21 de diciembre 2001 - 00:00

"A la Argentina no voy; por lo que leo, es un desastre"

Analía Gadé en escena
Analía Gadé en escena
(21/12/01) Madrid - «Quiero llegar a ser una viejecita que sigue siendo una actriz en un escenario», afirma Analía Gadé, que no se ha hecho problemas por mostrarse como una actriz en decadencia, que intenta escapar del fracaso y la vejez a través de las drogas, el alcohol y el alquiler de un amante. Cuarenta y dos años después de su estreno en Nueva York, y de varias puestas en Buenos Aires, España conoce una versión no expurgada de la obra de Tennessee Williams «Dulce pájaro de juventud», con la argentina Analía Gade como protagonista. Dialogamos con ella, tras una función a la que asistimos.

Periodista: Es curioso que usted que ha hecho en teatro más de un centenar de obras no hubiera encarnado hasta ahora uno de los personajes femeninos de Tennessee Williams...

Analia Gadé:
He hecho Shakespeare, Arthur Miller, Moliere, Lope de Vega, Ionesco, Genet, autores muy importantes, junto a otros muy populares, pero no se había presentado la oportunidad de encontrarme con Tennessee Williams, y menos con un personaje como el de Princesa, por edad más que nada. Hace unos años el productor Juanjo Seoane me dijo: voy a comprar los derechos de 'Dulce pájaro de juventud' para que la hagas tú. Dije: bueno, pero, en aquel momento, los derechos se vencieron, porque no estaba en edad, no daba el personaje de la vieja actriz que no acepta su decadencia física. Bueno, la hicimos ahora.

Destino

P.: Cómo se siente con el personaje de Virginia del Lago...

A.G.:
Me va. Dicen que esa cosa de la gran estrella y la edad, y las arrugas y el abigarrado
mundo interior era como si me estuviera esperando. Tiene temas que resultan actuales, a pesar de haber sido escritos en 1950, que han aparecido mucho últimamente, como la vejez, las cirugías estéticas, el deseo de seguir siendo joven. Hago una
Virginia del Lago con algunas cosas que siento de ese personaje. Entiendo que ella huya al ver su decadencia en una película en la que actuó y que salga corriendo. Lo entiendo, pero no lo comparto. Yo nunca saldría corriendo. Me adapto al personaje, pero lo que quisiera es llegar a ser una viejecita y estar en un escenario, y poder seguir trabajando en esto. Y no tener que recurrir a la estética ni nada de esas cosas que hace Virginia del Lago, entregarse por completo a las drogas, al alcohol y a los juegos con un gigoló que tambien tiene como enemigo al tiempo. A mí me gusta enfrentar las cosas.

P.: La obra comenzó en gira por diversas ciudades de España...


A.G.:
Como todas aquí. Cuando volví en enero de hacer en la Argentina la película «La rosa azul» dirigida por Oscar Aizpeolea, comenzamos a ensayar «Dulce pájaro...» y estrenamos el 15 de marzo. La hicimos fuera de Madrid hasta que conseguimos el Teatro Albéniz, que es el de la Comunidad de Madrid, que es importante y pensamos que sería bueno hacerla aquí.

P.: ¿Y ya tiene otro proyecto?


A.G.:
Ahora estoy atrapada en esta obra y lo último que hice fue esa película de Aizpeolea, que se hizo con ese sistema nuevo, en digital. Según me cuentan la están terminando de editar, pero el director me ha llamado para decirme que está quedando muy bien. Vamos a ver, no sé. Aizpeolea es un chico que empieza y le costó mucho hacerla, como suele ocurrir. En España las propuestas que he tenido de cine no me atrajeron, para seguir haciendo personajes de señora guapa no me interesa, sinceramente. Prefiero seguir en teatro y hacer lo que me apetezca.

Recuerdos

P.: ¿Tiene intención de volver por la Argentina, llevando por ejemplo «Dulce pájaro de juventud»?

A.G.:
No, por lo que se lee en los diarios aquello está que es un desastre.

P.: De su extensa carrera en cine, teatro y televisión, ¿qué recuerda con especial cariño?


