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El inesperado retorno de la nación

Con la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 comenzó una nueva era. Se sabía que estaba colapsando, a la vista de todos, un orden odioso y totalitario, pero se ignoraba qué era lo que sobrevendría.

Cuando en la noche del jueves 9 de noviembre de 1989 el Muro de Berlín fue primero sobrepasado por una multitud de berlineses orientales deseosos de libertad y luego demolido en varios tramos a martillazos desde los dos lados de la oprobiosa frontera de la Guerra Fría, un mundo asombrado tuvo la certeza de que comenzaba una nueva era. Se sabía que estaba colapsando, a la vista de todos, un orden odioso y totalitario, pero se ignoraba qué era lo que sobrevendría y, de hecho, las previsiones académicas terminaron errando en grande. La historia mudaría desde ese día inolvidable más que lo esperado y en un sentido un tanto sorprendente.

Un académico en Ciencia Política que, además, había trabajado para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, Francis Fukuyama, publicó ese mismo año un artículo titulado ¿El fin de la Historia?, en el que proclamaba el triunfo definitivo de la democracia liberal frente a sus dos antagonistas ideológicos del siglo XX: los totalitarismos nazi y comunista. El hombre no quería decir que el conflicto desaparecería, pero sí que la pugna ideológica quedaba clausurada. Si algo no le faltaba era coraje.

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Francis Fukuyama.

Francis Fukuyama.

Francis Fukuyama, el “gurú” del “fin de la historia

En una elaboración que fue, en buena medida, una adaptación oportunista del telos de la filosofía política hegeliana, Fukuyama no fue el estudioso que mejor anticipó lo que vendría, pero sí el que ofreció una narrativa más temprana y más simple, atributos suficientes para que el establishment político estadounidense la convirtiera en doctrina.

El final del Muro generó euforia, apuró la reunificación de Alemania y precipitó la caída de la Unión Soviética y, en general, el abandono de las ideas marxistas más dogmáticas. Hasta Rusia descubrió el capitalismo en medio de los tanteos de una verdadera “acumulación originaria” en la que los más audaces se apropiarían de los bienes del Estado y, más tarde, recibirían el mote de “oligarcas”.

El efecto dominó que se desencadenó detrás de una cortina de hierro convertida súbitamente en apenas un decorado liviano dio un primer llamado de atención severo con el desmembramiento violento de la antigua Yugoslavia, que devolvió a Europa a los horrores de la limpieza étnica y el genocidio. Esos hechos alarmaron, pero nadie tomó los brotes nacionalistas que los motivaron como algo más que el estallido de sentimientos largamente reprimidos, algo así como una rémora pasajera.

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La guerra y el genocidio de la antigua Yugoslavia recrearon en Europa la memoria del nazismo

Otro llamado de atención sobre el error de Fukuyama fue el auge del islamismo político, sobre todo con la irrupción violenta de Al Qaeda en los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos: la democracia liberal encontraba un nuevo paradigma que la combatía ya no solo en las amplias zonas de confesión musulmana, donde captaba adeptos y aterrorizaba a detractores, sino en el propio corazón de Occidente.

Un momento tan traumático como imposible de olvidar: los atentados del 11-S terminan con las Torres Gemelas de Nueva York

Era impensable, incluso en caliente y en medio de esos hechos, que Estados Unidos no reaccionara, pero la respuesta militar no se limitó a perseguir a los hombres de Osama bin Laden en sus guaridas de Afganistán.

Dos años más tarde, la “guerra contra el terrorismo” fue llevada también a Irak, con motivos -como se sabe- inventados por el Gobierno de George W. Bush, cruzada para la cual la doctrina de Fukuyama venía como anillo al dedo: detrás de Sadam Husein caerían, uno a uno, todos los dictadores y la democracia reinaría. ¿No era esa la promesa, acaso?

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La invasión estadounidense terminó con la ejecución de Sadam Husein, pero hundió a Irak en el caos

Mirada retrospectivamente, si algo había indicado la caída del Muro de Berlín era el triunfo de la globalización. El capitalismo se hacía definitivamente global desde su costado financiero; la cultura de sus principales centros de irradiación ya encontraría pocos límites -si es que existiría alguno-; una Internet en veloz desarrollo sería su vehículo privilegiado y permitiría bruscos movimientos de dinero en un solo click; las migraciones se tornarían cada vez más masivas y límites calientes como el mar Mediterráneo y la frontera entre Estados Unidos y México se convertirían en verdaderos cementerios de desesperados. Todo se hizo global, incluso el terrorismo. De hecho, la persecución a Al Qaeda fue tanto militar como electrónica -y global, ¿cómo no?-.

El espionaje de la National Security Agency (NSA) se hizo escándalo al trascender, pero la ola de la hipervigilancia nunca tuvo reflujo: todos sabemos hoy que dejamos huellas electrónicas de nuestros movimientos en tiempo real, desde los pagos que realizamos con dinero plástico hasta los medios de transporte público que pagamos con una tarjeta, pasando por la proliferación de cámaras de seguridad en la calle y la difusión de programas de inteligencia artificial y de reconocimiento facial.

De modo inevitable, el poder irresistible que se avalanzó sobre “La Base” de Bin Laden terminó por pulverizarla. Sin embargo, las ideas que, más allá de diferencias doctrinarias importantes, tenían un enemigo y una metodología en común, se reformularon. Así, el megaterrorismo de Al Qaeda se convirtió en el microterrorismo del Estado Islámico y los atentados a gran escala, múltiples y sincronizados, devinieron en atropellamientos masivos o ataques en plena calle con un cuchillo de cocina. El miedo, con todo, no dejó de ser global, valga la insistencia.

