Fabián Cubero besa la Copa, junto al arquero suplente Barovero
Es una lástima que el campeonato se haya definido con un grosero error arbitral (hubo falta de Larrivey al arquero Monzón, al que le pateó el pecho) porque habían llegado a esta última fecha los dos mejores equipos y los dos merecían ser campeones.
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Fue para Vélez, porque Maximiliano Moralez aprovechó el rebote en el arquero para convertir, como pudo ser de Huracán a los 4 minutos del primer tiempo cuando Brazenas anuló por posición adelantada un gol de Eduardo Domínguez, que estaba perfectamente habilitado.
Si bien los nervios de la final y las condiciones climáticas hicieron que no dieran el total de su poderío, Vélez y Huracán mostraron sus credenciales para ser campeones.
Uno, Vélez, gambeteador y luchador de cada pelota. El otro, Huracán, amante del toque, buscando los espacios y haciendo algunos lujos con la pelota que levantan al aplauso.
Por eso, a pesar de ser un partido tenso, no hubo especulación. Los dos con sus armas buscaron ganar y hacer pie en una cancha que después de la caída de granizo (que suspendió el partido por 28 minutos) quedó resbaladiza y le agregó un aditamento especial al partido.
Huracán empezó mejor, con Bolatti como eje de juego y la habilidad de Defederico y Pastore, pero con el correr de los minutos, Vélez fue recuperando la pelota y mostró también sus virtudes, sobre todo la habilidad de Maxi Moralez y el Burrito Martínez, que por izquierda complicaban a la defensa de Huracán. Así llegó el penal de Araujo a Martínez (el único acierto de Brazenas), que Monzón le atajó a Hernán Rodrigo López, que lo anunció mucho y también, sobre el final del primer tiempo, un cabezazo de Cubero que pasó muy cerca del travesaño.
Huracán, en ese primer tiempo, también tuvo dos situaciones claras: un cabezazo de Eduardo Domínguez que devolvió el travesaño y en el rebote desperdició Nieto, y una apilada de Defederico que terminó con un remate cruzado que rozó un poste.
En el segundo tiempo, Vélez salió a ganar el partido, porque el empate decretaba el título para Huracán y, por eso ingresó, Larrivey por Gastón Díaz y jugaron con tres delanteros.
Lo acorraló a Huracán en su campo (que pareció enamorarse del empate) y aunque buscó muchas veces, tuvo sólo dos situaciones claras: una apilada de Juan Manuel Martínez que Arano salvó en la línea y un clarísimo penal de Arano a Cubero que Brazenas obvió, dos minutos antes de cobrar el gol (en otro de sus errores claves). Por eso el triunfo de Vélez hasta podría catalogarse de justo si no hubiera llegado por una jugada viciada de nulidad, porque fue el que más intentó y el que más generó.
En un país donde algunos tontos nos quieren hacer creer «que el segundo es el primero de los perdedores», la historia recordará más al Huracán de Cappa que al Vélez de Gareca, como recuerda más al Holanda del 74 que al campeón Alemania, porque fue (y hablo en pasado porque seguramente se irán sus principales figuras) un equipo brillante, que jugó un fútbol lujoso y efectivo y aunque no levantó un título, emocionó a propios y extraños.
Vélez, en cambio, fue un buen equipo armado desde la firmeza defensiva, con mucho coraje y con méritos para ser campeón, pero sin el brillo de su vencido. Fue un justo campeón, pero no un campeón extraordinario.
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