La actuación de
Graciela Araujo
y Fernando
Llosa, como dos
ancianos
delirantes, es lo
único que
despierta
interés en una
obra que
adolece de
exceso de
historias
(insustanciales),
temas y
recursos
expresivos.
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La acción transcurre en dos departamentos. Uno de ellos está habitado por una simpática pareja de ancianos que debido a su senilidad reciben la paciente atención de una empleada paraguaya. El otro departamenteo está habitado por un jovencísimo disc jockey que recibe allí a sus conocidos de la disco. En general, son veinteañeros (con algún cuarentón infiltrado) que frente a las dificultades de la vida buscan refugio en el circuito de la noche y en sus paraísos artificiales.
La autora apeló a simples viñetas para describir los diferentes problemas que aquejan a estos jóvenes (falta de rumbo, maternidad prematura, adicción a las drogas) sin construir un nudo dramático que realmente los articule. Los conflictos expuestos no reflejan una lectura metafórica del material, sino que parecen extraídos de la simple crónica periodística, como el tema de los secuestros exprés, los saqueos a supermercados de 2001 y otros hechos evocados en escena a través de actuaciones muy desparejas.
La historia de los ancianos, en cambio, está trabajada por capas lo que le brinda una mayor espesura a cada situación. Pero la cantidad de secretos e incidentes que rodean a esta curiosa dupla de tía y sobrino (y esto sin contar los problemas personales de la mucama) desborda ampliamente las posibilidades de esta puesta dejando a su paso demasiados hilos sueltos.
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