultura era aburrida.
Rodin reivindicó la escultura y generó el caldo de cultivo que luego desarrollaron los grandes artistas del siglo XX. En ese cambio tan importante, hay que mencionar las figuras de sus discípulos, Antoine Bourdelle (1861-1929), CharDespiau (1874-1926) y Camille Claudel (1864-1919); así como algunos escultores alemanes expresionistas y el italiano Medardo Rosso (1858-1928).
El título de la exposición «La era Rodin» remite al tiempo del artista y a las influencias que ejerció ya que, además de trabajos de Paul Dubois y Carrier-Belleuse, se exponen obras como «El genio de la danza» y «Cupido desarmado», de Jean-Baptiste Carpeaux, quien fuera su maestro; «El arquero», de Bourdelle; y «La ola y el gran vals», de Camille Claudel.
Rodin, tan polémico para sus contemporáneos, fue el símbolo de la nueva escultura, en la que el valor artístico trascendió más allá de la función ornamental o simbólica.


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