22 de febrero 2012 - 00:00

“Yo cuento como una vieja; soy chismoso y no quiero aburrirme”

Zappietro, comisario inspector que dirige el Departamento de Estudios Históricos y Museo de la Policía Federal, compartió su labor de historietista con personalidades como Hugo Pratt, Héctor Oesterheld y Geno Díaz, entre muchísimos otros.
Zappietro, comisario inspector que dirige el Departamento de Estudios Históricos y Museo de la Policía Federal, compartió su labor de historietista con personalidades como Hugo Pratt, Héctor Oesterheld y Geno Díaz, entre muchísimos otros.
Con «Mi nombre es Zero Galván», una historia del legendario policía puertorriqueño de Nueva York, protagonista desde hace casi medio siglo de la historieta «Precinto 56», Eugenio Zappietro ganó el «Concurso Novela Negra 2011» de la editorial Del Nuevo Extremo. Zappietro (que además es un comisario inspector que dirige desde hace 20 años el Departamento de Estudios Históricos y Museo de la Policía Federal) comenzó su carrera como guionista de fotonovelas y, luego, de historietas que con el seudónimo de Ray Collins lo consagraron a nivel internacional. Luego pasó a escribir para la televisión y el cine. El diálogo con esta figura clave de la literatura dibujada argentina, resulta inagotable por toda las obras que ha realizado, el aporte literario que dio a nuestros comics, y la personalidades con que las que ha compartido sus labores, Hugo Pratt, Héctor Oesterheld, Geno Díaz, Fernando Ayala, entre muchísimos otros.

Periodista: Usted que se hizo famoso como autor de historietas, guionista de cine y de telenovelas, ¿cómo llega a la novela?

Eugenio Zappietro: Empiezo en la historieta en octubre de 1960, y siete años después envío una novela al concurso del Premio Planeta Internacional, que por primera vez se abría a América Latina. Un compañero, en mi otro oficio, en la Policía, me dice: «tomá, literato», y me tira sobre el escritorio el recorte del concurso. Después, cuando tuve 30 páginas, se las mostré a un jefe, que me dijo: «siga, siga». Y le hice caso. No sólo tuve suerte de llegar a tiempo sino de arrimar y casi de ganarlo. Tuvo que desempatar el dueño, un señor Lara, y quedé segundo. Eso hizo que publicaran «Tiempo de morir», que tuvo buenas críticas en España y lleva cinco ediciones. Esa novela salió con mi nombre Eugenio Zappietro. Por ese tiempo estaba haciendo mi primera incursión en televisión, en Canal 13, preparando «Hombres y mujeres de bronce», un culebrón histórico que dirigía María Herminia Avellaneda. Y ella quería cambiarle el título. Me hablaba de «Tempo di uccidere» de Ennio Flaiano, el guionista de Fellini. Y yo me acordaba de «Tiempo de vivir, tiempo de morir» de Erich María Remarque.

P.: ¿Ahora cuántas novelas lleva publicadas?

E.Z.: Seis. Después de «Tiempo de morir» Planeta me publica «De aquí hasta el alba» sobre la Conquista del Desierto, que es uno de mis temas. Y Losada «La calle del ocaso», que es el nombre de un tango. Después escribí una novela del personaje «Killing» para la editorial Eura, de Italia. Después vendría la etapa más reciente con las novelas «Precinto 56», que sacó La Llave y «Mi nombre es Zero Galván», que publica Extremo Negro, las dos firmadas por Ray Collins.

P.: ¿En qué tuvo que ver Hugo Pratt en que se pusiera a escribir policiales?

E.Z.: Él había tomado la dirección de la revista Misterix, y me llama para preguntarme por qué las historietas del Oeste que yo hacía eran tan amargas. Salimos a tomar un café y me dice: «hacete un policial». Nunca había escrito uno. Le digo: ¿cómo lo querés?. Me mira fijo, y larga: «vos sabés bien cómo lo quiero». Entré a buscar un referente, algo que me hiciera sentir seguro de lo que iba a intentar. Ahí se me aparece la serie «La ciudad desnuda» con su «Hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda, esta es una de ellas». Era lo que hoy es «La ley y el orden». Las cosas se relacionan en el policial, como lo he señalado en «Crónicas y misterios de la Novela Negra», que no es un ensayo académico sino el libro de un lector apasionado. Ross Macdonald le pone Lew Archer a su personaje, y Archer era el socio de Sam Spade en «El halcón maltés» de Dashiell Hammett. Y Chandler calca a Hammett al extremo, a «El largo adiós» le hace cinco finales, como Hammett se los hizo a «La maldición de los Dain». Como Mankel y mi colega Camilleri hacen hoy con Simenon. Y Simenon consiguió que su Inspector Maigret tuviera un encanto especial. Que es lo que yo buscaba para mi Zero Galván. Ese Zero Galván, ese «Precinto 56» que empezó con aquella orden de Pratt.

P.: ¿Qué cambios surgen cuando un personaje de historieta pasa al libro, a la novela?

