20 de enero 2003 - 00:00

Actualidad

En la revista española «Subastas», un extenso artículo de Hosanna Abella dedicado al arte tribal cuyo mercado está en plena expansión, comienza reconociendo: «Con una ceguera todavía incomprensible, España, que en sus años de conquista llegó a ser la dueña de medio mundo, no se dio cuenta en su momento, de la enorme riqueza cultural y artística de aquellos pueblos que estuvieron bajo su dominio, preocupada solamente por obtener oro y especies de todas sus tierras». Señala que los viajeros españoles recién comenzaron a acaparar arte tribal a fines del XIX, «cuando ya era tarde». Agrega que «el Reino podría tener el museo de arte tribal más importante del mundo, pero no es así», y que ya en el siglo XX, los mayores coleccionistas de arte tribal fueron artistas, como Tàpies o Castillo.

• En Argentina, el coleccionismo de arte africano y precolombino, tuvo varios seguidores desde comienzos del siglo, entre los más importantes figura el artista Antonio Seguí que desde hace más de 50 años se dedica a reunir piezas que exhibe en su casa de París, un auténtico museo. Se trata de un pequeño palacio de principios del siglo XIX que perteneció a Jean Francoise Raspail, donde con un impactante montaje escenográfico instaló piezas de calidad excepcional, algunas que se remontan al año 2000 AC.

Seguí cuenta que cuando expuso su colección en el Museo de Montbéliard, cuya sede es un estupendo castillo, concurrieron 60.000 visitantes. A fines de la década del ochenta, nuestro artista apadrinó la creación del Centro de Arte Contemporáneo en el Chateau Carreras en su Córdoba natal. Su ambición, como dijo entonces a este diario, era «crear una sala dedicada al arte precolombino que no existe en la provincia, con mi colección y la de otros amigos, que me habrían ayudado con donaciones. Mi idea era instalar allí mis piezas de arte africano». Sin embargo, el proyecto se frustró por falta de apoyo institucional.

• La muestra que hace dos años dedicó el Museo del Louvre al arte africano, impulsó decididamente el coleccionismo. En junio del año pasado, la casa Christie's realizó su primer remate de arte primitivo en París con piezas de Africa y Oceanía, y los precios rebasaron largamente las estimaciones. Una talla «pre-bembe» del Congo, que estaba tasada entre 120.000 y 150.000 euros, se vendió en 534.750. Una máscara «grebo» de Liberia (con líneas cubistas capaces de seducir a cualquier amante del arte moderno) tenía la misma estimación de la talla y fue pagada 446.750 euros; cifra que duplicó la alcanzada un año antes por una máscara de características muy similares en una venta de Nueva York. «Por menos de 3.000 o 4.000 euros no se puede conseguir nada que se califique como importante», aseguran los expertos. Pero informan que a partir de 800 euros se consiguen objetos etnográficos como escudos, armas, monedas con formas escultóricas, cucharas, lanzas y recipientes con formas diversas. Mientras en Europa las piezas de arte tribal son cada vez más escasas, en Buenos Aires se consiguen todavía y con valores más bajos.

Marcela Santanera, responsable del área de artes plásticas de la Municipalidad de Córdoba, planea abrir un corredor cultural desde su ciudad hasta Buenos Aires. Luego de la IV edición de la Feria Internacional de Galerías que se realizará en abril, presentará una exposición de Clorindo Testa al promediar el año. El proyecto, curado por Laura Batkis, consiste en una intervención en el Cabildo, a partir de la resignificación histórica que ha tenido el edificio desde su creación. Testa, que ganó fama en su doble rol de artista y arquitecto, realizará la obra «in situ», especialmente para esta muestra.

• La galería Arte y Antigüedades inauguró un nuevo local en La Cumbre, Córdoba, y tiene en su agenda de verano varias muestras de pintores y escultores porteños y cordobeses. El 27 de enero Natalia Kohen inaugura una muestra de acuarelas, «Patios con visitantes, escaleras y lugares imposibles». Ernesto Schoo, crítico y amigo de la artista describe las imágenes de clara inspiración borgeana: «Las perspectivas, rigurosamente ortogonales -clásicas-, parecerían abrirse al infinito. En realidad, se cierran. No hay escapatoria. Esos muros impávidos se prolongan, se intersectan, se repliegan, únicamente para multiplicarse. El laberinto no cesa. Al final de los larguísimos corredores con piso ajedrezado, en el exacto punto de fuga, hay una puerta con vidrios de colores. Cerrada. Y si por casualidad está abierta, es para que atisbemos otro patio, donde crece el pasto y repta la hiedra sobre el muro de ladrillos. Detrás del cual, sospechamos, deben seguramente duplicarse, espejo sin pausa, otra vez las paredes, las arcadas, las escaleritas que no llevan a ninguna parte». En alguna medida, la descripción de las acuarelas recuerda la compleja arquitectura de «El inmortal» («El Aleph, 1949), que a su vez coincide con la de «Los dolores del opio» de De Quincey.

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