31 de marzo 2010 - 00:00

“Viviendo en España descubrí el buen teatro off argentino”

Federico Luppi: «Admiro esa condición entre amateur y quijotesca del actor argentino, su sutileza, naturalidad, su capacidad de hacer con poco, mucho».
Federico Luppi: «Admiro esa condición entre amateur y quijotesca del actor argentino, su sutileza, naturalidad, su capacidad de hacer con poco, mucho».
A Federico Luppi le gusta vivir en España; su nostalgia de la Argentina es --como la de tantos otros-- gastronómica: «La pizza, el bife de chorizo, el asado, los sandwiches de miga, el helado... Eso es lo que más extraño», dice. Desde que el corralito le vació los bolsillos, a fines de 2001, y lo atormentó con un arsenal de trastornos físicos (temblores, urticaria, etcétera), el actor de «El romance del Aniceto y la Francisca», «Un lugar en el mundo» y «Martín Hache» entendió que debía instalarse en Madrid por tiempo indeterminado.

Y fue allí donde se aficionó al teatro argentino independiente: «Vi todas las obras de Daniel Veronese y La omisión de la familia Coleman de Claudio Tolcachir. Fue una experiencia impresionante», recuerda con entusiasmo. «Le digo que los madrileños enloquecieron con esa obra». Esta es su tercera visita a Buenos Aires desde 2002. Y como en ocasiones anteriores su viaje estuvo determinado por compromisos de trabajo. Entre ellos, el inminente rodaje de «Criminal», opera prima de Miguel Cohan con producción hispano-argentina y protagonizada por Leonardo Sbaraglia.

El otro proyecto, de índole teatral, marca su retorno a los escenarios porteños cuando ya se cumplen trece años del estreno de «El vestidor», éxito que compartió con Julio Chávez (de quien fue «suegro» el año pasado en «Tratame bien»). A sus setenta y pico, el actor vuelve a ser dirigido por Miguel Cavia en «Por tu padre», obra del periodista y dramaturgo brasileño Dib Carneiro Neto que se representa de miércoles a domingo en el Multiteatro, y donde mantiene con Adrián Navarro una complicada relación paterno-filial, sin perder sus mañas de seductor.

Periodista: ¿Por qué le cambiaron el título a la obra? En Brasil se llamó «¿Sabés quién vino a rezar?»

Federico Luppi: Pensé que ese título podía generar falsas expectativas entre la gente de la grey católica, porque la obra no tiene ningún lineamiento religioso, aunque transcurra en una iglesia. Tampoco quería que, a la inversa, algún mal pensante viniera al teatro con la idea de que esta es una obra anticlerical. El autor ubicó la acción en una iglesia (donde se va a realizar una misa de cuerpo presente) porque es un lugar que invita a la confesión. Y lo que se produce ahí es un enfrentamiento duro y complicado entre este hijo, que interpreta Adrián Navarro, y otros dos personajes: su padre y el socio de su padre. A ambos les guarda rencor desde niño.

P.: A los doce años fue testigo del affaire amoroso que mantenía su madre con el socio de su padre y a nadie pareció importarle.

F.L.: El fue testigo de esos amores y se posicionó en el lugar de tercero excluido, como dicen los psicoanalistas. La soledad, la falta de atención de sus padres, la ausencia de una caricia lo han resentido. Pero ahora es un hombre de treinta años, divorciado y con un hijo, no puede seguir aferrado al pasado. Lo bueno es que se enfrenta a estos dos hombres mayores: uno cínico y sarcástico que está de vuelta de todo, y el padre que actúa sin falsos moralismos.

P.: Ambos hombres reivindican el amor libre y la seducción ¿Coincide con ellos?

F.L.: La seducción es un elemento que aceita las relaciones humanas en lo más cordial. No como un método de levante sino como una forma de acercamiento afectivo. Hace años, a un amigo mío la mujer le metió los cuernos y se lo contó. Pero él dijo: «No importa, yo la quiero». En el momento no lo capté por una cuestión machista, pero con los años me di cuenta de su profunda sabiduría. Sería genial que todos estuviéramos bien satisfechos, el tema es poder gozar de la vida sin trabas, con eso que uno tiene que es el cuerpo amado. Por eso el padre le dice al hijo: «No sigas regodeándote en el pasado. Viví, hablá con tu mujer, sin prejuicios y dejate de joder».

P: ¿Usted cree que los reclamos de los hijos son de por vida?

F.L.: Una de las grandes metas del psicoanálisis es dejar de echarle la culpa a los padres. Una tarea muy difícil. Hay gente que a los cuarenta todavía sigue llorando lo que sus padres no le dieron. Independientemente de lo que uno les brinde a sus hijos el reclamo siempre va a estar porque forma parte de su crecimiento. El hijo que no les reclama algo a sus padres ¿sabe lo que hace? Le reclama al gobierno, al partido, a la vecina, a su mujer, al amigo, al toallero del club...

P.: Háblenos de su vida en España ¿tanto le gusta vivir allí?

F.L.: Tenga en cuenta que soy de Ramallo. Hasta los 16 años ese fue mi sitio de referencia, un lugar donde sólo había campo y caballos. Después me instalé en La Plata para estudiar dibujo. Y me daba lo mismo estar ahí que en Helsinki, porque el desarraigo es el mismo. De modo que la ida a España no fue un tirón terrible. Cuando llegué, la sociedad española ofrecía una cierta previsibilidad en términos de vida cotidiana e institucional, por su reciente ingreso al Mercado común europeo. Lo que se decía hoy duraba dos años por lo menos.

P.: Pero eso se acabó...

F.L.: La actual crisis española obedece a un factor terrible: el estallido de la burbuja inmobiliaria. España entró en un monocultivo edilicio y eso llevó, por ausencia de tierra, a una profunda y extensa corruptela. Quedaron miles de pisos sin vender en toda España. Y ya se sabe: cuando para una constructora paran mil gremios más. Ahora se está viviendo un momento muy duro: contratos temporarios, despido barato, ajuste fiscal, rebaja de salarios, cercenamiento de las partidas de educación y salud y un ilimitado campo de negociados.

P.: ¿Aprovechó esta visita a Buenos Aires para ver teatro?

F.L.: Sí, sólo me falta ver «Agosto» y «Un dios salvaje».

P.: Así que se hizo fan del teatro independiente...

F.L.: Admiro esa condición entre amateur y quijotesca del actor argentino, su sutileza, naturalidad, su capacidad de hacer con poco, mucho. Eso por suerte no se ha perdido. ¿Sabe lo que me dijo la Ministra de Cultura de España cuando me la encontré en un pequeño teatrito del barrio de Lavapiés viendo «Mujeres soñaron caballos»? Me dijo: «Federico, cuánto teatro en tan poco espacio». ¿No es maravilloso?

Entrevista de Patricia Espinosa

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