12 de diciembre 2008 - 00:00

¿Vuelve a ser una moneda de capa caída?

"¿Cómo encasillar los movimientos del dólar frente a las principales divisas? ¿Qué significa, por ejemplo, la pesada caída de ayer ante el euro? Desde sus mínimos de 1,60 frente al euro, en julio, el dólar se fortaleció como un huracán fuera de estación, potente e inesperado. Pero los máximos de la escalada datan ya de fines de octubre, cuando quebró el umbral de 1,24. Noviembre aquietó las aguas. Impuso un rango con bandas entre 1,25 y 1,30. Pero ayer el euro saltó el corral con inusual determinación y ensayó un ataque sobre la zona de 1,34.
¿Regresa la lógica y toca a su fin el cuarto de hora de gloria del dólar? ¿Vuelven a castigarlo sus rémoras de larga data más la que se añade a diario por culpa de la crisis? Más allá de los avatares de las cotizaciones, nada lo sugiere. Y, se sabe, no conviene leer demasiado de material tan volátil. Pero hay que admitir que costará convencer a los incrédulos. En especial, a la fervorosa feligresía del oro, nunca mejor dispuesta a concurrir al funeral del papel moneda.
La crisis internacional es un potro que cuenta sus víctimas de a miles. Pero que encontró dos jinetes de buena monta. Dos héroes fuera de programa: el yen japonés y el dólar de EE.UU. (a distancia, podría anotarse el franco suizo). No sólo resistieron los corcovos, sino que se acomodaron sobre la marcha con gran beneficio.
No es casual que las monedas fuertes de hoy sean los villanos de otrora. Ni el yen ni el dólar per se revelan méritos destacados. Su principal virtud no es otra que haber provisto financiación abundante durante el auge y su rol devino, paradójicamente, de la expectativa de una sostenida debilidad. Lo que no se previó fue que los activos que se financiaban a su costa podían resultar aún más vulnerables. De ese malentendido a gran escala brota la fortaleza actual del yen y del dólar, por descarte.
El «vuelo hacia la calidad» puede justificar -y con frecuencia así se escribe- el cambio de preferencias hacia el dólar. Entonces, si la crisis amaina, mucho más si se remedia, la necesidad de un refugio seguro debería ceder y el dólar perder atractivo.
¿Presenciamos un signo de confianza en que la crisis se endereza? Es mucho decir. La novedad de la semana fueron las colocaciones de deuda del Tesoro que, en los plazos de un mes y tres meses, permitieron, respectivamente, captar 30 mil millones de dólares a tasa cero y 27 mil millones a una tasa del 5 por diez mil (0,005%). La demanda por seguridad, por lo visto, permanece presente. No la desplazará una ráfaga aislada de mejoría.
El yen se apreció en mayor medida que divisa ninguna. Y no se observa señal de que el mundo corra hacia Japón en busca de refugio. Nadie alienta la menor esperanza sobre los bríos (inexistentes) de su economía (ni mucho menos de sus Bolsas). Conclusión: el vuelo por cobertura (y la repatriación de capitales) luce mucho más importante que la avidez por calidad.
En las últimas ruedas, el dólar se debilitó con fuerza mientras que el yen prosiguió impertérrito su apreciación. Deben pues operar factores propios de EE.UU. Que las tasas cortas caigan a cero es una excelente excusa para abandonar una moneda en busca de otros horizontes. Y una buena explicación a mano. El Banco Central Europeo, a la hora de rebajar sus tipos de interés, muestra una mesura que sus colegas de la Fed extraviaron hace tiempo. Conviene, sin embargo, no perder de vista a Japón. Las tasas allí también navegan en la orilla del cero por ciento y no constituyen motivo de debilidad. Es verdad que las tasas de interés ya no son el mojón de antaño. Que se debe juzgar la naturaleza de las políticas aplicadas por el aumento de los agregados monetarios. Y nadie se embarcó hasta ahora con mayor entusiasmo que la Fed en esa empresa de dimensiones extravagantes. Su hoja de balance creció en dos veces y media desde que comenzó la crisis y, lejos de cantar tierra, Bernanke promete que más liquidez va en camino. ¿Qué mejor razón para poner pies en polvorosa antes que sobrevenga un alud de alta inflación? La preocupación es comprensible. Pero la Fed sólo pretende añadir la liquidez que la contracción del crédito destruye y, poniendo ambos platillos en la balanza, está perdiendo la pulseada.
Quien revise las estadísticas de aumento del crédito al sector privado en la eurozona verá lecturas más robustas que en los propios EE.UU. No debería impacientarse: la vorágine letal es contundente. Tarde o temprano, las cifras se emparejarán. Y no está claro quién será, al final de la tormenta, el que más deba aflojar las riendas.
Cuando el dólar era una moneda de capa caída, se pudo avizorar su recuperación de la mano de un punto de inflexión en sus cuentas externas. El déficit comercial comenzó a moderarse mucho antes que los mercados de divisas acusaran recibo.
Cuando el dólar repuntó, a partir de julio, un fundamento a su favor era que (ya desde fines de 2006) el sector externo sumaba al crecimiento del producto bruto. Así, esa vieja espada de Damocles perdía filo.
Pues bien, ayer la balanza comercial de los EE.UU. mostró un deterioro imprevisto. ¿Anidará allí la causa del respingo? Por un lado, no debería. Fue un contratiempo con la cuenta petrolera el que produjo el rojo más abultado. Con precios del crudo alejados de los u$s 92 promedio facturados en octubre, el inconveniente se subsanará solo. Pero en un mundo que cayó en recesión no será posible extender la mejoría.
Las exportaciones ya registran una baja. Reparar la crisis y, a la par, el rojo del sector externo no luce posible. Menos que menos si Barack Obama cumple su promesa de un megaplan de infraestructura. ¿He aquí un flanco vulnerable para el dólar? Tal vez en las actuales circunstancias de crisis, cómodamente manejable. Basta pensar en que la Fed llegó a inyectar más de 600 mil millones de dólares en pases al sistema financiero internacional. Removerlos permitiría cubrir con creces la oferta marginal que vierta el repliegue de las cuentas externas. Lo que no quita que el tropiezo pueda servir como excusa ideal para nutrir la volatilidad de corto plazo.

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