27 de enero 2005 - 00:00

"...Al fin, el mar"

Lo más destacable del film cubano-argentino «... al fin, el mar» es su tema (los lazos humanos que ningún sistema político puede controlar), pero la historia está débilmente desarrollada.
Lo más destacable del film cubano-argentino «... al fin, el mar» es su tema (los lazos humanos que ningún sistema político puede controlar), pero la historia está débilmente desarrollada.
«... al fin, el mar» (Cuba-Arg., 2003, habl. en inglés y español). Dir.: J. Yszel. Guión: A. Gutiérrez Alea, J. Dyszel. Int.: J. Núñez, A. Gutiérrez Alea, E. Pinti, V. Cruz, T. Moitom.

De esta obra, interesa destacar el tema, la figura y tesitura de su impulsora, Audry Gutiérrez Alea, actriz a la que siempre conviene estar atento, y, particularmente, la producción por fuera de los carriles oficiales cubanos.

En efecto, ésta debe ser una de las primeras, sino la primera, de las películas cubanas hechas en forma realmente independiente, sin pedirle permisos, aprobaciones, ni favores al organismo central de cine de la isla (el ICAIC). Producida entre particulares cubanos junto a la empresa argentina Aleph Media, y con sede de venta mundial en Los Angeles, ese solo hecho ya la hace destacable.

En cuanto al tema, es el de los lazos humanos que -acá queda claro- ningún sistema político puede controlar. Esto se ejemplifica a través de tres personajes: un joven operador financiero norteamericano, que busca sus raíces (la madre se fue en 1967, se casó con un texano, etc.), una muchacha instructora de natación, sobreviviente de una fallida experiencia como balsera, donde perdió a su esposo, y, tercero, un argentino que llegó exiliado en 1976, se hizo una familia, y se quedó a trabajar de cocinero y taxista, al parecer por cariño a la gente, antes que por razones políticas. En uno aparece la vaga curiosidad por la tierra de los mayores, el reencuentro con la casa materna, y el remanso frente al vértigo de sus negocios. En otra, la angustia de confirmar temores, reconstituirse, animarse a querer a alguien de nuevo. Y en el restante, en fin, se manifiesta el humor necesario para sobrellevar los males y las decepciones, ese aire entre amargo y chacotero con que cubanos y argentinos soportan a sus respectivos desgobiernos.

Enrique Pinti
hace este personaje, pero desgraciadamente, en el conjunto el mismo queda como perdido, apenas esbozado, es casi un apunte entre otros de los varios que van coloreando la historia, sin nunca pasar a mayores (por ejemplo, alguien habla de reducción de personal en el sistema socialista, la recepcionista ofrece un Cuba Libre, el buscavidas parafrasea a Shakespeare con un «to buy or not to buy», quien creyó participar en la construcción de un país sufre la emigración de sus hijos, etc.).

Y, la verdad -y lo que da lástima-, también la historia parece apenas esbozada, con un desarrollo tibio, apenas embrionario, un buen tema diluido en una débil dramaturgia, casi siempre por debajo de sus posibilidades. Hasta ahí llegan sus méritos, sostenidos en esos apuntes, y en la buena intención. No vale la pena escarbar en detalles. Quien quiera algo más, tendrá que acudir (en contados videoclubes) al documental «Balseros», de los catalanes Bosch & Doménech, y a la intensa, poética, y acongojante «Suite Habana», de Fernando Pérez (un día en la vida cotidiana de diversas personas, con sueños, o ya sin sueños), que nunca ha de estrenarse en nuestros cines.

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