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5 de julio 2002 - 00:00

A Tato con champagne, emoción y ausencias

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Entre los presentes, saludando a doña
De la muestra propiamente dicha, emociona particularmente una vitrina donde se exponen la peluca (en toda su carrera usó siempre la misma), los anteojos, los patines, la calavera hamletiana, y otros íconos de su personaje, entreverados con varios Martín Fierro y otros premios. También, otra vitrina con álbumes y programas de sus actuaciones teatrales.

Detalle interesante, en sendas columnas hay un par de aparatos para escuchar algunos monólogos. Es simpático ver gente riéndose sola, con los auriculares puestos, mientras alrededor todos deambulan mirando las muchas fotos, incluso familiares, y los afiches que cuelgan de las paredes.

En rincones adecuados, la gente puede sentarse y ver, aunque sea por videos viejos, alguna selección de programas y fragmentos de películas. Interesa, a la entrada, una síntesis biográfica que a modo de datos contextuales aporta qué ministro de economía y qué índice inflacionario había en cada período. Aburre un poco, en cambio, la reiteración de unos pocos recortes periodísticos pegados en las paredes, casi todos de los mismos medios,
Más apropiados resultan la ya famosa gigantografía de ocho metros, el enorme plato de pastas y los también gigantescos teléfonos y patines que adornan el fondo y el centro de la sala, y que son justamente eso, adornos para llenar el espacio, para que los chicos quieran tocar y jugar, símbolos, además, de nuestra típica costumbre de inflar las cosas -una costumbre que el propio

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