«Al fin viuda» («Enfin veuve», Francia, 2007, habl. en francés). Dir.: I. Mergault. Int.: M. Laroque, J. Gamblin, W., Yordanoff, T. Morton y otros.
Esta película sufre un tironeo interno tan contradictorio y difícil de resolver como el que atormentó a Linda Blair en «El exorcista». Como si estuviera en pugna denodada contra el sayo de comedia con el que quiere encuadrarlo el mercado, o como si a la cineasta Isabelle Mergault algo raro le hubiera sucedido camino al set (suponer, quizá, que estaba a punto de dirigir algun tedioso film de «riesgo» y al llegar se encontró con el guión de «La viuda alegre»), el resultado termina siendo un apático drama alimentado por diálogos y situaciones pensadas para una farsa de boulevard.
Básicamente, la historia es la de Anne-Marie (Michèle Laroque), una mujer acomodada, sometida a un marido cínico y fanfarrón, que termina encontrando en Leo (Jacques Gamblin), un refugio a sus pesares. Pero Leo nada tiene que ver con el canallesco Belmondo de «Moderato cantabile» que enloqueció a la burguesa Jeanne Moreau; por el contrario, es un pánfilo buenote, con cara de haber pasado años leyendo libros de autoyuda, aunque en el film su oficio sea el de constructor de barcos y le proponga a Anne-Marie irse juntos a la China. Así las cosas, el marido tiene la buena idea de matarse en un accidente, y ella se encuentra liberada de golpe, aunque deba fingir ante los demás un dolor inexistente.
Estas peripecias, que desembocan en un contratiempo ulterior cuando la familia política se le instale en la casa, tenían evidentemente como mira una dirección, una energía y un desparpajo por completo diferentes de los que les tocaron en suerte. Como es difícil presumir que se haya tratado de un efecto buscado con deliberación (nadie filmaría «Esperando la carroza» bajándole tanto el tono como para competir en el festival de Locarno), la conclusión es que «Al fin viuda» no ha logrado encontrar el efecto que presuntamente se buscaba.
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