Muy bien acompañado por Silvina Perillo, Iñaki Urlezaga fue un Albrecht de excepción en
la primera función de «Giselle», cierre del año coreográfico del Colón en lugar del prometido
«Cascanueces».
«Giselle». Ballet en dos actos. Coreog.: J. Coralli, J. Perrot y M. Petipa. Mús.: A. Adam. Esc.y vest.: N. Benois. Ilum.: R. Conde. Ballet y Orq. Estables (Teatro Colón. Repite: 20, 22, 28 y 30/12). El año coreográfico del Teatro Colón que debía cerrarse con la reposición de la versión Nureyev de «Cascanueces», lo hizo con otro título del repertorio clásico: «Giselle», con la coreografía de Coralli, Perrot y Petipa revisada por el argentino Gustavo Mollajoli. Tratándose de dos obras que están en el repertorio del Ballet Estable, se presume que la sustitución se debió a que la Fundación Nureyev propone los repositores del legado del gran bailarín y coreógrafo ruso en cada oportunidad y ésta, quizá, no era la más apropiada para un cachet demasiado elevado.
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Como en la Argentina no hay una tradición de representar «Cascanueces» en cada Navidad, como en los países anglosajones, a muchos le habrá parecido lo mismo un ballet que otro. Inmersa en el más claro estilo del romanticismo coreográfico del siglo XIX, «Giselle» es un paradigma de esa corriente. Dos actos, uno terreno y otro metafísico, equilibran sus potencialidades poéticas y redondean una obra donde sentimientos amorosos puros combaten contra la mentira y el engaño.
La primera parte es realista, inspirada en las leyendas populares del valle de Turingia, con escena de la locura y muerte incluidas (cercano al mundo operístico del que Adam, el compositor de la música de «Giselle», fue ilustre representante). Y la segunda estájugada en el reino de las Willis, los fantasmas de las doncellas muertas, donde los protagonistas bailan hasta que el amanecer desdibuja sus siluetas. En ambas, música y acción se enlazan perfectamente para que la coreografía entrañe algunas de las secuencias más bellas de toda la historia del ballet, con virtuosismo y dramatismo.
El Colón posee una producción histórica de «Giselle». Los decorados y el vestuario de Nicolás Benois son espléndidos. La coreografía original de los franceses fue cuidada en los más mínimos detalles para lucimiento del Ballet Estable, que dirigido por Oscar Aráiz, capta fervorosamente las coordenadas románticas de la obra y las reproduce en un trabajo impecable, que posee su ejemplo más brillante en la actuación del cuerpo de baile femenino en el acto blanco (segunda parte de la obra).
A la primera función de esta serie de siete que cierra la temporada 2005, fue invitado Iñaki Urlezaga para desempeñar su conocido y admirado Albrecht pletórico de sutilezas dramáticas y excelencia técnica. Siempre sensible y poseedora de teatralidad y carisma, además de plenitud técnica, Silvina Perillo (otra auténtica estrella de la danza argentina), compuso una «Giselle» brillante en todo sentido.
Trabajos individuales como los de Vagram Ambartsoumian (Hilarión). Miriam Coelho (Myrtha) y María Eugenia Padilla y Leonardo Reale (Pas-de-Paysan) resultaron óptimos, y todo el elenco bailó con unción. Bien la Orquesta Filarmónica dirigida por Carlos Calleja, embarcada en una propuesta que sus integrantes conocen en profundidad.
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