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El Estado Islámico instauró un califato del terror en zonas de Siria e Irak

Mientras, las grandes potencias pasaron de un fukuyamismo tardío durante el estallido de la Primavera Árabe de 2011 a uno cada vez menos convencido tres años después para desterrar, justamente, al Estado Islámico de su califato en partes de Siria e Irak.

En lo económico, el impresionante auge de China pareció nivelar en la primera década del siglo la primacía del capitalismo financiero. Gracias a ese fenómeno, muchos países en vías de desarrollo encontraron por primera vez desde la crisis de 1929 precios de ensueño para sus exportaciones de materias primas, desde la soja hasta el petróleo, pasando por el cobre y muchos otros productos. Sin embargo, esa explosión virtuosa, que parecía cambiar toda la lógica conocida de los términos de intercambio y ofrecer una inesperada ventana al desarrollo, encontró un freno brusco en la crisis de las hipotecas de los Estados Unidos, que pronto –ay, otra vez - se hizo global. Si la del 29 fue la Gran Depresión, esta fue la Gran Recesión que se llevó puesta la moda de los grandes proyectos de integración supranacional, desde la Unión Europea al Mercosur.

Ese golpe fue el final de un sueño para los países dependientes de sus exportaciones primarias, mientras que para los centrales, con Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea a la cabeza, implicó un punto de inflexión de consecuencias duraderas. La economía globalizada dejó sentir con esa crisis sus efectos más dolorosos y de pronto excentricidades francesas como la ultraderecha populista de la familia Le Pen parecieron florecer en sitios inesperados: desde la Europa del Este rescatada de las garras del comunismo hasta los movimientos neonazis de varios países de Europa, pasando, muy especialmente, por el Reino Unido del Brexit y los Estados Unidos de Donald Trump.

El futuro les pertenece a los patriotas, no a los globalistas", bramó Trump

Que este no haya podido concretar su idea de erigir un muro en la frontera sur no cambia lo esencial: fue esa promesa el buque insignia de una campaña. El Muro de Berlín cayó, pero nuevos muros proliferan en cuanto lugar se percibe, se exagera o se manipula una amenaza. El pueblo palestino, condenado a no tener defensores en un mundo irremediablemente injusto, tiene mucho que contar al respecto.

“El futuro les pertenece a los patriotas, no a los globalistas”, bramó Trump en septiembre último desde el atril de la Asamblea General de las Naciones Unidas. No está claro que eso sea cierto, pero hay que admitir que el avance de la globalización encontró, como reducto de resistencia, al Estado nación, instancia que había sido dada por muerta demasiado prematuramente.

La nación, dentro de sus fronteras, fue redescubierta como la defensa de los perdedores de la globalización: las clases trabajadoras y medias que abandonan a los movimientos de izquierda para encontrar respuestas en Trump, Marine Le Pen, Nigel Farage, Benjamín Netanyahu, Avigdor Lieberman, Víktor Orban, Andrzej Duda, Matteo Salvini, Santiago Abascal, Rodrigo Duterte o Jair Bolsonaro, entre tantos otros. Los afectados son legión: los plomeros franceses que detestan a los polacos que les quitan el trabajo; los trabajadores europeos no calificados que se sienten que los magrebíes y africanos llamados en tiempos de bonanza hoy les roban sus empleos; los mineros del carbón del Midwest que se sienten atacados por los defensores del medio ambiente; las clases medias laboralmente precarizadas de todo el mundo que solo logran subirse al carro del megaconsumo a base de deudas e hipotecas duplicadas; los intelectuales de países centrales que sienten que la globalización migratoria y cultural borra las raíces cristianas de sus países...

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Alias. El presidente de Brasil fue presentado en EE.UU. como el
Alias. El presidente de Brasil fue presentado en EE.UU. como el "Trump tropical". Más tarde, el asesor de seguridad nacional para la Casa Blanca se refirió al republicano como el "Bolsonaro del Norte". Los dos mandatarios cerraron el encuentro con una conferencia de prensa en la Casa Blanca.

Jair Bolsonaro y Donald Trump, exponentes del populismo de derecha en América

Ante esos fenómenos -y esos nombres y esas ideas- se corre el riesgo de recaer en el error de juicio posterior a la caída del Muro, esto es señalar que los nacionalismos, algunos de los cuales se han reciclado hoy en la extravagante ideología “soberanista”, no son más que una respuesta reaccionaria y obsoleta. No es así. Sin apelar necesariamente a sus formas más monstruosas, pese a sus perforaciones y a su relativa decadencia, más allá de su pérdida de autonomía frente al imperio de las finanzas y hasta de multinacionales tecnológicas que superan con creces sus respectivos productos brutos, los Estados nacionales son una trinchera inesperadamente redescubierta frente a una globalización arrasadora.

Finalmente, todo lo que ocurre, ocurre en los territorios, ya sea nacionales, estaduales o municipales. Y es a partir de ellos que los dañados por la globalización encuentran respuestas en forma de políticas arancelarias, migratorias y de seguridad, además de –y esto no es poca cosa- la propia democracia. La globalización es cosa de lo supranacional e inasible; lo nacional es la casa territorial del voto.

Vale aclarar, sobre todo si de democracia se trata, que el retorno de lo nacional no tiene por qué adoptar formas horrendas. Además, es posible –como afirman tantos- que de hecho esté en decadencia. ¿Llegaremos a ver ese largo plazo? Sin embargo, y mientras la historia no entregue una forma de organización nueva que lo reemplace y se pruebe capaz de proteger a los vulnerables, conviene no ignorarlo si se pretende evitar la reiteración de viejos errores de análisis. Lo que ocurre, simplemente, es que la historia no ha terminado.

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