16 de diciembre 2013 - 00:00

Wall St.: la casa está en orden

La mesa está servida para la Fed. Desde mayo que tiene el desguace del programa de compra de bonos metido entre ceja y ceja. O sea, el "tapering". Ben Bernanke lo manifestó entonces, lo ratificó en junio con lujo de señales y lo quiso ejecutar en septiembre pero, a último minuto, abortó la operación. Las condiciones no estaban maduras y se corría el riesgo de provocar un derrumbe en los mercados y empantanarse otra vez en la zozobra. La Fed puede tener prisa pero no la persigue ninguna urgencia. La intención de desmontar el QE3 con prolijidad no cobija, precisamente, el propósito de recaer en un eventual QE4. Ya se escribió, pero se repite, que para abandonar la política monetaria no convencional la Fed necesitará la pista de aterrizaje más larga de toda su historia. Mejor extender el sobrevuelo que accidentarse por culpa de un mal ángulo de aproximación y la impaciencia.

La mesa quedó preparada para la Fed. Como en septiembre, salvo que la calidad del servicio es muy superior. Los involucrados ajustaron sus roles. A mitad de año, la tasa larga encendió una alarma cuando se descontroló y amenazó perforar el umbral del 3%. Su nivel actual no es muy distinto, pero la dinámica es otra. La semana última se distendió -descendió del 2,93% al 2,87% - a pesar de una agenda activa de emisiones del Tesoro. La Bolsa se tomó un respiro -lógico, aun en ausencia de conciliábulos monetarios- pero preserva la visión muy constructiva. Los activos de riesgo más vulnerables mantienen su compostura. La comunicación de la Fed es la culpable del notable repliegue del miedo escénico. Tras mucho bregar instaló el mensaje de un "trade off" entre las dos políticas que impulsa la institución. La idea es dejar progresivamente de comprar bonos pero, en compensación, extender la probable vigencia de las tasas cero (que, hoy por hoy, regirían hasta bien entrado 2015). La Fed se exhibe así más preocupada por mudar de instrumento que por alterar los decibeles del estímulo.

Una economía tonificada favorece también las intenciones del banco central. La solidez de los indicadores recientes es llamativamente uniforme (el repunte de las ventas minoristas fue la última novedad). Si se sugirió que antes de tocar el QE3 haría falta una sucesión de lecturas de creación de empleos en torno de los 200 mil mensuales, ya estamos ahí. Si en junio Bernanke previó que con la tasa de desempleo en 7% el QE3 estaría completamente desmantelado, la realidad es que el mercado laboral cumplió su parte, pero la compra de bonos se conserva intacta. Más aun, el temor a un nuevo "shutdown" se diluye con el acuerdo fiscal que se alcanzó en la Cámara Baja (contra la voluntad del Tea Party). Y todo indica que cuando termine la semana, Janet Yellen habrá sido confirmada como la sucesora de Bernanke. ¿Cartón lleno? Lástima que la inflación esté fuera de foco, por demasiado baja. Y que las condiciones laborales, bien inspeccionadas, todavía conciten reparos.

La mesa está lista. La casa está en orden. Siendo así, la Fed decide a discreción. Es su criterio el que manda cuando las condiciones son calmas. Una reducción simbólica del QE3 no presentaría contraindicaciones. De hecho, la Fed pudo haberla ensayado en septiembre. Nada cambia si las compras de bonos pasan de los 85 mil millones de dólares por mes a los 75 mil millones. No obstante, el diablo, como siempre, se aloja en los detalles. La interpretación del símbolo es lo que cuenta. Cuando la Fed revierte una política, digamos cuando sube las tasas de interés, nunca abre fuego con brusquedad, sino que prueba primero con un paso pequeño. Pero las consecuencias son una incógnita. El cimbronazo es posible porque los mercados, a la hora de procesar el gesto, deben descontar toda una trayectoria futura de las tasas de interés y no la mera anécdota del cuarto de punto.

Los halcones de la Fed quisieran comenzar ya la tarea (la mayoría jamás quiso estrenar el QE3). Las palomas preferirían sumar "un par de meses adicionales de buenos números" (Charles Evans, textual). James Bullard, un ecléctico coherente -que a diferencia de halcones y palomas votó en contra de las ideas de Bernanke en la reunión clave de junio- favorece un retoque simbólico. No obstante, le preocupa la baja inflación. El "tapering" debería empezar el miércoles pero a sabiendas de que habría que congelarlo si, en los meses venideros, la inflación no regresa a la meta del 2%. Como se ve, hay de todo, como en botica. Inclusive un exceso de timoneles (el que se va y la que viene). Dado que el tapering es un proceso... ¿no debería prevalecer el criterio de Janet Yellen? O sea, la versión Bernanke más liviana. La que primero avisa y después actúa. Y la que llevaría la acción concreta al año próximo.

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