Viggo Mortensen encarna perfectamente al capitán Alatriste en un film con excelentes
escenas de peleas y visualmente impactante, pero que al querer sintetizar cinco libros vuelve
confusa la trama.
«Alatriste» (España-Francia-EE.UU., 2006, habl. en español). Guión y dir.: A. Díaz Yañes. Int.: V. Mortensen, J. Cámara, A. Gil, J. Puigcorbe, E. Lo Verso, E. Fernández, F. Dechent, U. Ugalde.
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Rostro curtido, pocas palabras, mano diestra en el uso de las armas, mirada calma del que domina sus movimientos y los del vecino, recuerda los amigos perdidos, y, aunque no lo diga, sabe además cuánto le cabe eso de «qué buen vasallo fuera/si hubiera buen señor», el capitán Diego Alatriste resulta un cabal ejemplo de lo que antes se llamaba un hombre bizarro, esto es, lo que la Real Academia todavía considera sinónimo de valiente, generoso, lúcido, gallardo, espléndido. Algo ostentoso, también, como lo indica una segunda acepción.
Viggo Mortensen encarna perfectamente este personaje creado por el novelista Pérez Reverte, debidamente ubicado en el Siglo de Oro Español, y muy bien, asimismo, lo acompañan Javier Cámara (el conde de Olivares, poniendo cara de inocente), Juanjo Puigcorbé ( Francisco de Quevedo, poeta respondón), Ariadna Gil (la Calderona, famosa en las tablas y en algunas camas), Enrico Lo Verso ( espadachín italiano, leal con sus adversarios), Eduard Fernández y Antonio Dechent (compañeros de armas).
Interesantes, las escenas de peleas, desde los degüellos silenciosos del comienzo hasta la pasmosa batalla de Rocroi, o Rocroix, según la cuenten españoles o franceses. Ejemplares, los trabajos de producción, dirección de arte, y fotografía, con gratas referencias a la pintura barroca, recreando incluso el cuadro de Velásquez «La rendición de Breda». Todo eso hace valorable esta película. Lástima que en varios aspectos le quepa el otro concepto de bizarro, el inglés, ahora tan de moda. Hay un grueso error de base: el autor de la película pretendió sintetizar los cinco primeros libros de aventuras de Alatriste, y, ya se sabe, el que mucho abarca, poco aprieta, y muchas cosas se le escurren entre los dedos, cosas que podrán sobreentender los lectores de Pérez Reverte, pero no el resto del público, que a los 40 minutos empieza a perder interés, y entonces se entretiene en hallar defectos. Un solo ejemplo: los cuervos que cruzan por sobre los muertos como una flotilla de aviones, como si el encargado de fx digitales no supiera hacerlos volar en círculos. Por suerte diez minutos antes del final viene lo de Rocroi, pero de sopetón, sin expectativa previa, y sin que el espectador sepa lo importante que fue esa batalla, la primera que perdieron los tercios españoles en 200 años, iniciando así el final del imperio, pero también la que mejor pinta el espíritu de bizarría hispánica.
Es que lo que acá dice Alatriste, cuando invitan a su grupo a una rendición honrosa, vale decir, retirarse con sus armas y sus banderas desplegadas, cuenta la Historia que lo dijeron, efectivamente, los de Albuquerque y Mercader: «agradecidos, pero éste es un tercio español». Y siguieron peleando. Dicho sea de paso, la marcha que acompaña este tramo de la película es «La madrugá», del coronel Abel Moreno, interpretada por el regimiento Soria 9, directo descendiente del, desde entonces, llamado «el tercio de la sangre».
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