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Usan hasta a Hitler contra la reforma de salud de Obama
Manifestantes portan carteles en la localidad de Lebanon, Pennsylvania, en contra de la reforma de salud de Barack Obama. Las protestas van in crescendo. Ya se produjeron escraches y episodios de violencia.
Afuera, sin embargo, la situación era bien diferente. Al menos un millar de críticos a la reforma se congregaron ante las puertas del auditorio y dejaron las cuerdas vocales fustigando el proyecto e insultando a su ideólogo, a quien calificaron, en el mejor de los casos, de mentiroso y tirano.
Diane Campbell sostenía un cartel en el que se veía a Obama con uniforme nazi. «Adolf Hitler se ocupó de la aniquilación de los más débiles, eso es lo que ocurrirá aquí», explicó la manifestante. Una niña que acudía a la protesta de la mano de su madre enseñaba otro cartel con el juego de palabras «Obama lies, grandma dies», es decir: «Obama miente, la abuela muere». También hostil fue el ambiente en St.
Louis, Missouri, durante un encuentro con ciudadanos en el que la senadora Claire McCastill intentaba explicar la reforma entre los gritos de un auditorio enfurecido. «No entiendo estos insultos», señaló. «En serio no lo entiendo».
McCastill, sin embargo, parece no estar sola en su perplejidad, y son muchos los que se preguntan: ¿qué está pasando en Estados Unidos? Desde hace días se ven casi a diario escenas de concentraciones ciudadanas contra la reforma sanitaria, en un debate que parece ser de todo menos racional.
Rostros enrojecidos y puños amenazantes dejan cada vez más claro que el problema va más allá de la expansión en el seguro sanitario que persigue Obama y toca la fibra más íntima de muchos estadounidenses. Para los críticos, el plan ha sido la gota que rebasó el vaso... y una válvula de escape para expresar el enfado y la frustración acumulados y reprimidos desde hace tiempo.
Un comentarista de The Washington Post explicó ayer que el debate sobre la salud enmascara uno más profundo: el de la cuestión ideológica de hasta dónde puede y debe un Gobierno inmiscuirse en la vida de los ciudadanos.
La respuesta histórica de los conservadores a esa pregunta es clara e irreconciliable: lo menos posible, y tanto más cuando la intervención estatal engrosa los presupuestos.
Obama metió el dedo de lleno en ese nervio. Desde su llegada a la Casa Blanca en enero, el presidente se fue revelando para sus críticos como el temido líder socialista que concentra cada vez más poder en Washington y que ahora pretende acabar con los seguros privados por medio de una oferta estatal de cobertura sanitaria.
Al abrigo de este clima de crispación, la siembra de falsas informaciones da sus frutos, como ocurrió con la reciente acusación de eutanasia vertida por la ex candidata republicana a la vicepresidencia Sarah Palin.
Una opositora al plan de salud de Obama admitió en un programa de televisión que no conocía el proyecto con detalle, pero que ya sabía suficiente para rechazarlo: el Gobierno no tiene derecho a meterse en los hospitales y «condenar a muerte» a su hijo discapacitado, denunció.
Entre otros reproches que se dedican al plan figuran también que Obama quiere financiar abortos con fondos de seguros médicos, ofrecer cobertura a inmigrantes ilegales a costa de los contribuyentes, permitir el cobro forzado de aportes a los seguros de cuentas privadas o, en último caso, dar luz verde para «desenchufar» a la abuela.
Los que apoyan el plan denuncian una información sesgada y deliberadamente confusa sobre el plan y aseguran que las protestas están cada vez más organizadas, acaso por grupos de derecha vinculados a intereses de la industria de la salud.
La cúpula republicana, entre tanto, se mantiene en silencio, y ve en el movimiento un posible camino de salida de la profunda depresión política que atraviesa el partido.
Agencia DPA


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