13 de junio 2013 - 00:00

Una “Mujer” que hará suspirar a los fans del futuro

Excelente en todos sus niveles, la nueva versión de “La mujer sin sombra”, de Richard Strauss, está a la altura de la tradición de calidad del Teatro Colón.
Excelente en todos sus niveles, la nueva versión de “La mujer sin sombra”, de Richard Strauss, está a la altura de la tradición de calidad del Teatro Colón.
"La mujer sin sombra" ("Die Frau ohne Schatten"), ópera en tres actos. Música: R. Strauss. Libreto: H. von Hoffmansthal. Coro de Niños, Coro Estable y Orquesta Estable del Teatro Colón. Puesta en escena: A. Homoki. Dirección musical: I. Levin (Teatro Colón, 11 de junio).

Monumental en su duración y en las fuerzas que requiere, compleja, densa en lo musical, lo dramático y lo poético, "La mujer sin sombra" (1919) es una de las cumbres de la producción lírica de Richard Strauss. Su punto de partida es un texto de Hugo von Hoffmansthal (con quien el músico integra una de las duplas compositor-libretista más perfectas y fructíferas del género) en el que dos mundos, terrenal y superior, se cruzan en torno al conflicto de la Emperatriz y su necesidad de encontrar una sombra, metáfora de su esterilidad, que irá a buscar al mundo de los hombres, más precisamente al hogar del tintorero Barak y su mujer. Y evidentemente esta complejidad hace de "La mujer sin sombra" un título desafiante para cualquier teatro de ópera, concertador, cantante y también director de escena. Salvada la impresión inicial de obviedad en la epidermis escenográfica (una ópera simbolista entre paredes recubiertas de símbolos), la puesta de Andreas Homoki impresiona de principio a fin y muestra una perfecta integración con la escenografía y vestuario de Wolfgang Gussmann y la iluminación de Frank Evin.

La totalidad de las escenas se desarrolla en un único dispositivo de dos paredes unidas en un punto de fuga y un plano inclinado, y dentro de él diferentes elementos: cajas y atuendos amarillos para el mundo de Barak, flechas rojas para y trajes azules para el Emperador y la Emperatriz, una descomunal esfera que asciende y desciende acrecentando el clima opresivo. La marcación actoral de Homoki, a la que los cantantes responden con soltura, es exacta.

Un brillante trabajo realiza Ira Levin en el podio y a sus órdenes la Orquesta Estable, con planos dinámicos sutilmente diferenciados, un desempeño sólido en todas las secciones y la fluidez que el discurso straussiano pide a gritos. No menos excelente es el reparto: Manuela Uhl (Emperatriz), Elena Pankratova (Mujer de Barak), Iris Vermillon (Nodriza), Jukka Rasilainen (Barak) y Stephen Gould conforman un quinteto principal de primera línea, y en el resto del elenco se destacan el Espíritu Mensajero de Jochen Kupfer, los hermanos de Barak (con una caracterización que parece evocar a los Tres Chiflados) de Sergio Spina, Emiliano Bulacios y Mario De Salvo, el Guardián del Templo de Marisú Pavón y la Voz de lo Alto de Alejandra Malvino. Los ensambles de Espíritus, de Niños No Nacidos, el Coro Estable (preparado por Miguel Martínez) y el de Niños (César Bustamante) complementan un cuadro musical sin fisuras.

En un teatro de innegable tradición straussiana -el mismo compositor dirigió en el Colón- no faltaron los nostálgicos que recordaran con voces plañideras las versiones de "FrOSch", como se la conoce familiarmente por sus iniciales, de 1965, 1970 y 1979, que contaron con algunos de los cantantes más prominentes del siglo. En un ambiente el de los habitués del Colón- en el que la nostalgia es un cliché, cabe preguntarse si ellos mismos habrán padecido en esos años las añoranzas ajenas de los asistentes a la versión de 1949, o si en el Colón de 2040 se estará recordando la versión 2013 como una de las producciones más logradas del siglo. Al menos se sabe que lo es en lo que va de la temporada.

Dejá tu comentario