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Unas concurridas “Noches sabineras”
Buenos Aires es la ciudad del mundo con más émulos de Joaquín Sabina. Basta con recorrer las carteleras de los bares de San Telmo o Palermo, o las del verano de Pinamar o Villa Gesell, para descubrir la cantidad de cantantes que, guitarra en mano, con intenciones desembozadas de imitación o sólo de «tributo», se lanzan a interpretar el repertorio del cantautor andaluz. Si eso sucede es porque Sabina ocupa entre los argentinos un lugar de amor incondicional, de familiaridad, de cercanía afectiva, que únicamente puede compararse con la que tiene aquí el catalán Joan Manuel Serrat (quienes, vale la pena adelantarlo, volverán a actuar juntos aquí el año que viene).
Y si hay tantos argentinos que encuentran público para escuchar en sus versiones canciones como «Y nos dieron las diez» o «A la orilla de la chimenea», por qué no sucedería con dos músicos, cantantes y compositores que vienen acompañando a Sabina desde hace muchos años (29 Varona y 22 García de Diego) como integrantes de su banda y que, además, son co-autores de buena parte de ese repertorio.
De modo que no sorprende que La Trastienda tuviera una muy buena convocatoria para recibirlos el fin de semana, tal como viene sucediendo estos días en otros lugares del país que están visitando -Tucumán, Córdoba, Rosario-, para compartir canciones que una parte del público argentino considera casi propias. Eso, aun sin que «Carabina 3030», el disco que hicieron juntos tenga por el momento su edición argentina.
El concierto se planteó en dos partes bien distintas. Los primeros dos tercios del show mostraron a los españoles recorriendo muchas piezas más o menos difundidas del listado «sabinero»: «Cuando aprieta el frío», «Canción de cuna de la noche y los tejados», «Peor para el sol», «Corre dijo la tortuga», «Los cuentos que yo cuento», «Y si amanece por fin», «Esta boca es mía», «Con la frente marchita», «Parte meteorológico», «A la orilla de la chimenea», «Esta noche contigo», etcétera. Cantaron además «Como la cigarra», de María Elena Walsh y «No me importa nada», que ellos crearon para Luz Casal. Se repartieron democráticamente los lugares solistas: Pancho en un estilo más rockero, Antonio mucho más prolijo como cantante. E hicieron felices a quienes se sumaron permanentemente en coros multitudinarios.
El final, tal como se había anunciado, quedó para algunos integrantes del público que, en una suerte de karaoke con acompañamiento en vivo, desfilaron -con mayor o menor éxito- para agregar algunas otras piezas del repertorio de Sabina.


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