«Nadar en tierra» de W. Rosenzwit. Dir.: A. Mateo. Int.: A. Berdaxagar, N. Ducó, G. Giusti, N. Mateo, R. Coll. Bandoneón: M. Cecconi. Esc.: E. Centola. Vest.: A. Mateo. Mús. orig.: J. Apesteguía. Dis. luces: A. Leroux. (Teatro «El Callejón».)
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El orden y el caos regulan el mundo más allá de toda comprensión humana y no hay verdad ni certeza que puedan cambiar este estado de cosas. De esto han hablado incontables filósofos y poetas desde la más remota antigüedad, pero sólo el legado de unos pocos sigue encontrando eco en la sensibilidad del hombre contemporáneo. Tal es el caso de la Odisea homérica, de la cual el autor Walter Rosenzwit tomó algunas claves simbólicas para dar vida a los personajes de «Nadar en tierra», una obra que privilegia el lenguaje poético, sin estar sujeta a una estructura que asegure su progresión dramática.
Al igual que en la Odisea, hombres y mujeres responden aquí a diferentes impulsos: ellos son los viajeros, los que buscan acción, aventuras y adentrarse en lo incierto. Las mujeres, en cambio, son las que esperan y amarran a esos hombres inestables que de tanto en tanto necesitan abismarse en el caos. Definidas como «seres prácticos», las mujeres parecen ocupar un lugar más seguro y permanente, el necesario, además, para asegurar la continuidad de la especie. Por eso el embarazo es visto como un principio organizador gracias a que «sigue un orden preciso que no se puede cambiar».
En la obra, Ulises es presentado como el hermano gemelo de Homero y ambos, como hijos de Odisea, una especie de diosa del Olimpo con mucho de señora de barrio, a la que Alicia Berdaxagar hace brillar con su enorme talento. Estos personajes se duplican en el tiempo a través de Dama (una Odisea joven y en trance de parir) y Varón ( Homero en su vejez).
• Relación
Pero, la relación más atrayente de la obra, es sin duda la planteada entre los jóvenes Homero y Ulises, que además de funcionar como un par de opuestos reformulan aquel viejo dilema entre arte y vida.
En este caso es Homero quien se cuestiona, ante a ese hermano decididamente aventurero, su pretensión de abarcar el mar sin meterse en él. Pero tal vez sea ésa la misión del poeta: nadar en tierra.
La pieza resulta por momentos algo confusa, con desniveles de ritmo y tensión dramática; pero esto se ve compensado por el buen nivel de las actuaciones y por la refinada puesta en escena de Alejandro Mateo, cuyo criterio plástico logra consustanciarse plenamente con el registro poético de la obra.
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