E.Z.: En la historieta al personaje se lo conoce de afuera. La carnadura la da el dibujante, pero no se sabe si tiene mal aliento, si es fruto de un destete prematuro, no se sabe nada de él. Y yo quería saber. Para que el héroe de la historieta siguiera siendo quien era, yo tenía que hacer un matrimonio igualitario entre historieta y novela. Quise que de la prosa surgieran los cuadritos dibujados. Recuerdo que Oesterheld me dijo que la única manera de contar una historieta en novela era en un constante presente, de acuerdo a lo que va pasando. Era lo que yo pensaba. Es lo que él hizo en las novela del Sargento Kirk. Pero a mí me costaba encontrar la fórmula, hasta que acuñé la primera frase: «la tarde le sienta bien a Tippy». Le sienta, no «le sentó». El constante presente. Encontré el vehículo poco prestigioso literariamente que me permitía el matrimonio igualitario. Y la historieta es una miniliteratura, es una de las patas de nuestra cultura popular.

P.: Si presentó a concurso su novela como «Mi nombre es Zero Galván» y la firmó como Ray Collins, ganó con el caballo del comisario.

E.Z.: La presente como el título «Crímenes hormonales» y mi seudónimo fue Annie, una nombre de mujer. Cuando me notifican que gané, me piden que lleve en la tapa el nombre de mi famoso personaje. Yo con esa novela quería hacer un control de calidad en lo que estaba intentando dentro de la narrativa. Ver qué sucedía con un jurado de expertos. Buscaba confirmar que la receta era la adecuada. Saber si el matrimonio igualitario entre historieta y novela era comestible. Que el puro lenguaje entregaba imágenes, que Galván se corporizara a pleno.

P.: ¿Ahora siente que conoce a fondo a su personaje?

E.Z.: Recién ahora, después de dos novelas. Ahora sé que los padres llegaron a Nueva York desde Puerto Rico, que eran actores, que alquilaron una sala para hacer teatro del Siglo de Oro español, que, mientras, trabajaban en un bar, dado que hacían las cosas que hacen los inmigrantes por más que vinieran del estado número 51. Y un día un «caballero» de mucho dinero se encapricha con la madre de Zero Galván, que es la actriz principal de la compañía, la mujer lo rebota y el tipo les quema el teatro con ellos adentro. Zero Galván tenía entoncés 14 años. Así empiezo a saber cosas que no sabía: cómo llegó, cómo se hizo policía, cómo ascendió a teniente de una forma inesperada. Es una precuela, es Galván antes del teniente Galván, y es el de ahora, el que pasó por las Torres Gemelas, Irak y vive en tiempos en que gobierna Barack Obama. Recién ahora voy desvelando a mi personaje a medida que, como a una cebolla, le voy sacando las capas.

P.: ¿Recorrió Nueva York para documentarse?

E.Z.: Nunca, y la conozco bien. Es la gran ciudad, la que vemos en películas, en documentales, en series, en noticieros, leemos en libros, diarios y revistas. Una ciudad mítica, como para otros en el mundo es Buenos Aires, que pueblo con mi gente.

P.: Hay diversas versiones sobre de dónde sacó ese Ray Collins con que firma sus historietas, y ahora sus novelas. ¿Cuál es la real?

E.Z.: Yo estaba trabajando en editorial Abril en la sección revistas femeninas. Hacía fotonovelas, esa variante de la historieta con fotos en vez de dibujos. Me convoca Julio Aníbal Portas que estaba al frente de «Misterix», la revista donde Oesterheld había hecho «Sargento Kirk», dibujada por Hugo Pratt, entre otros historietas. Portas, «journalist star», fundador de revistas, historietista, me dice: «quiero cuatro argumentos de historietas del Oeste para mañana», se fue el autor de «Joe Gatillo». Balbuceé: yo no hago. «Si hace fotonovelas, hará historietas». En ese tiempo, un hombre de 40 años, y con esa carrera, para un pibe de veinte, era un totem. Y el totem ordenaba, no pedía. Y eso estaba bueno. Cuando le llevo los argumentos, parece que le gustaron porque me dice: «póngase un nombre de fantasía, un seudónimo que suene en inglés». Y ahí se me ocurre Ray Collins, como se me podía haber ocurrido Jesse Smith o cualquier otro. No es, como dijeron Carlos Trillo y Guillermo Saccomanno que lo saqué de un actor de la serie «Perry Mason», ni del músico Ray Conniff como dijeron otros, ni de otras cosas que dijeron. Se me ocurrió y, si bien tuve otros seudónimos, ese es el que me marcó, el que quedó.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

E.Z.: Una novela para mí, «Detective atorrante». Un tipo que quiso ser jugador y no pudo. Un atorrante al que lo mantiene la abuela. Viene de Santa Fe. El tío, que tiene una agencia de investigaciones, muere, y él la hereda, y ahí empieza todo el lío. Es que amo las historietas, las historias, y me gusta contar, y cuento como una vieja, Soy chismoso y no me quiero aburrir. Tengo un personaje y empiezo a rascar y salen cuentos, que vienen de las cosas que uno atesora y a veces no sabe. Hay para quienes escribir es un parto, entonces, los de Argentores somos todos de familia numerosa, porque mire que hemos parido cosas. Pero eso nos mantiene vitales por más que se tenga más años que la escarapela. Siempre estamos con algo, aunque la cosa no salga. O estamos transmitiendo lo que sabemos. Mire, acabo de conseguir la película «La ciudad desnuda», que dirigió Jules Dassin, y la voy a usar en el taller literario que tengo en el Museo de la Policía Federal para enseñar cómo se desarrolla una trama.

Entrevista de Máximo Soto

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