A.G.: Ya que estamos en un teatro, no me voy a alejar de él. Recuerdo con especial cariño «El reloj de Baltasar», una obra de mi hermano ( Carlos Gorostiza) que hicimos en un teatro pequeñito de la avenida Santa Fe, donde tenía un personaje entrañable. Y después, en Madrid, el «Macbeth» de Ionesco. Muchas obras. Algunas las quiero por lo que me dieron, como «Las mujeres sabias» de Moliere, otras que significaron económicamente mucho para mí y me sirvieron para mantener mi carrera. Comencé en cine en 1948, en el '49 en teatro y estoy en España desde el '56, y algunos exitos comerciales, de comedias, me han servido mucho.

P.: En algunos casos fue además de actriz, productora y hasta codirectora...


A.G.: «Emily»
me gustó mucho hacerla, pero perdí. La crítica fue maravillosa conmigo, pero como empresaria perdí mucho dinero. Muchas veces asumí esas dos tareas, pero hoy en día ya no se puede. Además, es un problema, la productora pesa más que la actriz y no puedo salir a escena y olvidarme que soy la empresaria cuando veo sólo siete filas de butacas con gente. Si yo tuviese visión del negocio y la empresaria mandase más que la actriz, me dedicaría a eso. Pero manda la actriz, y como empresaria soy fatal.

P.: ¿Por qué en su familia hay una actriz y un dramaturgo?


A.G.:
No lo sé. El camino lo hicimos independientemente cada uno. Acaso haya habido un gen, pero no hay familiares que hayan tenido que ver con el mundo del espectáculo.

P.: En cine usted fue dirigida por Manuel Romero, Amadori, Ayala, Klimowsky, Fernando Fernán Gómez, Pedro Olea... ¿Qué película recuerda?

A.G.: Una que luché por hacer, se me olvidó y me cayó en las manos por casualidad: «Cartas de amor de una monja» sobre los textos de María Alcanfora do. Leí el libro en los años '60 cuando en España la censura lo impedía. Me gustaron tanto aquellas cartas que pensé de inmediato: esto es para hacer una película. Pasaron quince años y, de pronto, me ofreció hacerla el director Jorge Grau. Cuando me di cuenta de los desnudos que tenía que hacer, los ritos moros donde se quitaba las ropas y se ponía encima de un tejado al sol, lo deseché por completo. Insistieron. Me dijeron que iban a poner una doble en esas escenas. Acepté. Cuando comenzaron a filmar y llamaron a la doble, una extra que andaba vestida de monja, para acariciar la espalda de Alfredo Alcón, sentí una rabia terrible. Dije: no, no, no puedo permitir esto y no le dejé ni hacer aquella caricia. Tengo un recuerdo muy grato de esa película, a pesar de que, había comenzado el destape en España, y se estrenó al mismo tiempo una película pornográfica que se llamaba «Cartas de amor de una monja portuguesa». No tenían nada que ver, pero produjo confusión y la gente creyó que había hecho una porno.

Decisión

P.: Hoy hay muchos actores y actrices argentinos trabajando en España, pero usted fue de las primeras...

A.G.:
En el '55 estábamos haciendo en teatro «Mi marido el asaltante» en Buenos Aires, en el Grand Splendid, Esteban Serrador, Juan Carlos, mi ex marido, y yo. Insistieron en que tenía que hacer teatro en España porque podía tener muchísimo éxito, y yo me negaba porque sabía que las actrices tenían que dar la clásica mujer española, redondita, llena de cosas, y yo era un palo vestido. Vinimos a hacer una temporada con «La voz de la tórtola», que fue un suceso. Y después «Juegos peligrosos», y después una obra de mi hermano, y bueno, me quedé. Primero vivía añorando Buenos Aires, Madrid me parecía horroroso, y después, cuando iba a Buenos Aires, extrañaba Madrid. Mi vida está muy escindida.

P.: Aquí la consideran casi una actriz española.


A.G.:
Me quieren mucho. Los actores que han venido de la Argentina han tenido que cambiar su forma, su acento, aprenden a hablar el español. Alterio, Soriano, todos han cambiado. A mí me aceptaron como soy, no he cambiado, salvo en algunas palabras, mi forma de ser y de hablar. Mal o bien me aceptan así.

P.: ¿No ha pensado en escribir sus memorias?


A.G.:
No, lo dejo de lado. La verdad que contar todo lo que he vivido, la gente que he conocido, lo mucho que he viajado, me resulta divertido, pero me da mucha pereza el ponerme a escribirlo o a dictarlo.

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